Etiopía: una vergüenza más para el primer mundo.

15 11 2008

La mirada de la inocencia © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

Con la mirada perdida en el interior del espejo, me lavo los dientes con agua mineral embotellada para evitar enfermedades, en el lavabo de mi hotel, sin poder evitar pensar en los niños que me cruzo a diario con los pies descalzos y el cuerpo desnutrido cubierto de harapos. Mi barriga sigue llena y una cama caliente me espera mientras ellos, expuestos a la intemperie, sin techo, pasarán una noche más en «vaya usted a saber donde». Una mezcla indescriptible de impotencia, vergüenza ajena y culpabilidad me agobian por sentirme a salvo de tanta miseria mientras, en el exterior, empieza a llover copiosamente.

Actualmente, Etiopía ocupa el puesto 169 de un total de 177 países clasificados por su I.D.H. (índice de desarrollo humano) que, de alguna manera, expresa la riqueza y pobreza de las naciones. Todavía no se le ha ocurrido al ser humano desarrollado, un índice capaz de medir la cordialidad y amabilidad de los pueblos. De existir, los etíopes serían catapultados a los primeros puestos de la tabla, sin lugar a dudas. Bajo mi punto de vista, los países africanos ocuparían lugares preferentes en la clasificación lo cual me aboca a conclusiones quizás precipitadas como que el bienestar es inversamente proporcional a la cordialidad…

Con una expectativa de vida que roza los 45 años, Etiopía se nos presenta como un país de sorprendente pero artificial juventud. La ingente cantidad de niños de corta edad es propia de una película de ciencia ficción pero nada más lejos de la realidad. Nos impactará comprobar como esos niños, en la gran mayoría de las ocasiones, se conformarán con una sonrisa y un saludo lejano con la mano a modo de regalo. Nos incomodará la mendicidad constante, fruto de la necesidad. Hay que prepararse sicológicamente para visitar el país: paciencia y una mente abierta serán las claves pero evitando las debilidades propias de los occidentales que, para aliviar su conciencia, caen en la limosna fácil a cambio de nada. Esta siembra, improductiva y contraproducente, impulsará la mendicidad a costa del esfuerzo. Lalibela y Debark son dos lugares únicos en los cuales es muy sencillo cometer este error, donde el deseo de ayudar no debe ser irracional. Pan para hoy y hambre para mañana no benefician a nadie.

El día a día etíope es una constante supervivencia que nos planteará grandes incógnitas. ¿Cómo es posible sobrevivir a tanta hambruna? ¿Cómo es posible subsistir entre tanto caos y las carencias higiénicas más básicas? La agricultura domina el paisaje de al menos la mitad norte del país, no dejando ni un centímetro cultivable sin producir aunque no sea suficiente para la población en constante crecimiento. La inexistencia de políticas de natalidad, imposibles de implantar por otra parte sin solucionar previamente otras cuestiones todavía más básicas como la religión y el poder estatal, son vitales pero el país está terriblemente lejos de alcanzarlas. El teff, ese cereal de alto valor nutritivo, libre de gluten, rico en carbohidratos, fibra, minerales, proteínas y calcio, capaz de crecer en prácticamente cualquier terreno y circunstancia adversos, es el milagro que permite la vida bajo la apariencia de un pan ácido llamado enjera. La adaptación darwinista de las defensas humanas al entorno es, por otra parte, la respuesta a la carencia de higiene en la que nosotros, golosos occidentales, no aguantaríamos ni el primer asalto. Sin embargo todo el monte no es orégano y no mencionar a la catha edulis, más conocida como «khat» (pronúnciese: chat) sería pecar de falta de objetividad, de memoria o de ambos. Esta droga, de gran efectividad alucinógena, es consumida por la mayoría de los etíopes, algunos incluso antes de los catorce años y sirve tanto para olvidarse de la triste realidad del día a día como para quitar el hambre. Un manojo de la mejor calidad cuesta 10 birr (0,60€) en Awoday, auténtica meca mundial del khat, 50 birr (3€) al alcanzar Addis Abeba y muchos euros o dólares si consigue llegar a Europa o a los Estados Unidos.

Este país de infinitos paisajes de colores, de terrenos accidentados y de sorprendentes inmensidades es un país olvidado, una vergüenza más para el autodenominado primer mundo. ¿Hasta cuándo? ¿Para siempre quizás? Las cosas podrían estar cambiando y sino preguntémosles a las empresas chinas por qué están asfaltando tantos kilómetros de pistas… La respuesta se encuentra en las posibilidades económicas que puede encerrar este país como el petróleo oculto. Si los hipotéticos beneficios petrolíferos se comparten al menos al 50% entre chinos y etíopes puede que el país salga de ese fatídico 169º puesto del I.D.H. pero si esa riqueza no llegara finalmente al pueblo sería otro motivo de sonrojo para la comunidad internacional.

Hambruna, miseria, droga y muerte precoz se funden en un espectacular país, digno de ser disfrutado por sus peculiares paisajes, costumbres y gentes. Estos brutales contrastes nos provocarán sensaciones enfrentadas y contradictorias. Si no está dispuesto a asumirlas, diríjase a otro lugar pero, si lo está, prepárese para asombrarse ante un país virgen que vive en plena edad media, sin complejos y con muchas ganas de forjarse un futuro sostenible.

Anuncios




La incomparable Caoslandia

22 11 2007

Delhi © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

En un país que le dedica un templo a las ratas (Karni Mata en Deshnok, Bikaner, Rajasthan), donde la vida y la muerte se entremezclan en la calle con total naturalidad (Varanasi, Uttar Pradesh) y donde la belleza del planeta se concentra sin igual (Taj Mahal, Agra, Uttar Pradesh) se puede esperar cualquier cosa. Ciertamente la India es un caos en muchos sentidos y sus incongruencias son proverbiales. Si se sobrevive al tráfico, a la comida picante y a la suciedad omnipresentes, el país nos hipnotizará y nos atrapará irremediablemente para bien o para mal. Olvídese de la indiferencia, aquí no tiene cabida.

Desde que el ser humano se lanzó a la conquista espacial, su deseo de viajar en el tiempo se ha incrementado exponencialmente. De momento es una utopía para los científicos y, probablemente, lo siga siendo durante mucho tiempo. Sin embargo el viajero puede experimentar un viaje en el tiempo, más que en el espacio, dirigiéndose a la India. Unas 8 horas de vuelo de Londres a Delhi nos teletransportarán 2.000 años hacia atrás, como por arte de magia, una magia que solo desaparecerá observando el uso del teléfono móvil a lomo de dromedario. Mi recomendación es no prestar atención a ese guiño al siglo XXI y seguir zambullido en el Año Cero de nuestra era, para disfrutar de un planeta ya extinto.

País inmenso en superficie y en población todavía regida hoy en día por castas, los habitantes de la India viven y mueren de la mano de la religión. El Hinduismo, la doctrina prevaleciente, rige sus vidas veinticuatro horas diarias forzando situaciones dantescas como la hambruna humana mientras las vacas, sagradas, pasean delante de los indigentes algunos de ellos muertos de inanición. Ciertamente el Hinduismo promueve la adoración de los animales por lo que la vaca es concebida como la madre de la humanidad debido a la leche que suministra sin esperar nada a cambio. La asociación de ideas con la madre que amamanta a su hijos desinteresadamente es más que evidente por lo que, contextualmente, no puede ni debe criticarse la creencia.

La religión Hindú compara la muerte de una vaca con la de la propia madre por lo que no puede ser sacrificada, además de promover el amor a los seres vivos, sean los que sean. El Jainismo, religión minoritaria en el país, lleva esta máxima al extremo. Los jainistas son fácilmente reconocibles por la calle al llevar una máscara o pañuelo en la boca con el fin de no tragarse accidentalmente ningún ser volador y, consecuentemente, acabar con su vida sin ni siquiera pretenderlo. La polémica está servida bajo el prisma occidental pero no cambiaremos las posturas por mucha lógica que intentemos desplegar aunque sus consecuencias sí puedan someterse a un debate racional que, por mucho que nos empeñemos, no llegará a ninguna conclusión pragmática. Sin embargo, no podré olvidar jamás los niños entre las vías de los trenes de la estación de Agra peleándose con unas ratas del tamaño de conejos por unos restos de comida embadurnados de mugre. Tendré que convivir con ello y conformarme por mucho que se me revuelvan las tripas.

La cara opuesta de la India es su belleza que se abre paso sin piedad a través de la suciedad y, por qué no decirlo sin eufemismos, a través de la mierda. El Taj Mahal es seguramente uno de los pocos edificios del mundo donde el mejor fotógrafo del mundo no se verá recompensado con sus resultados, haga lo que haga. La contrapartida es que, al contemplar semejante perfección, a un servidor se le cayeron las lágrimas, no siendo el único por cierto. El ‘mausoleo del amor’ derrota en belleza a cualquier otro edificio del planeta y, aunque pueda parecer una osada aseveración por mi parte, aquellos que hayan tenido el privilegio de contemplarlo posiblemente asientan con la cabeza en este momento.

Otro ejemplo de belleza podría ser, sin lugar a dudas, Swarna Mandir, más conocido como el ‘Templo Dorado’ y menos por sus nombres oficiales ‘Harmandir Sahib’ o ‘Darbar Sahib’, el Templo Sikh de Amritsar, el símbolo de la libertad infinita y de la independencia espiritual, el lugar más emblemático e importante del Sikhismo. Sorprende gratamente comprobar la infinita amabilidad que los devotos religiosos Sikhs demuestran a todos, especialmente a los extranjeros. El orgullo Sikh empapa el lugar, el respeto por todo y por todos alcanza un nivel tan alto que uno se siente parte del conjunto durante la visita, absolutamente integrado. Es maravilloso estar dentro del Templo durante las horas que pasan volando y, cuando llega el momento de partir, querrías quedarte. Posiblemente un trocito de nosotros mismos se quede esperando nuestro regreso.

No pretendo desvelar lo que encierra este país, solo esbozar algunas pinceladas que ilustran lo que uno puede encontrarse y lo que, con toda sinceridad, queda por visitar y descubrir. La India se la ama o se la odia, a primera vista, no hay término medio, no es una opinión, solo un hecho que cada uno debe comprobar por sí mismo.








A %d blogueros les gusta esto: