Blanco infinito

25 12 2007

Iceberg © Miguel Ramo

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El ensordecedor ruido del Hércules C130 que me transporta desde Punta Arenas a la Base Chilena Frei de la Antártida me recuerda que ni el destino es convencional ni la forma de alcanzarlo tampoco. Solo hay dos formas de llegar: por mar o por avión y esta última ha sido mi elección. Renunciando a cruzar el mítico Cabo de Hornos he optado por volar al Continente Blanco aún a sabiendas que no se trata de un viaje de lujo. La adrenalina se dispara nada más subir al ruidoso coloso militar, el escalofrío se inicia al sobrevolar el indomable mar de Drake durante 150 eternos minutos y el vello se eriza al tocar la gravilla de la pista de aterrizaje en Bahía Fildes. Al descender por la escalerilla, el impacto con la tierra antártica corta la respiración azotando los rostros de los 44 intrépidos de esta expedición. La sensación de frío la produce más la emoción que la temperatura que supera los 5ºC. Los primeros pasos por la pista son inseguros y se dirigen a ninguna parte hasta que la organización del aero-crucero nos devuelve a la realidad.

El personal de la empresa chilena “Antártica XXI”, la primera y única en volar hasta la fecha al mítico destino blanco, se hace cargo inmediatamente de la situación. Emprendemos nuestra primera marcha a través de la nieve, inesperadamente copiosa durante esta primavera, hasta alcanzar la Villa de Las Estrellas, poblada por tan solo 39 habitantes, y más concretamente uno de los barracones de acogida de la Base Presidente Eduardo Frei. Tras las primeras consignas, entrega de botas y avituallamiento, subimos a las zodiacs que nos acercan a gran velocidad al “Grigori Mikheev” que será nuestro buque-hogar durante los próximos seis días. Sorprende la buena y estudiada organización y lo sencillo que todo parece a bordo, haciéndonos olvidar la dureza intrínseca del destino elegido. Las medidas de seguridad prevalecen sobre todo lo demás y el confort y libertad de maniobra a bordo hacen presagiar unos días de expedición muy placenteros.

Empieza el viaje, empiezan los desembarcos y sus caminatas, los paisajes infinitos cuyo silencio solo rompe el ruido de nuestras botas al dejar huellas frescas sobre el manto blanco. La fauna entre la que paseamos con humildad y respeto demuestra tanta curiosidad por nosotros como nosotros por sus habitantes autóctonos. Los pingüinos se acercan sin miedo y con curiosidad para investigar nuestro extraño comportamiento. Las focas, los elefantes marinos y las diferentes aves parecen contemplarnos con la misma reciprocidad que todos demostramos los unos hacia los otros. Los glaciares, los témpanos de hielo y sus paisajes esculpidos caprichosamente por el frío suceden a los avistamientos inesperados y las numerosas sensaciones que solo pueden vivirse alrededor de los 65º de latitud sur. Nombres míticos desfilan durante nuestro recorrido: Bahía Paraíso, Port Lokroy, la isla de la Media Luna, Hannah Point en Bahía Walker, las Islas Decepción, Petermann y Cuverville, el Canal Lemaire, el Estrecho de Bransfield y sus agitadas aguas… Seis días con sus cinco noches blancas perfectamente orquestadas para disfrutar en todo momento y hacernos olvidar nuestra contemporaneidad. Me siento teletransportado a otro espacio-tiempo donde el ser humano es insignificante salvo por esos héroes míticos Shakelton, Scott y Amundsen cuyas hazañas intuyo realmente por primera vez.

Ciertamente al optar por este destino se comprueba como todos sus pasajeros se mueven por inquietudes similares independientemente de su nacionalidad. El buque se parece al arca de Noé debido a la gran cantidad de idiomas hablados a bordo: español, inglés, francés, holandés, japonés, lituano, ruso, … pero todos tenemos en común la observación de la fauna sin interferirla en ningún momento con el más absoluto respeto y la pasión por la expedición a través de esos inmensos paisajes alejados de la civilización. Las horas y los días se suceden más rápidamente de lo que uno quisiera y, poco a poco, la tripulación, los organizadores y los pasajeros van entremezclándose sin proponérselo hasta convertirse en una gran familia en la que prevalece una extraña y cómplice simbiosis.

No sería justo destacar solo la belleza del viaje y sus ingredientes sin mencionar explícitamente el escrupuloso seguimiento que todos hacemos de las reglas de obligado cumplimiento. La Antártida no tiene país soberano que la gobierne, es tierra de nadie y tierra de todos pero el sentido común parece triunfar en este recóndito lugar. Está prohibido fumar, los recuerdos físicos no deben salir del continente, ya sea una piedra o una pluma de ave caída en el suelo, y nadie intenta transgredir las normas, quizás porque todos sabemos donde estamos y lo que ello implica. Tras cada desembarco la limpieza es exhaustiva al regresar al buque, limpiándonos las botas con cepillos, agua y un desinfectante químico que impedirán el traslado de suciedad y bacterias de un lugar a otro, garantizando nuestra no intervención en el medio.

Nuestros recuerdos quedarán grabados en nuestras retinas, en nuestras cámaras y en nuestros corazones, para siempre. No hay otro destino igual, no hay otra sensación igual, ni la imaginación es capaz de superar a la realidad. Vivir la experiencia más singular de nuestro planeta está en sus manos; no la deje pasar.

[Nota: mi más sincero agradecimiento a todo el personal que hizo posible este sueño desde el personal directivo, pasando por nuestros organizadores, cuidadores y conferenciantes (Diana, Gabriel, Sebastián, Shoshanah y Nico) y todos aquellos que, en el anonimato, trabajaron impecablemente para hacer de nuestro viaje antártico una experiencia inolvidable.]





La incomparable Caoslandia

22 11 2007

Delhi © Miguel Ramo

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En un país que le dedica un templo a las ratas (Karni Mata en Deshnok, Bikaner, Rajasthan), donde la vida y la muerte se entremezclan en la calle con total naturalidad (Varanasi, Uttar Pradesh) y donde la belleza del planeta se concentra sin igual (Taj Mahal, Agra, Uttar Pradesh) se puede esperar cualquier cosa. Ciertamente la India es un caos en muchos sentidos y sus incongruencias son proverbiales. Si se sobrevive al tráfico, a la comida picante y a la suciedad omnipresentes, el país nos hipnotizará y nos atrapará irremediablemente para bien o para mal. Olvídese de la indiferencia, aquí no tiene cabida.

Desde que el ser humano se lanzó a la conquista espacial, su deseo de viajar en el tiempo se ha incrementado exponencialmente. De momento es una utopía para los científicos y, probablemente, lo siga siendo durante mucho tiempo. Sin embargo el viajero puede experimentar un viaje en el tiempo, más que en el espacio, dirigiéndose a la India. Unas 8 horas de vuelo de Londres a Delhi nos teletransportarán 2.000 años hacia atrás, como por arte de magia, una magia que solo desaparecerá observando el uso del teléfono móvil a lomo de dromedario. Mi recomendación es no prestar atención a ese guiño al siglo XXI y seguir zambullido en el Año Cero de nuestra era, para disfrutar de un planeta ya extinto.

País inmenso en superficie y en población todavía regida hoy en día por castas, los habitantes de la India viven y mueren de la mano de la religión. El Hinduismo, la doctrina prevaleciente, rige sus vidas veinticuatro horas diarias forzando situaciones dantescas como la hambruna humana mientras las vacas, sagradas, pasean delante de los indigentes algunos de ellos muertos de inanición. Ciertamente el Hinduismo promueve la adoración de los animales por lo que la vaca es concebida como la madre de la humanidad debido a la leche que suministra sin esperar nada a cambio. La asociación de ideas con la madre que amamanta a su hijos desinteresadamente es más que evidente por lo que, contextualmente, no puede ni debe criticarse la creencia.

La religión Hindú compara la muerte de una vaca con la de la propia madre por lo que no puede ser sacrificada, además de promover el amor a los seres vivos, sean los que sean. El Jainismo, religión minoritaria en el país, lleva esta máxima al extremo. Los jainistas son fácilmente reconocibles por la calle al llevar una máscara o pañuelo en la boca con el fin de no tragarse accidentalmente ningún ser volador y, consecuentemente, acabar con su vida sin ni siquiera pretenderlo. La polémica está servida bajo el prisma occidental pero no cambiaremos las posturas por mucha lógica que intentemos desplegar aunque sus consecuencias sí puedan someterse a un debate racional que, por mucho que nos empeñemos, no llegará a ninguna conclusión pragmática. Sin embargo, no podré olvidar jamás los niños entre las vías de los trenes de la estación de Agra peleándose con unas ratas del tamaño de conejos por unos restos de comida embadurnados de mugre. Tendré que convivir con ello y conformarme por mucho que se me revuelvan las tripas.

La cara opuesta de la India es su belleza que se abre paso sin piedad a través de la suciedad y, por qué no decirlo sin eufemismos, a través de la mierda. El Taj Mahal es seguramente uno de los pocos edificios del mundo donde el mejor fotógrafo del mundo no se verá recompensado con sus resultados, haga lo que haga. La contrapartida es que, al contemplar semejante perfección, a un servidor se le cayeron las lágrimas, no siendo el único por cierto. El ‘mausoleo del amor’ derrota en belleza a cualquier otro edificio del planeta y, aunque pueda parecer una osada aseveración por mi parte, aquellos que hayan tenido el privilegio de contemplarlo posiblemente asientan con la cabeza en este momento.

Otro ejemplo de belleza podría ser, sin lugar a dudas, Swarna Mandir, más conocido como el ‘Templo Dorado’ y menos por sus nombres oficiales ‘Harmandir Sahib’ o ‘Darbar Sahib’, el Templo Sikh de Amritsar, el símbolo de la libertad infinita y de la independencia espiritual, el lugar más emblemático e importante del Sikhismo. Sorprende gratamente comprobar la infinita amabilidad que los devotos religiosos Sikhs demuestran a todos, especialmente a los extranjeros. El orgullo Sikh empapa el lugar, el respeto por todo y por todos alcanza un nivel tan alto que uno se siente parte del conjunto durante la visita, absolutamente integrado. Es maravilloso estar dentro del Templo durante las horas que pasan volando y, cuando llega el momento de partir, querrías quedarte. Posiblemente un trocito de nosotros mismos se quede esperando nuestro regreso.

No pretendo desvelar lo que encierra este país, solo esbozar algunas pinceladas que ilustran lo que uno puede encontrarse y lo que, con toda sinceridad, queda por visitar y descubrir. La India se la ama o se la odia, a primera vista, no hay término medio, no es una opinión, solo un hecho que cada uno debe comprobar por sí mismo.





Sahara

22 05 2007

Ksar de Tafnidilt © Miguel Ramo

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«Sahara» en árabe o «desierto» en castellano es un concepto genérico. «Desierto del Sahara» es por lo tanto una redundancia que se usa habitualmente para hacer referencia al desierto más grande del mundo (algo más de 9 millones de kilómetros cuadrados) ubicado en el norte de África. Independientemente del desierto por el cual uno transite, sus arenas asustan y atraen simultáneamente; es un binomio indivisible que pone a prueba los sentimientos y las sensaciones. Personalmente, nada más adentrarme en ellas quedo hipnotizado, con consentimiento implícito, abandonándome irremediablemente a su fascinación. La reiteración de la ruta de los desiertos es una clara e inequívoca señal de atracción prácticamente indefinible. Recientemente, un buen amigo me preguntó por qué iba tantas veces al desierto si allí no había «nada» y, cuando pensé que me sobrarían argumentos, enmudecí. No sé si por abrumadora cantidad o por carencia absoluta de ellos pero no pude articular ni una sola frase coherente, al menos para él.

Marruecos, el país que no cesa de sorprender a propios y extraños, tiene la virtud de ser la bisagra del Sahara. Sus muchos kilómetros de desierto son embriagadores, alucinantes pero diferentes entre sí. Adentrarse en Merzouga y en Mhamid, dos zonas distantes pero similares, difieren por completo de las arenas que abarcan desde Tan Tan hasta Playa Blanca y más allá… En este último tramo, existe un lugar mágico que uno no debe ignorar, se trata del Ksar de Tafnidilt (WGS 84 : 38º 32’775N – 10º59’569). Uno de sus dueños, Daniel Costil, se empeña en que su ciudad fortaleza del desierto (ksar) sea un lugar apacible, sencillo y confortable en el que el viajero descanse como si llegara a su propia casa. Allí no se encontrará bullicio alguno, sólo unos pocos huéspedes, una restauración impecable (no en vano fue cocinero en la parisina estación ferroviaria de Lyon), unas acogedoras habitaciones en las que no sería de extrañar que descansase el propio Morfeo y unas vistas cautivadoras. Así mismo podremos disfrutar de la presencia de Magali Le Hérissé (una de las campeonas de la décima edición del trofeo Aïcha des Gazelles del año 2000) que nos dará sus consejos e incluso nos acompañará si lo deseamos para pilotar nuestros todoterreno con destreza y efectividad por las arenosas y pedregosas rutas circundantes. Después del merecido descanso y de la ingesta de fuerzas podremos proseguir nuestro camino.

La ruta serpentea hasta alcanzar el borde de la tierra y descubrirnos la meta soñada. Diversión y emoción sin límites hasta la mítica Playa Blanca. El descenso del acantilado es el sueño de todo aficionado al 4×4 con sus arenas que te empujan y retienen al mismo tiempo en un vertiginoso baile que dispara la adrenalina. Sus dunas pequeñas y grandes te acunan de aquí para allá mientras el vehículo se desliza hasta orillas del océano atlántico a una velocidad quizás impropia pero irrenunciable. La amplitud de la playa a lo largo y a lo ancho dejan boquiabiertos a todos. Los más osados se acercan al borde del agua a pesar del peligro de quedar atrapados, los prudentes se detienen a medio camino entre el todo y la nada pero cuantos vayan disfrutarán del lugar como niños. Al atardecer, la luz africana acunará a sus moradores con independencia de credos y razas y los sumergirá en un baño de placer y de paz.

¡Que la arena te acompañe en tu viaje y que disfrutes hasta de su último grano!

Inshallah…





Sumobeya

6 03 2007

Escuela de Sumo © Miguel Ramo

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Sentado en el suelo de madera de una tarima elevada de Kokonoebeya, (escuela Kokonoe de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Takasago) tuve la inconsciente osadía de acercarme demasiado a la zona de entrenamiento, lo suficiente como para ser amonestado. Evidentemente no estaba invadiendo la zona sensible de la escuela y, por supuesto, el maestro tampoco se rebajó, dirigiéndose directamente a mi. En su lugar me ignoró por completo, miró al lado opuesto al que me encontraba y usó de intermediario a uno de sus alumnos que, en perfecto japonés me dijo, en voz baja y con la cabeza agachada sin mirarme en ningún momento, que me retirara hacia atrás. Afortunadamente para mi, hizo un gesto inequívoco con ambas manos porque sino todavía estaría preguntándome qué se suponía que trataba de hacerme comprender. No sé realmente si el maestro eligió concienzudamente al alumno encargado de reprenderme o si fue totalmente aleatorio pero, en cualquier caso, yo lo interpreté como un castigo adicional al enorme cachete que le había propinado minutos antes por no hacer correctamente las cosas.

Los alumnos de Sumo sufren durante sus largas y cansinas sesiones de entrenamiento diarias o al menos padecen de acuerdo con nuestros parámetros occidentales. Es impresionante comprobar cómo estos pesos pesados pueden abrir sus piernas en un gigantesco abanico de 180 grados, levantándolas a la altura de sus cabezas mientras se inclinan hacia uno u otro lado, golpeando finalmente con aplomo el suelo de arena al descender sus moles sobre la superficie humedecida. El ritual parece no tener fin hasta que, un gesto desapercibido para los no iniciados, pone término al mismo. Hasta ese momento siguen y siguen, sin prisas, machacónamente, sin pausas, con medida lentitud e impresionante fuerza y destreza. Posteriormente se suceden distintos ejercicios hasta que se pasa a la rueda de los enfrentamientos vis a vis que se disputan en un dohyo (ring) de 4,55 metros de diámetro, grande desde dentro, minúsculo desde fuera.

Dejando atrás Kokonoebeya me invitan a un entrenamiento formal en Sadogatakebeya (escuela Sadogatake de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Nishonoseki). Esta escuela cuenta al menos con dos expertos rikishi (término que se refiere a cualquier luchador de sumo pero que debe traducirse literalmente por ‘hombre fuerte’): Kotomitsuki (un forzudo sekiwake japonés de 158 kilos) y Kotooshu (un impresionante y popular ozeki búlgaro de 152 kilos que apasiona a los japoneses). Tan pronto se enfrentan ambos me doy cuenta de la diferencia de talla entre ambas ‘heya’ (edificio usado como casa y lugar de entrenamiento de los rikishi y, en la práctica, sinónimo de escuela de sumo), siendo la primera mucho más modesta que la segunda, un concepto que solo tiene sentido para los occidentales y absolutamente absurdo para los nipones.

El entrenamiento es agotador para todos, tanto para los protagonistas como para los asistentes. Las reglas para estos últimos son simples en todo momento: si nos movemos demasiado, si nos incorporamos del suelo o si respiramos demasiado ruidosamente seremos expulsados del recinto, sin contemplaciones. Cada vez que mi cámara dispara, le suplico mentalmente a los dioses que el ruido ambiental cubra el ruido metálico de la cortinilla so pena de ser invitado a abandonar irremediablemente la sala. Quiero ser invisible pero no domino la técnica.

Es cierto que hay cada vez más luchadores de Sumo extranjeros en Japón y Kotooshu sería un buen ejemplo de esta tendencia. Inicialmente puede parecer complejo que un extranjero tenga que aprender japonés para practicar este deporte doctrinal sin embargo la realidad es muy distinta. No hay ninguna diferencia entre un japonés y un no japonés puesto que el maestro nunca explica lo que hay que hacer. Los alumnos aprenden porque imitan a los más veteranos, nadie habla, nadie dice en qué consiste esto del sumo: frustrante sin lugar a dudas. Si no se hace correctamente lo que se supone que hay que hacer, sea lo que sea, se recibe un cachete o un varazo. El alumno mantendrá la cabeza agachada en señal de humildad extrema y se atreverá como mucho a confirmar con la cabeza, susurreando un inaudible ‘hai’ o asentimiento que podríamos traducir por ‘sí’. En algunas raras ocasiones el maestro ‘dialogará’ con el alumno indicándole sus lagunas pero éste, de nuevo, se limitará a asentir servilmente. Quizás más adelante, hablar japonés pueda revelarse útil pero más para comprar el periódico que para perfeccionar la lucha.

Ciertamente el peso es una característica fundamental del Sumo motivo por el cual el rikishi come y duerme siguiendo un patrón de comportamiento absolutamente desconcertante que garantizará una rápida y permanente ganancia de peso. Sin embargo, y a diferencia de lo que puede parecer a primera vista, la técnica se confirma tan importante o más cuando se tiene la oportunidad de comprobar como alguien mucho más pequeño agarra con destreza el mawashi (cinturón) de su adversario o es capaz de desplazar o desequilibrar a su contrincante coloso, simplemente aprovechando las enormes inercias que se crean durante los enfrentamientos. Una vez más, el espíritu japonés se impone por aplastante lógica, si el atento lector me permite un poco elaborado juego de palabras que contrasta con la inteligencia de este impactante arte marcial que no deporte.





La suerte del camino

1 03 2007

Hotel Tabarkat, M'hamid, Marruecos © Miguel Ramo

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Al final todos los caminos terminan en alguna parte aunque no seamos conscientes de ello. Lo importante, sin embargo, no es dónde acaban o dónde empiezan, sino la calidad del camino y el descanso al final del mismo.

Los afortunados conocedores del fantástico Marruecos, y me refiero a aquellos que han sabido salirse de los importantes núcleos turísticos, pueden ascender un nivel más en la escala de lo sorprendente, relajante y espectacular acudiendo a M’hamid, al sur profundo del país.

A 94 kilómetros de la cautivadora ciudad de Zagora, famosa por ser punto de partida hacia Tombuctú cuyo recorrido se realizaba en 52 días a lomo de dromedario, y siguiendo la única carretera asfaltada que conduce al sur, se llega al referido destino. El variopinto camino no dejará indiferente a nadie, alternando zonas desérticas con auténticos oasis de palmeras que, poco a poco, nos acercarán a ese punto final, donde termina el asfalto y empieza la arena dorada, la auténtica aventura marroquí. Es cierto que antes de empezar un reto tan importante, no en vano algunas etapas del Dakar pasan por aquí, es importante descansar para tomar fuerzas y proseguir.

Sin lugar a dudas una de las alternativas más recomendables, aún a riesgo de quedarse más tiempo del indispensable, es pernoctar en el Hotel Tabarkat, un kilómetro antes de llegar a M’hamid. La culpa de que el viajero no quiera irse es exclusivamente de sus dueños, Josep y Elisabet, que, con mucha voluntad, constancia y saber hacer, cuidan de sus huéspedes tratándoles como amigos en vez de clientes. La amabilidad, el confort, la paz y la buena mesa forman un cóctel dificilmente superable al que nadie puede resistirse. Sin querer desvelar las excelentes peculiaridades de este establecimiento, basta con decir que cuenta con auténticos lujos en pleno Sahara, como una gran piscina de agua dulce que actuará de bálsamo al final de una dura travesía. No es, por lo tanto, de extrañar que esta magnífica posada, en su más ancestral significado, se haya convertido en toda una referencia entre amantes del todoterreno, apasionados de naturalezas vírgenes y turistas atípicos.

Finalmente, y ciertamente a regañadientes, el infatigable aventurero sacará fuerzas de la razón para abandonar el Tabarkat y adentrarse en el desierto más grande del mundo donde admirará el esplendor cautivador de la nada, el principio del fin, donde uno puede encontrarse a sí mismo sin ni siquiera pretenderlo.





Africa: la experiencia.

7 01 2007

Olduvai © Miguel Ramo

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Si nunca ha estado en Africa no podrá creerme pero, si ya la ha visitado, asentirá sin remedio.

La experiencia de Africa es una de las más impresionantes que puede experimentarse. Nuestros cinco sentidos, normalmente aletargados y acomodados a una vida más o menos confortable, despiertan y nos sorprenden, como si, hasta ese momento, hubiesen funcionado a medio rendimiento. Si bien es cierto que el norte de Africa empieza en Marruecos y el Sur acaba en la República Surafricana las experiencias serán todas intensas aunque diferentes siendo la gran división inexistente el Africa negra del resto.

Africa misteriosa, bella, cautivadora, mágica y hechicera, donde los humanos no somos los animales más importantes de la creación sino los más insignificantes. Acostumbrados a vivir en nuestro entorno sintiendo que los zoos son unos reductos cercados, donde la fauna campa con más o menos en libertad pero no puede alcanzarnos, al visitar paises como Kenia o Tanzania nos damos enseguida cuenta que nosotros somos la especie que vive en el zoo, que los animales son la raza dominante y que nos toleran sin acosarnos demostrándonos su aspecto más civilizado. ¡Qué ironía más educativa! ¡Qué lección de humildad!

Siempre hay una primera vez para todo y cuando se alcanza Africa tiene más sentido que nunca. Sientes como si fueses parte de ella, como si nunca te hubieses ido aún no habiendo estado antes allí. Tu corazón late más fuerte, los pelos se erizan, sientes el olor del viento, tu mirada se agudiza y los sabores acuden a tu cerebro sin necesidad de comer. Muy a pesar mío no sé nada de genética pero, en esos momentos, tengo la completa seguridad que todos tenemos un gen marcado con la huella del nacimiento del hombre en la Tierra. Sentirse parte intrínseca de un lugar jamás visitado solo puede deberse a eso, sin querer ofender las creencias religiosas de cada individuo que posiblemente sentirán a su Dios en esa vivencia. Si queremos confirmar nuestra teoría podemos visitar la Garganta de Olduvai (en la foto) ubicada en el área de conservación del Ngorongoro al norte de Tanzania que, según los investigadores, sería la cuna de la raza humana. Nada más asomarnos a este enclave podremos experimentar una paramnesia irreal que nos electrizará casi con total seguridad.

Mis palabras son inútiles, no estoy a la altura de un artículo como éste y, siendo consciente de ello, solo puedo animar a quien lo lea a que viva en primera persona la fantástica experiencia africana que superará todas sus expectativas, sean las que sean.





Made in China

1 10 2006

Zarpazo chino © Miguel Ramo

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China es el país de los mayores contrastes que se pueden experimentar en la faz de la tierra en pleno inicio del tercer milenio. A caballo entre el comunismo y el popularismo, intenta salir de su anterior condición para integrarse, con un éxito hasta el momento discutible, en el occidentalismo al que aspira entre susurros.

A falta de dos escasos años para que den comienzo los Juegos Olímpicos de Beijing, las principales preocupaciones del gobierno siguen siendo mentalizar a la población que escupir en el suelo no está socialmente bien visto fuera de China y que, sin saber al menos inglés, el país no está preparado para ningún acontecimiento de esa envergadura aunque, por razones obvias, no se reconozca públicamente. Seguramente cuando veamos la ceremonia de apertura en televisión, todo nos parecerá perfecto. Sin embargo mucho habrá tenido que cambiar la sociedad para que los taxistas entiendan dónde queremos ir y podamos comer lo que deseemos porque actualmente, en la gran mayoría de los restaurantes, sigue siendo imposible pedir una simple cerveza. La educación es otra de las asignaturas pendientes a no confundir con los usos y costumbres que deben prevalecer en cualquier parte del planeta. La falta de respeto al espacio vital de cada persona resulta, y muy en particular a las mujeres, insoportable en algunas ocasiones sobre todo cuando uno se siente observado a cortísima distancia y por todos los costados sin el más mínimo disimulo. Es cierto que los occidentales siguen despertando la curiosidad de la población china, más cuanto más alejados se encuentren de las grandes ciudades pero el comportamiento hacia los extranjeros, en algunos casos, roza lo estríctamente tolerable provocando situaciones altamente incómodas y violentas. Las mayores injusticias se producen cuando se generalizan las afirmaciones pero la falta de educación, aún teniendo en cuenta los hábitos autóctonos, es realmente manifiesta. Además del ya mencionado y aceptado escupitajo, los empujones son frecuentes pero se aceptan como parte de la existencia misma, las señales de tráfico son meros adornos urbanos, se sigue hablando a voz en grito en la mayoría de las circunstancias y la gente se cruza en tu camino aunque estés apuntando tu cámara en esa dirección o puedas caerte por la premura. En cuanto a la limpieza general reinante es manifiesta y globalmente insuficiente se vaya donde se vaya y las escasas excepciones confirman la regla.

A pesar de todos los pesares China es un gran país y no solo por referencia a su extensión, la cuarta mayor del mundo después de Rusia, Canadá y Estados Unidos. La grandeza de China radica en su imparable industria multisectorial, su diversidad étnica y sobre todo en la espectacularidad de algunos de sus paisajes más emblemáticos entre los que pueden contarse Guilin o el más recóndito y desconocido Wulingyuan (distrito de la población de Zhangjiajie). Ciertamente la antigua cultura China ha establecido algunas bases vitales que han permitido al mundo ser hoy en día lo que es. El goce y disfrute cultural al visitar el país están garantizados se vaya donde se vaya y, por solo citar uno de ellos, el emblemático Xian marcará nuestra retina para siempre al contemplar el famoso y espectacular ejército de guerreros de terracota.

La rivalidad entre ciudades es patente cuando comparamos Shanghai y Hong-Kong. El edificio más alto o la iluminación más espectacular van alternándose cada pocos meses en ese ranking silencioso pero manifiesto. Nadie lo reconoce pero el orgullo local es importante y, de hecho, es un factor motivador al estilo capitalista. Sin embargo no podemos olvidar que los contrastes también son palpables en este caso si tenemos en cuenta que los hongkoneses no se sienten realmente chinos, se sienten diferentes por lo ya comentado, por el hecho de haber sido colonia británica durante más de un siglo y medio (29/08/1842 – 01/07/1997) y por tener una de las rentas per cápita más altas del mundo. La moratoria de 50 años pactada entre el gobierno local e independiente de Hong-Kong y el gobierno central chino pretende formalmente permitir al resto de China equipararse con el flamante y boyante Hong-Kong pero las diferencias no podrán ser limadas en tan poco tiempo, al menos parece poco probable dadas las circunstancias.

Napoleón dijo una vez: “Cuando China despierte, el mundo temblará” y eso ya está ocurriendo. Algo más de 1.300 millones de personas hacen de este país un país poderoso, que se sabe poderoso, sobre todo después del desmantelamiento de la Unión Soviética y, aunque se suele estar de acuerdo en que históricamente China es una nación que mira hacia adentro, y que no es dada a la expansión agresiva, no es menos cierto que hay muchas maneras de expandirse. Actualmente los chinos son los fabricantes del mundo habiendo creado marca propia sin pretenderlo, véase la etiqueta ‘Made in China’ en los artículos más insospechados como por ejemplo, las genuinas pelotas de beisbol norteamericanas. Dominan el mercado internacional de la producción a bajo coste (en muchas ocasiones ligado al de la baja calidad) y ésto puede llegar a convertirse en una auténtica pesadilla para los mercados nacionales de occidente que no pueden competir promoviendo, en sonadas ocasiones, algunas leyes para proteger su supervivencia y, en otras, una auténtica sensación de entrega a la realidad de los acontecimientos.

Hóng Lóng, el Dragón Rojo, se conoce en La Tierra por el nombre de China y sus descendientes en Los Cielos por el de Taikonautas. Napoleón se quedó corto.





Domo arigato, Yamato!

13 09 2006

Tori de Miyajima © Miguel Ramo

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Incluso para un experimentado viajero, el primer contacto con Japón es absolutamente sorprendente. ¿Es posible que exista un país tan limpio, tan silencioso, tan educado cuyas gentes demuestran un impresionante respeto por humanos (sin importar ni raza ni credo), animales y cosas? Sí y posiblemente la explicación se deba a la vertiente sintoista japonesa. Si bien el sintoismo es considerado oficialmente como una religión fuera de Japón, mi propia experiencia me ha demostrado que, en realidad no es tal, sino la simple consideración de que todo es sagrado: tú, yo, los perros, las piedras, la comida, la religión de propios y extraños o su carencia (paraiso de ateos y agnósticos),… Todo, absolutamente todo, es sagrado, valioso y único, motivo por el cual se respeta con naturalidad. Un planteamiento tan sencillo y profundo a la vez puede llegar a tener maravillosas consecuencias en el día a día japonés, que tanto sorprenden al extranjero que, por mucho que lo intenta, no consigue realmente entender el por qué del comportamiento nipón.

Si, a pesar de todo, decidimos abrir nuestras estrechas mentes occidentales con el fin de entender a los japoneses, tendremos que familiarizarnos con dos desconcertantes conceptos que se complementan entre sí y que dirigen sus vidas imperceptiblemente. Me refiero al ‘giri’ y al ‘ninjo’. El ‘giri’ (prunúnciese ‘guiri’) podría ser la moral individual por la cual el japonés se siente obligado, incluso en contra de sus propias ideas o principios, a realizar o aceptar algunos hechos singulares. Por su parte, el ‘ninjo’ (prunúnciese la segunda sílaba como lo haría un argentino al decir ‘yo’) podría reflejar su parte más condescendiente que le llena de paciencia proyectándola sobre todo acto o pensamiento, más cuanto más alejado se encuentren de su propio comportamiento llevándole a demostrar una desmesurada condescendencia, por poner un ejemplo, con un turista extranjero en Japón.

Por otra parte, en el país de la desmesurada tecnología aplicada a lo cotidiano, los hábitos tradicionales más afianzados no dejarán de sorprendernos a diario. Reconozcamos que no estamos acostumbrados a que la gente se corresponda con reverencias en el trabajo, en la calle, en todo momento, sin hipocresía y con naturalidad. Aquí no se da la mano, nadie se besa en ninguna circunstancia, simplemente uno se inclina, algo contagioso al cabo de unas pocas horas. Tampoco nos dejará indiferente la bienvenida, en forma de tonadilla escolar, que todas las dependientas propinan a cualquier persona que franquee su establecimiento, poco importa si se tiene intención o no de comprar. La amabilidad y educación es parte del comportamiento intrínseco japonés. Y a pesar de todo ello, el japonés no tiene vocación de líder porque no sabe ser líder, necesita un modelo superior para imitar, intentando mejorarlo en la medida de lo posible.

Por solo poner un ejemplo que me parece personalmente relevante, diré que ‘Toto’ es más que una marca de sanitarios en Japón, es toda una filosofía sobre lo que puede entenderse por limpieza sanitaria personal extrema. Si viajamos a Africa, comprobaremos que un simple agujero en el suelo y un cubito de agua a su costado será todo lo que nos encontraremos en la gran mayoría de las ocasiones. Si nos quedamos en occidente, el aseo constará de un inodoro muy probablemente acompañado de un bidé pero si nos detenemos en Japón, las cosas serán muy diferentes. El japonés se ha dado cuenta que el inodoro es confortable pero que el bidé no lo es en absoluto. Nadie entiende por qué está aparte y más bajito de lo racionalmente lógico. Partiendo de esas premisas (y otras que no alcanzo comprender) la empresa ‘Toto’ mejoró ambos conceptos integrándolos en un solo dispositivo: el inodoro-bidé-electrónico. ¡Que me perdonen mis lectores japoneses si los hay (posiblemente atraídos por mi occidental explicación no carente de hilaridad bajo su prisma), pero no encuentro ninguna palabra integradora que sea capaz de plasmar el artilugio en cuestión. Nada más sentarnos, un detector de presión hará que salga un chorro de agua produciendo un ruido natural, algo imprescindible para las japonesas que, ante la vergüenza personal que les producía el ruido de su propia micción, no paraban de echar agua en el inodoro con el consiguiente derroche de agua (millones de hectolitros anuales según las estadísticas). Evidentemente podemos seguir utilizando este revolucionario super-inodoro como si de uno tradicional se tratase pero la impresionante fila de botones en uno de sus lados nos invita descaradamente a usarlos. Llegado este momento conviene que nos leamos las instrucciones en inglés que suelen existir en los hoteles ya que los iconos, aun pareciendo muy ilustrativos, pueden inducirnos a confusiones desagradables. Podremos usar diferentes tipos de chorritos de agua (con oscilador integrado en los modelos más sofisticados) así como un clon de bidé integrado ambos con control de temperatura y presión, sin olvidar que la temperatura de la tapa del inodoro tambien es seleccionable para que no contemos con ninguna fría y desagradble sensación al sentarnos, inclusive podremos gozar de un secador-ventilador integrado en algunos modelos… Es casi imposible resistirse ante una tecnología tan íntima y lo más probable es que cometamos algún que otro error de manipulación con desagradables consecuencias pero… ¡por favor!… ¡háganme caso!… no pulsen los botones de mantenimiento del engendro sanitario, suelen encontrarse ocultos bajo una tapita y por algo será…

Sin embargo a pesar de todo lo argumentado hasta ahora la perfección no existe y, aunque a priori todo apunte a que Japón lo es, el país goza de unas increibles contradicciones que el pueblo japonés acepta con naturalidad como no podría ser de otra manera pero que, bajo una mirada occidental, se antojan como incongruencias. Es cierto que, a partir del viernes por la noche, el varón japonés sale perfectamente vestido de su trabajo, se encamina hacia las zonas de ajetreo nocturno en las que, tras algo de ‘sake’ (entiéndase ‘alcohol’ y no solo de arroz) se afloja la corbata y pierde esa rigidez propia de su estatus social, atreviéndose a sonreir por los efectos etílicos y correspondido de alguna manera por las feminas más osadas. Además, si tenemos tendencia a pensar que la mentalidad más rígida del mundo es la alemana, una afirmación muy propia de alguien que no ha estado nunca en Japón, será mejor que nos lo pensemos dos veces. Mis aseveraciones pueden parecer gratuitas pero un simple y verídico ejemplo pueden ilustrarlas adecuadamente:

Un extranjero telefonea a un restaurante reservado con antelación porque se da cuenta, dos días antes, que la carne solicitada lleva una salsa que sus hijos de corta edad no van a querer comerse. Con suma delicadeza le explica la situación al ‘maître’ que afortunadamente habla inglés rogándole que no se le añada la salsa a la carne. La traducción de la conversación es la siguiente:

Maître: Lo siento señor pero el jefe de cocina me ha dicho que no es posible.
Cliente: Bueno, verá usted, si le añaden la salsa a la carne, mis hijos no se la comerán. Bastaría con hacer el plato como está previsto pero sin añadir la salsa.
M: ¡Hai! pero no es posible.
C: ¿Puede usted indicarme el motivo?
M: ¡Hai! El plato de carne lleva una salsa especial imprescindible.
C: Sí, lo entiendo, pero ya sabe como son los niños pequeños … Con la salsa no se comerán la carne y es sencillo no añadirla.
M: ¡Hai! pero no va a poder ser, señor.
C: En realidad, no entiendo bien el motivo…
M: ¡Hai! La salsa va incluida en el precio del plato, señor.
C: Sí pero no pretendo que se me rebaje el precio del plato, solo que ustedes se ahorren unos ingredientes pagando lo mismo que si los pusieran, por tanto…
M: ¡Hai! pero no es posible, señor.
C: Perdone que insista pero no consigo entenderlo. Solo le pido que no añada la salsa, sin tocar nada del plato, tal y como lo tiene diseñado el chef y pagando la misma cantidad de dinero.
M: ¡Hai! pero no es posible, señor.
C: Quizás podría preguntarle al jefe de cocina si podría poner la salsa en una salsera aparte…
M: ¡Hai! voy a consultarlo, señor.
(Pasan escasos segundos)
M: Lo he consultado pero el jefe de cocina me ha dicho que no es posible, señor.
C: ¿Por qué? De nuevo no consigo entenderlo.
M: ¡Hai! Porque dice que si pone la salsa en una salsera aparte, ustedes no se la añadirán a la carne y no se comerán el plato tal y como fue diseñado, señor.
C: Sin embargo, ¿no podría insistirle para complacernos a todos?
M: ¡Hai! voy a insistirle, señor.
(Vuelven a pasar unos pocos segundos)
M: El jefe de cocina me ha comunicado que hará un esfuerzo especial con la salsa, señor.
C: Muchas gracias.
M: ¡Hai! señor, a usted por llamar.
El día de la comida sirven la carne en la mesa sin la salsa con lo que todos respiran aliviados. Uno de los niños pincha la carne para cortarla cuando, por la presión del tenedor, se derrama toda la salsa minuciosamente camuflada debajo del filete…

Como se puede obervar, en japonés nadie dice nunca ‘no’ (iie) porque se considera demasiado rotundo, de mala educación y siempre se dice ‘sí’ (hai) aunque a continuación se niegue. En realidad ‘hai’ es más un sinónimo de asentimiento que un simple ‘sí’ a la occidental por lo que podemos considerarla la palabra fundamental de toda frase o conversación japonesa. Si este diálogo se hubiese mantenido entre japoneses (algo poco probable a decir verdad) hubiera sido mucho más largo. Los motivos reales de una conversación solo se revelan al final de la misma puesto que manifestarlos inmediatamente también se considera de mala educación.

No es posible transmitir las sensaciones que uno experimenta como extranjero en Japón: unas maravillosas y otras exasperantes. Hay experiencias que deben ser vividas en primera persona por lo que no sería prudente contarlas aunque, me crean o no (poco importa como díría un japonés), el balance siempre será positivo, pase lo que pase. Nadie puede resistirse ante tanta cortesía, ni ante tal derroche de amabilidad y paciencia. Japón es, sin lugar a dudas, uno de los mejores países del mundo. ¡Que no se lo cuenten!

(*) En japonés ‘domo arigato’ significa ‘muchas gracias’ y ‘Yamato’ ‘Japón’. Mi más respetuoso agradecimiento a este fantástico país, a sus gentes y en particular a mi mentor Ishikawa Takuya que me abrió los ojos y amplió mis horizontes más allá de mi propia mentalidad para que viera Japón como un japonés, sin intentar convencerme de nada en ningún momento con la más absoluta modestia.





El Moussem de Imilchil

22 07 2006

Boda durante el Moussem de Imilchil © Miguel Ramo

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Popularmente conocido bajo el nombre de ‘Las Bodas de Imilchil’ el ‘Moussem de Imilchil’ es un acontecimiento que se celebraba hasta el año 2002 una vez al año a finales de agosto o principios de septiembre, dependiendo de las fases lunares. Desde 2003, las autoridades han acordado que se celebren siempre la última semana del mes de agosto para facilitar la asistencia.

Imilchil [32º 09′ 18,0″ N – 5º 38′ 05,0″ W – Datum WGS84] es una pequeña localidad ubicada en el Medio-Atlas, en la provincia de Errachidia, a 118 kms al norte de Tinerhir. Muy cerca se encuentran los lagos Tislit e Islit, famosos por su belleza y por ser el equivalente bereber de la historia de amor imposible entre Romeo y Julieta en nuestra cultura. Tislit es el lago pequeño que representa a la mujer de la tribu ‘Ait Yaaza’ e Islit el lago grande que representa al hombre de la tribu ‘Ait Ibrahim’, mayor porque dicen que todavía lloró más que su amada cuando vió que su relación era inviable. El vocablo bereber Imilchil proviene de ‘Imi n Lkil’ que significa ‘puerta de aprovisionamiento’ puesto que ha servido y sirve de mercado de compra-venta e intercambio tanto de animales como de productos agrícolas y artesanía. Además de esta primera finalidad tambien ha servido como punto de encuentro para las las tribus ‘Ait Hdidou’ que, con jóvenes en edad de contraer matrimonio, proyectan uniones futuras. En la actualidad en el tercer y último día de la celebración del Moussem se casan con gran derroche de medios las familias más adineradas ante la presencia del gobernador de la provincia que preside la ceremonia.

En 2005 fueron 11 parejas las que contrajeron matrimonio simultáneamente en lo que se denomina Las Bodas de Imilchil pero que realmente se celebran a unos 18 kilómetros de distancia en una población minúscula denominada ‘Aït Amer’ [32º 05′ 01,0″ N – 5º 29′ 12,0″ W – Datum WGS84]. Asistir al Moussem de Imilchil es regresar en el tiempo y disfrutar de un fantástico espectáculo para los sentidos, una vivencia muy recomendable al viajero sediento de experiencias auténticas.








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