La Amazonia: allí donde la lluvia no alcanza el suelo.

26 06 2009

Árbol del bosque primario

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

La Amazonia es un lugar tan extenso como los EEUU aunque no seamos conscientes de ello incluso inmersos en sus profundidades y su caprichoso clima es totalmente impredecible y singular. Las impresionantes inundaciones han azotado prácticamente toda la región en 2009, algo que ni los más ancianos del lugar recuerdan. A finales de la época de lluvias, desde finales de mayo hasta principios de junio, éstas parecen no querer despedirse definitivamente, en una extraña mezcla de añoranza y cabezonería.

El río Amazonas es inmenso se le mire por donde se le mire, ostentando el título de más caudaloso del planeta, con distancias entre orillas que, en algunas ubicaciones, superan los 50 kms y en su desembocadura alcanzan los 330 kms. Sus aguas turbias, similares a un enorme batido de chocolate, pueden ser letales si se ingieren, a diferencia de la de sus afluentes mucho más oscuras e inocuas.

Amazonia (fuente: wikipedia)

Amazonia (fuente: wikipedia)

Donde hay agua hay vida y en la Amazonia esta afirmación cobra más fuerza, si cabe, que en cualquier otro lugar. La vida, infinita, se manifiesta en todas partes con una diversidad y frondosidad que marca la retina de sus insignificantes visitantes: flora y fauna sin fin. Caimanes, perezosos, monos, anacondas, delfines, aves, insectos y tantos animales cuya existencia ni sospechamos se dan cita en este inabarcable territorio. El pulmón del planeta vive de día y vibra de noche en un fantástico equilibrio cuyo silencio solo es interrumpido por los sonidos propios de la selva.

Conocer este peculiar mundo comienza a ser una realidad cuando nos adentramos a pie por sus tierras abarrotadas de tupida vegetación que, en algunas ocasiones, es preciso fracturar a golpe de machete con el único fin de seguir avanzando. Caminar es una trepidante experiencia donde los sonidos, la vegetación, el agua y los animales se entremezclan con el sudor y el esfuerzo de aquellos que deciden recorrer sus sendas, engullendo a aquellos que se aventuran en su inmensidad.

La lluvia es una genuina experiencia en la selva tropical. La vegetación puede llegar a ser tan tupida que oiremos las gotas de agua golpear la arbolada sin mojarnos. Pasado un tiempo inusitadamente largo encontrarán el camino hasta el suelo y despertaremos de nuestra atónita e hipnótica espera. Es fascinante comprobar como los hechos más cotidianos adquieren otra dimensión en este macromundo autosuficiente.

Al salir de este amalgama, un recorrido en canoa nos dará una visión global del laberinto de ríos y afluentes que se entremezclan por todas partes en lo que genéricamente solemos denominar Amazonas. Este inmenso puzzle salpicado de vida nos concienciará inevitablemente de nuestro diminuto tamaño y de nuestra intrascendencia sobre todo si, durante nuestro deambular, el agua hace su aparición en forma de tromba tropical y le sucede un sol asfixiante que evapore instantáneamente nuestra ropa empapada.

La Amazonia es exultante hasta límites insospechados pero la grandeza de este impresionante lugar solo se manifestará a los amantes de la naturaleza virgen en su estado puro, a aquellos que no pongan límites a lo que la vida ofrece y a aquellos que quieran seguir aprendiendo, descubriendo y disfrutando. A todos los demás, el impacto puede afectarles hasta donde ni ellos mismos se atreven a imaginar. En cualquier caso, la indiferencia no tiene cabida en este paraíso terrestre.

Anuncios




La Antártida con nombre y apellidos.

20 11 2008

Josefina Castellví Piulachs, © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink


J
osefina Castellví Piulachs, nacida en Barcelona en 1935, es oceanógrafa, bióloga marina, y la primera científica española que pisó la Antártida. Hace ahora veinte años, coordinó la instalación de la base antártica española «Juan Carlos I» en la isla Livingston dirigiéndola hasta 1994. Ya retirada de la vida activa disfrutamos de una breve charla con esta mujer pausada a la que se le encienden los ojos sin poder remediarlo en cuanto le nombramos el continente blanco.

– Se dice de usted que fue la primera científica española que pisó la Antártida pero ¿no sería todavía más correcto decir que fue la primera científica en hacerlo?

Ni lo uno ni lo otro es absolutamente cierto. En 1984 tres científicos españoles tuvimos la oportunidad de acceder a la Antártida invitados por Argentina. El jefe de misión era el profesor Antoni Ballester y le acompañamos dos mujeres: Marta Estrada y yo. Más tarde cuando ya teníamos instalada la Base Antártica Española Juan Carlos I, actué de Jefe de Base hasta 1994. Hasta años después no me enteré que, al parecer, había sido la primera mujer Jefe de Base. El hecho carece de importancia ya que el objetivo que pretendía alcanzar no era un record Guinness sino la consecución de abrir una nueva vía en la investigación científica antártica para España.

– Al margen de su condición de científica ¿le impulsó todavía más si cabe el espíritu pionero para atreverse a irse a la Antártida en la década de los 80?

Durante mi vida profesional he estado vinculada en varias ocasiones con la creación de nuevos grupos y nuevos proyectos. He de reconocer que los estadios primigenios que hay entre las ideas y la materialización de estas ideas me atraen profundamente. En esta fase los “deberes” se sustituyen por las “ilusiones”, no hay ni calendario ni horarios. Se viven profundamente todos los matices que más tarde formarán el proyecto propiamente dicho. Este espíritu fue el que me llevó a colaborar en el proyecto de la Antártida con su impulsor Antoni Ballester. La palabra “pionero” me causa un gran respeto y nunca la utilizo cuando hablo de nuestro grupo. Nosotros no fuimos pioneros, solo nos aprovechamos de las experiencia de los auténticos pioneros para aplicarla al objetivo científico que anhelábamos.

– En un terreno eminentemente dominado por hombres ¿se sintió más intimidada que admirada o fue al revés?

En la mayoría de campañas de las décadas de los 80 y 90 que yo realicé en la Antártida, fui la única mujer del grupo. Nunca me sentí ni intimidada ni admirada. Eramos un grupo (12 personas en general) que debíamos actuar de manera coordinada para conseguir nuestro objetivo. Cada uno teníamos defectos y habilidades que dosificábamos en pro del bien común. Aunque las decisiones finales las debía tomar la Jefe de Base, se hablaba mucho y en general llegábamos a un consenso de actuación. Si algún sentimiento puedo destacar es el de sentirme, en ciertas ocasiones, más protegida que el resto del equipo. Era evidente que yo era la mayor en edad y físicamente la más frágil. Mis compañeros eran conscientes que ciertos esfuerzos que para ellos eran usuales, para mi suponían un extra a veces difícilmente superable.

– ¿Fue en algún momento consciente de que estaba haciendo Historia?

Mientras estaba inmersa en la realización de la campaña, jamás tuve esta sensación. Mis preocupaciones eran múltiples y probablemente superaban mis capacidades, de manera que lo realmente importante era solucionar los múltiples problemas que se presentaban en el día a día. En cambio esta sensación afloraba el resto del año y, sobre todo, en las reuniones internacionales del Tratado Antártico y de las distintas comisiones antárticas que se celebran alrededor del mundo. España entró como miembro consultivo del Tratado Antártico (TA) en septiembre de 1988 y tenía que competir con países de gran tradición antártica. De manera que toda dedicación era poca.

– ¿Se sintió sola en alguna ocasión o, por el contrario, ese estado de ánimo no llegó a invadirla?

En la Antártida jamás me sentí sola. Todo lo contrario. A veces buscaba la soledad para descansar y aclarar las ideas. La campaña era larga y no se podía decaer. La verdadera soledad era en mi despacho de Madrid cuando regresaba de la campaña. Fue una época muy dura y que necesitaba de una dedicación mucho mayor de la que yo podía ofrecer.

– La idea de investigar en la Antártida fue originalmente del Profesor Antoni Ballester con el que usted colaboró en aquellos años. ¿Es cierto que la topografía que rodea la base «Juan Carlos I» cuenta con zonas que llevan sus propios nombres?

Si, es cierto

– ¿Qué buscan los científicos en la Antártida?

Se puede decir que los científicos trabajan en múltiples líneas que se pueden resumir en dos aspectos fundamentales, a saber:
a) El conocimiento de especies que viven en el territorio antártico y de los procesos que tienen lugar en los distintos ecosistemas terrestres y marinos y
b) El estudio de los registros de hielo en los cuales han quedado inscritos ciertos hechos que nos permiten interpretar eventos pretéritos que sufrió el Planeta Tierra en tiempos de escala geológica. Así se puede saber con todo detalle los múltiples cambios climáticos que han tenido lugar antes de ahora.

-¿En qué consisten los momentos de ocio en un lugar tan remoto y despoblado?

Había pocos momentos para el ocio ya que la mejora constante y el mantenimiento de la BAE así como la consecución de los trabajos que suponían los proyectos científicos llenaban completamente largas jornadas de trabajo. No obstante, procurábamos descansar un día a la semana que no siempre era el domingo ya que el tiempo meteorológico era el que realmente mandaba en la BAE. Si el domingo hacía un día bueno para ir a recoger muestras y pintar los módulos, se aprovechaba para el trabajo y se descansaba cualquier otro día de la semana. Había dos actividades de ocio que prevalecían entre los componentes del grupo. La una era ir andando hacia caleta argentina, donde había una pingüinera de papuas y pasar las horas contemplando el comportamiento de los animales. La otra era salir a la mar en zodiac y acercarnos lo más posible a los icebergs que quedaban fondeados en Bahía Sur. Esos gigantes de hielo son bellísimos vistos de cerca. Además, animales como focas y pingüinos los hacen servir de plataformas de descanso después de sus correrías en el mar.

– La Antártida es considerada Patrimonio de la Humanidad y, por lo tanto, un bien de todos. ¿Cree usted que el turismo, aún escrupulosamente controlado, debería prohibirse reservándose exclusivamente para la investigación científica?

La información científica que se está sacando de la Antártida es demasiado valuosa para que se deje perder con una mala utilización de su territorio. El creciente turismo que invade la Antártida cada verano austral, pone en peligro la preservación de ciertos lugares de alto interés científico. Por otro lado no es justo que una belleza tan espectacular como la de la Antártida sea únicamente privilegio de los científicos. La manera de conciliar ambos aspectos es el control de los comportamientos de los turistas mediante monitores con una sólida formación que sean verdaderos guardianes e informadores de los comportamientos a desarrollar.

– Bajo su punto de vista personal ¿cree usted que la Antártida podrá conservar su estado de independencia con respecto a los diferentes países que se la disputan con cada vez menos discreción?

Yo tengo la ilusión que la Antártida continuará siendo Patrimonio de la Humanidad y Continente para la ciencia, tal como propone el TA. En la historia de la humanidad es la primera vez que una serie de países se unen para procurar la protección ambiental de una zona del planeta, antes que esta sea degradada. Lo común es se hagan gestiones de protección cuando el ecosistema está en vías de extinción. Es lo que está ocurriendo con la Amazonía por ejemplo. A pesar de las incursiones turísticas y las históricas explotaciones animales, la Antártida se puede considerar como un territorio virgen que atesora un sin fin de información que permitirá aumentar el conocimiento científico de los procesos naturales.

– ¿Por qué han habido tan pocos años polares internacionales: 1882-1883, 1932-1933, 1957-1958 y 2007-2008? ¿Puede explicarnos en qué consisten?

En realidad los que se citan no han sido años polares sino años geofísicos internacionales. En 1957 La Unión Geofísica Internacional propuso el estudio científico del continente antártico y su zona de influencia. La propuesta tuvo una gran aceptación y este fue el comienzo del estudio científico de las zonas australes. Por supuesto y por razonas obvias, España se quedó fuera de este movimiento que, gracias a la acción del profesor Ballester, se pudo rescatar en la década de los años 80. Un año polar consiste en movilizar a la comunidad científica internacional para abordar conjuntamente proyectos científicos de gran envergadura. No supone en ningún momento una aportación económica. Es decir los proyectos de cada país o las partes alicuotas de proyectos internacionales deben ser financiados por los presupuestos generales del estado de cada país.

– Qué libro se llevaría usted a la Antártida si regresara como simple visitante?

Me llervaría un libro con las hojas en blanco, para poder escribir todas las impresiones y sentimientos que se despiertan en este impresionante lugar. Jamás he visto un paisaje tan austero y tan bello. Se diría que la Naturaleza ha querido hacer un ensayo de belleza con un mínimo de colores y un máximo de formas.

Muchas gracias por haber abierto puertas a siguientes generaciones de científicos y compartir con nosotros sus reflexiones.





Namibia: cuando la realidad supera la ficción.

28 08 2008

Desde el aire © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

… y de repente uno se encuentra sobrevolando otro planeta sin recordar haber abandonado el propio.

Los colores, absolutamente irreales, se solapan los unos a los otros en una silenciosa guerra a través del espacio. Verdes extremos entran en competencia con rojos absolutos y sorprendentes violetas mientras los amarillos, ocres y marrones compiten entre sí por una parte del inmenso paisaje. Mientras tanto, el cielo, inmaculadamente azul, permanece ajeno a la contienda, observando la lucha fratricida desde su privilegiada posición.

El relieve propio del lugar no es ajeno a la lucha y aporta la base de la pintura. Planicies interminables que se convierten en montañas. Más planicies interminables que aparentemente optan por morir al borde del mar en un intento desesperado de llegar más lejos todavía. Incluso más planicies infinitas que se pierden en la lejanía intentando convencernos para que las sigamos y persigamos en un viaje hacia lo desconocido que se nos antoja fascinante en cualquier dirección.

Las texturas inóspitas en tierra adquieren vida propia desde el cielo. Esas arrugas y protuberancias son la piel de un gigante invisible que sospechamos podría ponerse en pie en cualquier instante. De momento permanece tumbado, fundido con el entorno, como si de un camaleón se tratase. Parece querer pasar inadvertido sin conseguirlo, permanecer agazapado para sorprendernos y hay que reconocer que lo consigue sin ni siquiera inmutarse.

La arena, sin lugar a dudas, es la gran soberana del lugar. Vaga a sus anchas por el país y se permite la libertad de cambiar el color de su manto de forma caprichosa, sin obedecer a nada ni a nadie. Es el poder en estado puro, la demostración de que, algo tan minúsculo y aparentemente insignificante, que incluso se nos escapa entre los dedos, crea las reglas de supervivencia y muerte del habitat natural y austero que nos maravilla. Rizándose con el viento o despeinándose por rachas, jugará consigo misma hasta conseguir formas arítmicas o simetrías perfectas, todo ello sin premeditación, dejándose llevar, flirteando con los elementos, haciendo infinitos guiños de complicidad a aquellos que miramos hipnotizados, sin poder controlar la baba que perla por las comisuras de nuestros labios.

Una vez alcanzado el atlántico, la costa se nos muestra con espectacularidad, con grandiosidad, alternando la nada con dunas a pie de agua, fauna entresacada de libros exóticos y paisajes abandonados que parecen haber sobrevivido milagrosamente a alguna hecatombe. La gran barrera natural es la única capaz de contener el paisaje desbordante para impedir que invada el resto del mundo.

Finalmente la inmensidad se pierde por el horizonte dejándonos un trasgusto agridulce, la excusa perfecta para volver una y otra vez a este fantástico país de los mil y un paisajes que es Namibia.





Plokštinė existe.

23 07 2008

Silo © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

Lo que hubieran dado algunos militares por conocer las coordenadas 56º 01,95 N – 21º 54,37 E durante la guerra fría… La base militar soviética, desmentida durante décadas por las autoridades de la CCCP (Союз Советских Социалистических Республик, léase, Soyuz Sovetskij Sotsialisticheskij Respublik), que albergó misiles con cabezas nucleares existe todavía hoy en día en una pequeña población de la Lituania contemporánea llamada Plokštinė (“plano” en castellano). Olvidada y repudiada por todos, sobrevive en un extraño automantenimiento por parte de algunos ciudadanos que ven en su explotación turística la posibilidad de ganarse la vida de forma honrada sin contar con ningún tipo de ayuda estatal.

Al acercarnos a la verja metálica de púas, un escalofrío nos recorre la espalda por muy preparados sicológicamente que estemos. Solo la caseta de madera en la que podemos comprar la entrada nos devuelve al presente. Su única empleada, vestida con un raído uniforme de la Unión Soviética, también hace la función de guía. Una pequeña chapa metálica en la que se ve un hombre a punto de ser abatido nos recuerda que no se puede entrar sin ser acompañados. Durante la espera, vemos desde fuera las cúpulas de los cuatro silos que componen la base, un centro subterráneo que, afortunadamente, nunca entró en acción.

Estratégicamente elegido por la URSS debido a su privilegiada ubicación desde la que podían apuntar a cualquier país europeo (salvo España entre algunos escasos afortunados) fueron enviados 10.000 soldados en secreto en 1960 para construirla, una tarea que se culminó en tan solo ocho meses. Impresiona comprobar que los cuatros silos de 27 metros de profundidad pudieron ser excavados prácticamente a mano sin que nadie, a excepción de los escasos habitantes de la zona, se diese cuenta de ello. Hasta 1978, la base albergó al 79º regimiento de cohetes (R12, de 22 metros y con cabezales de 3 metros) hasta que un buen día desaparecieron misteriosamente y la base quedó abandonada a su suerte. Quizás nunca sepamos lo que allí realmente ocurrió pero una visita al recinto dejará volar nuestra imaginación durante los 45 minutos que dura.

Nada más traspasar la puerta de entrada subterránea, retrocedemos en el tiempo. El óxido, la desconchada pintura que sigue recubriendo algunas paredes, las goteras, el ruido de las puertas metálicas al ser abiertas… todo lo que percibimos nos obliga a imaginar lo que este sitio fue. Es sencillo “ver” a los militares corriendo por pasillos, subiendo y bajando escaleras a la carrera, presos de las órdenes, la claustrofobia y el pánico. En la actualidad, solo podemos acceder al interior de uno de los cuatro silos, todos víctimas de la necesidad, al haber sido despojados de todo el hierro que contuvieron. Sin embargo todavía podemos llegar, a través de un auténtico laberinto con diferentes niveles, a las salas de control, una estación eléctrica alimentada por un monstruoso motor diesel capaz de suministrar energía a todo el complejo, una emisora de radio o, mejor dicho, lo que queda de ella, los armarios metálicos que contuvieron los ordenadores de la época y hasta un camastro revestido para la ocasión, con algún objeto de la época como una máscara anti-gas. Finalmente se accede a rastras a través de un agujero empinado a la lanzadera propiamente dicha. Sorprenden sus gigantescas dimensiones, sobre todo su altura y diámetro y se es consciente de cerca de la envergadura de los cohetes que hubieran podido ser lanzados en cualquier momento como, por ejemplo, en 1968 durante el ataque a Checoslovaquia que mantuvo en alerta roja el complejo. Un detalle escalofriante de la corona de la lanzadera son esos números que aparecen en todo su perímetro. No son ni más ni menos que los grados de una enorme brújula estática que permitían orientar el destino del artefacto en cualquier dirección, únicamente limitado por su alcance de 2.000 Kms.

Plokštinė no es una visita cualquiera, ni siquiera recomendable, que algunos no dudarían en calificar de dudoso gusto. Recorrer una base nuclear de antaño que sigue emitiendo niveles de radiación, asumibles durante cortas exposiciones, y que hubiera podido cambiar el futuro del mundo en cualquier momento es una decisión que solo podemos tomar guiados por nuestro interés histórico, nuestras ganas de visitar un lugar prohibido, secreto y cuya existencia fue negada en todo momento y, por qué no reconocerlo, nuestro morbo que aflorará aunque no queramos reconocerlo.





Blanco infinito

25 12 2007

Iceberg © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

El ensordecedor ruido del Hércules C130 que me transporta desde Punta Arenas a la Base Chilena Frei de la Antártida me recuerda que ni el destino es convencional ni la forma de alcanzarlo tampoco. Solo hay dos formas de llegar: por mar o por avión y esta última ha sido mi elección. Renunciando a cruzar el mítico Cabo de Hornos he optado por volar al Continente Blanco aún a sabiendas que no se trata de un viaje de lujo. La adrenalina se dispara nada más subir al ruidoso coloso militar, el escalofrío se inicia al sobrevolar el indomable mar de Drake durante 150 eternos minutos y el vello se eriza al tocar la gravilla de la pista de aterrizaje en Bahía Fildes. Al descender por la escalerilla, el impacto con la tierra antártica corta la respiración azotando los rostros de los 44 intrépidos de esta expedición. La sensación de frío la produce más la emoción que la temperatura que supera los 5ºC. Los primeros pasos por la pista son inseguros y se dirigen a ninguna parte hasta que la organización del aero-crucero nos devuelve a la realidad.

El personal de la empresa chilena “Antártica XXI”, la primera y única en volar hasta la fecha al mítico destino blanco, se hace cargo inmediatamente de la situación. Emprendemos nuestra primera marcha a través de la nieve, inesperadamente copiosa durante esta primavera, hasta alcanzar la Villa de Las Estrellas, poblada por tan solo 39 habitantes, y más concretamente uno de los barracones de acogida de la Base Presidente Eduardo Frei. Tras las primeras consignas, entrega de botas y avituallamiento, subimos a las zodiacs que nos acercan a gran velocidad al “Grigori Mikheev” que será nuestro buque-hogar durante los próximos seis días. Sorprende la buena y estudiada organización y lo sencillo que todo parece a bordo, haciéndonos olvidar la dureza intrínseca del destino elegido. Las medidas de seguridad prevalecen sobre todo lo demás y el confort y libertad de maniobra a bordo hacen presagiar unos días de expedición muy placenteros.

Empieza el viaje, empiezan los desembarcos y sus caminatas, los paisajes infinitos cuyo silencio solo rompe el ruido de nuestras botas al dejar huellas frescas sobre el manto blanco. La fauna entre la que paseamos con humildad y respeto demuestra tanta curiosidad por nosotros como nosotros por sus habitantes autóctonos. Los pingüinos se acercan sin miedo y con curiosidad para investigar nuestro extraño comportamiento. Las focas, los elefantes marinos y las diferentes aves parecen contemplarnos con la misma reciprocidad que todos demostramos los unos hacia los otros. Los glaciares, los témpanos de hielo y sus paisajes esculpidos caprichosamente por el frío suceden a los avistamientos inesperados y las numerosas sensaciones que solo pueden vivirse alrededor de los 65º de latitud sur. Nombres míticos desfilan durante nuestro recorrido: Bahía Paraíso, Port Lokroy, la isla de la Media Luna, Hannah Point en Bahía Walker, las Islas Decepción, Petermann y Cuverville, el Canal Lemaire, el Estrecho de Bransfield y sus agitadas aguas… Seis días con sus cinco noches blancas perfectamente orquestadas para disfrutar en todo momento y hacernos olvidar nuestra contemporaneidad. Me siento teletransportado a otro espacio-tiempo donde el ser humano es insignificante salvo por esos héroes míticos Shakelton, Scott y Amundsen cuyas hazañas intuyo realmente por primera vez.

Ciertamente al optar por este destino se comprueba como todos sus pasajeros se mueven por inquietudes similares independientemente de su nacionalidad. El buque se parece al arca de Noé debido a la gran cantidad de idiomas hablados a bordo: español, inglés, francés, holandés, japonés, lituano, ruso, … pero todos tenemos en común la observación de la fauna sin interferirla en ningún momento con el más absoluto respeto y la pasión por la expedición a través de esos inmensos paisajes alejados de la civilización. Las horas y los días se suceden más rápidamente de lo que uno quisiera y, poco a poco, la tripulación, los organizadores y los pasajeros van entremezclándose sin proponérselo hasta convertirse en una gran familia en la que prevalece una extraña y cómplice simbiosis.

No sería justo destacar solo la belleza del viaje y sus ingredientes sin mencionar explícitamente el escrupuloso seguimiento que todos hacemos de las reglas de obligado cumplimiento. La Antártida no tiene país soberano que la gobierne, es tierra de nadie y tierra de todos pero el sentido común parece triunfar en este recóndito lugar. Está prohibido fumar, los recuerdos físicos no deben salir del continente, ya sea una piedra o una pluma de ave caída en el suelo, y nadie intenta transgredir las normas, quizás porque todos sabemos donde estamos y lo que ello implica. Tras cada desembarco la limpieza es exhaustiva al regresar al buque, limpiándonos las botas con cepillos, agua y un desinfectante químico que impedirán el traslado de suciedad y bacterias de un lugar a otro, garantizando nuestra no intervención en el medio.

Nuestros recuerdos quedarán grabados en nuestras retinas, en nuestras cámaras y en nuestros corazones, para siempre. No hay otro destino igual, no hay otra sensación igual, ni la imaginación es capaz de superar a la realidad. Vivir la experiencia más singular de nuestro planeta está en sus manos; no la deje pasar.

[Nota: mi más sincero agradecimiento a todo el personal que hizo posible este sueño desde el personal directivo, pasando por nuestros organizadores, cuidadores y conferenciantes (Diana, Gabriel, Sebastián, Shoshanah y Nico) y todos aquellos que, en el anonimato, trabajaron impecablemente para hacer de nuestro viaje antártico una experiencia inolvidable.]





La suerte del camino

1 03 2007

Hotel Tabarkat, M'hamid, Marruecos © Miguel Ramo

Código QR de este permalink

Código QR de este permalink

Al final todos los caminos terminan en alguna parte aunque no seamos conscientes de ello. Lo importante, sin embargo, no es dónde acaban o dónde empiezan, sino la calidad del camino y el descanso al final del mismo.

Los afortunados conocedores del fantástico Marruecos, y me refiero a aquellos que han sabido salirse de los importantes núcleos turísticos, pueden ascender un nivel más en la escala de lo sorprendente, relajante y espectacular acudiendo a M’hamid, al sur profundo del país.

A 94 kilómetros de la cautivadora ciudad de Zagora, famosa por ser punto de partida hacia Tombuctú cuyo recorrido se realizaba en 52 días a lomo de dromedario, y siguiendo la única carretera asfaltada que conduce al sur, se llega al referido destino. El variopinto camino no dejará indiferente a nadie, alternando zonas desérticas con auténticos oasis de palmeras que, poco a poco, nos acercarán a ese punto final, donde termina el asfalto y empieza la arena dorada, la auténtica aventura marroquí. Es cierto que antes de empezar un reto tan importante, no en vano algunas etapas del Dakar pasan por aquí, es importante descansar para tomar fuerzas y proseguir.

Sin lugar a dudas una de las alternativas más recomendables, aún a riesgo de quedarse más tiempo del indispensable, es pernoctar en el Hotel Tabarkat, un kilómetro antes de llegar a M’hamid. La culpa de que el viajero no quiera irse es exclusivamente de sus dueños, Josep y Elisabet, que, con mucha voluntad, constancia y saber hacer, cuidan de sus huéspedes tratándoles como amigos en vez de clientes. La amabilidad, el confort, la paz y la buena mesa forman un cóctel dificilmente superable al que nadie puede resistirse. Sin querer desvelar las excelentes peculiaridades de este establecimiento, basta con decir que cuenta con auténticos lujos en pleno Sahara, como una gran piscina de agua dulce que actuará de bálsamo al final de una dura travesía. No es, por lo tanto, de extrañar que esta magnífica posada, en su más ancestral significado, se haya convertido en toda una referencia entre amantes del todoterreno, apasionados de naturalezas vírgenes y turistas atípicos.

Finalmente, y ciertamente a regañadientes, el infatigable aventurero sacará fuerzas de la razón para abandonar el Tabarkat y adentrarse en el desierto más grande del mundo donde admirará el esplendor cautivador de la nada, el principio del fin, donde uno puede encontrarse a sí mismo sin ni siquiera pretenderlo.








A %d blogueros les gusta esto: