Namibia: cuando la realidad supera la ficción.

28 08 2008

Desde el aire © Miguel Ramo

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… y de repente uno se encuentra sobrevolando otro planeta sin recordar haber abandonado el propio.

Los colores, absolutamente irreales, se solapan los unos a los otros en una silenciosa guerra a través del espacio. Verdes extremos entran en competencia con rojos absolutos y sorprendentes violetas mientras los amarillos, ocres y marrones compiten entre sí por una parte del inmenso paisaje. Mientras tanto, el cielo, inmaculadamente azul, permanece ajeno a la contienda, observando la lucha fratricida desde su privilegiada posición.

El relieve propio del lugar no es ajeno a la lucha y aporta la base de la pintura. Planicies interminables que se convierten en montañas. Más planicies interminables que aparentemente optan por morir al borde del mar en un intento desesperado de llegar más lejos todavía. Incluso más planicies infinitas que se pierden en la lejanía intentando convencernos para que las sigamos y persigamos en un viaje hacia lo desconocido que se nos antoja fascinante en cualquier dirección.

Las texturas inóspitas en tierra adquieren vida propia desde el cielo. Esas arrugas y protuberancias son la piel de un gigante invisible que sospechamos podría ponerse en pie en cualquier instante. De momento permanece tumbado, fundido con el entorno, como si de un camaleón se tratase. Parece querer pasar inadvertido sin conseguirlo, permanecer agazapado para sorprendernos y hay que reconocer que lo consigue sin ni siquiera inmutarse.

La arena, sin lugar a dudas, es la gran soberana del lugar. Vaga a sus anchas por el país y se permite la libertad de cambiar el color de su manto de forma caprichosa, sin obedecer a nada ni a nadie. Es el poder en estado puro, la demostración de que, algo tan minúsculo y aparentemente insignificante, que incluso se nos escapa entre los dedos, crea las reglas de supervivencia y muerte del habitat natural y austero que nos maravilla. Rizándose con el viento o despeinándose por rachas, jugará consigo misma hasta conseguir formas arítmicas o simetrías perfectas, todo ello sin premeditación, dejándose llevar, flirteando con los elementos, haciendo infinitos guiños de complicidad a aquellos que miramos hipnotizados, sin poder controlar la baba que perla por las comisuras de nuestros labios.

Una vez alcanzado el atlántico, la costa se nos muestra con espectacularidad, con grandiosidad, alternando la nada con dunas a pie de agua, fauna entresacada de libros exóticos y paisajes abandonados que parecen haber sobrevivido milagrosamente a alguna hecatombe. La gran barrera natural es la única capaz de contener el paisaje desbordante para impedir que invada el resto del mundo.

Finalmente la inmensidad se pierde por el horizonte dejándonos un trasgusto agridulce, la excusa perfecta para volver una y otra vez a este fantástico país de los mil y un paisajes que es Namibia.

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India !ncreíble , Varanasi !nsuperable

25 08 2008

Escuchando a los dioses © Miguel Ramo

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La India es un inmenso país. No solo por su superficie y su población sino también por sus creencias, sus dioses, sus rituales, su paisaje, su miseria, su lujo, su grandiosidad, su espíritu y, sobre todo, su gente. Es absolutamente imposible conocer la India y, con total seguridad, nos llevaría más de una vida intentarlo dedicándole el cien por cien de nuestro tiempo ¡como si eso fuese posible! Como dijo, por muy distintos motivos, el diplomático francés Talleyrand, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” pero podemos impregnar nuestros sentidos de algunas inolvidables pinceladas que marcarán nuestra vida de forma indeleble.

Si tuviésemos poco tiempo y sin querer menospreciar otros destinos, ni dar siquiera a entender su menor atractivo, yo personalmente me inclinaría, nunca mejor dicho, por visitar Varanasi, ubicada entre los ríos Varana y Asi, de ahí su nombre, también conocida por el de Benarés. Sobre lo que todo el mundo estará de acuerdo es que hay más ciudades santas en La India pero Varanasi es la ciudad santa del hinduismo por antonomasia. Consecuencia inmediata de ello es ser el destino de peregrinación más importante para los hindús. Los motivos de esta santidad son varios y se complementan por un enjambre de creencias y tradiciones pero no solo porque una de las cabezas de Brahma descansase al llegar a ella ni porque cayese allí la mano izquierda de Sati, la consorte de Shiva, entre las más extendidas. En mi modesta opinión el hecho de que se considere que aquel que muera en Varanasi quedará liberado del ciclo de reencarnaciones que hacen sufrir al ser humano, es la razón más poderosa, la que impulsa al creyente hacia su anhelado destino.

El Ganges, los colores, olores y la vida entremezclada, como en ninguna otra parte del mundo con la muerte, hacen de esta ciudad algo único. El visitante debe prepararse para la cruda realidad, para la contemplación de otro planeta que se mantiene dentro y fuera del nuestro simultáneamente. Es un milagro, no me atrevo a decir de Dios sino de los Dioses en su más genérico sentido ya que, no en vano, hay unos ochocientos millones de ellos conocidos por los hindús. Si tenemos en cuenta que la población ronda los 1.100 millones de habitantes y que el 80% es hinduista, puede sorprender que exista aproximadamente un Dios por habitante pero, en este colosal país, la Trinidad de los Dioses Vishnu, Brahma y Shiva solo es un punto de partida para orientar a sus creyentes. Me temo que, con la operación matemática realizada, es fácil pensar que cada hindú tiene su propio Dios y, aunque se compartan varios, esta explicación no carece de sentido en absoluto. La pluralidad reside en el individuo.

Nuestro estómago puede estar preparado para muchas circunstancias tanto por la comida a ingerir como por lo que nos encontraremos a lo largo del camino pero, tarde o temprano, tendrá que enfrentarse al menos a una situación límite, diferente para todos y cada uno de nosotros. Es cuestión de tiempo, como todo en la India, como todo en la vida. La comida puede ser picante o insoportablemente picante hasta para los más valientes y entrenados y, de hecho, algunos viajeros experimentados no cuentan su estancia por el número de días sino por el número de diarreas acumuladas. Puede parecer mentira pero se puede convivir con ello. El caos y el ruido nos acompañarán donde vayamos y, aunque al principio nos parezca insoportable, también acabaremos conviviendo con ello. La miseria nos rodeará por completo en algún momento y nos engullirá. Es una frase desafortunada, lo reconozco, pero es la que mejor describe la situación. También puede parecer mentira u osado aseverarlo pero, finalmente, se conseguirá convivir con ello. La injusticia social, magnificada por el cruel sistema de castas, podrá provocarnos auténticas arcadas e, incluso, alimentará nuestros instintos más revolucionarios y primitivos. De nuevo puede parecer terrible e insuperable pero lo absorberemos como la esponja al mojarse se hincha sin poder remediarlo. La muerte, el último escalón, acabará rozándonos en plena calle. En este caso, dependiendo de cada uno, la reacción irá desde el pánico hasta la aceptación natural del hecho. Las calles de Varanasi están llenas de vida y de muerte. La primera no puede pasar desapercibida pero la segunda sí, en función de quien mire y como mire. En cualquier caso, materialmente hablando, nos la cruzaremos en nuestro propio peregrinaje y conviviremos con ella. Como ya he dicho, todo es cuestión de tiempo.

Entonces ¿por qué visitar Varanasi? Los sabios dicen que en la pregunta suele hallarse la respuesta pero, los que no alcanzamos esa capacidad de interiorización, tenemos explicaciones más terrenales y mediocres pero igual de válidas. Sin lugar a dudas, nos enfrentaremos a nosotros mismos. Alcanzaremos nuestro propio límite. Contemplaremos otra dimensión del ser humano, sus retos y su constante superación. Los intocables, la casta más baja de esta sociedad en la que se aglutinan los que tienen menos que nada, es la prueba de que el ser humano es indestructible cuando su capacidad es llevada al extremo. Nunca conseguiremos entender desde nuestra perspectiva qué les impulsa a sonreírnos, a ser amables y humildes, a seguir sobreviviendo día tras día. ¿Para qué? o ¿por qué? son preguntas sin respuestas de las que se derivarán nuevas preguntas que, a su vez, nos plantearán más dudas básicas. ¿Quienes somos en realidad? ¿Cuál es el significado de nuestra existencia? ¿Por qué vivimos, simplemente para morir? ¿Es la muerte el motivo de nuestra vida o simplemente lo que le da sentido? La India es el lugar perfecto para no entender nada e incluso derribar lo que creemos haber entendido. Quizás sea uno de esos sitios por el que deberíamos todos deambular alguna vez en la vida, por mi parte, estoy plenamente convencido de que así es.

A pesar de todo lo dicho y de todo lo que está por decir quedaremos maravillados ante estos seres humanos que, en verdad, no lo parecen y que viven en la ciudad más fascinante de La Tierra.

(*) “Incredible !ndia” es el eslógan oficial del ministerio de turismo de La India. El título de este artículo es un intento de pleitesía por considerarlo el más acertado de cuantos se hubieran podido elegir.





Plokštinė existe.

23 07 2008

Silo © Miguel Ramo

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Lo que hubieran dado algunos militares por conocer las coordenadas 56º 01,95 N – 21º 54,37 E durante la guerra fría… La base militar soviética, desmentida durante décadas por las autoridades de la CCCP (Союз Советских Социалистических Республик, léase, Soyuz Sovetskij Sotsialisticheskij Respublik), que albergó misiles con cabezas nucleares existe todavía hoy en día en una pequeña población de la Lituania contemporánea llamada Plokštinė (“plano” en castellano). Olvidada y repudiada por todos, sobrevive en un extraño automantenimiento por parte de algunos ciudadanos que ven en su explotación turística la posibilidad de ganarse la vida de forma honrada sin contar con ningún tipo de ayuda estatal.

Al acercarnos a la verja metálica de púas, un escalofrío nos recorre la espalda por muy preparados sicológicamente que estemos. Solo la caseta de madera en la que podemos comprar la entrada nos devuelve al presente. Su única empleada, vestida con un raído uniforme de la Unión Soviética, también hace la función de guía. Una pequeña chapa metálica en la que se ve un hombre a punto de ser abatido nos recuerda que no se puede entrar sin ser acompañados. Durante la espera, vemos desde fuera las cúpulas de los cuatro silos que componen la base, un centro subterráneo que, afortunadamente, nunca entró en acción.

Estratégicamente elegido por la URSS debido a su privilegiada ubicación desde la que podían apuntar a cualquier país europeo (salvo España entre algunos escasos afortunados) fueron enviados 10.000 soldados en secreto en 1960 para construirla, una tarea que se culminó en tan solo ocho meses. Impresiona comprobar que los cuatros silos de 27 metros de profundidad pudieron ser excavados prácticamente a mano sin que nadie, a excepción de los escasos habitantes de la zona, se diese cuenta de ello. Hasta 1978, la base albergó al 79º regimiento de cohetes (R12, de 22 metros y con cabezales de 3 metros) hasta que un buen día desaparecieron misteriosamente y la base quedó abandonada a su suerte. Quizás nunca sepamos lo que allí realmente ocurrió pero una visita al recinto dejará volar nuestra imaginación durante los 45 minutos que dura.

Nada más traspasar la puerta de entrada subterránea, retrocedemos en el tiempo. El óxido, la desconchada pintura que sigue recubriendo algunas paredes, las goteras, el ruido de las puertas metálicas al ser abiertas… todo lo que percibimos nos obliga a imaginar lo que este sitio fue. Es sencillo “ver” a los militares corriendo por pasillos, subiendo y bajando escaleras a la carrera, presos de las órdenes, la claustrofobia y el pánico. En la actualidad, solo podemos acceder al interior de uno de los cuatro silos, todos víctimas de la necesidad, al haber sido despojados de todo el hierro que contuvieron. Sin embargo todavía podemos llegar, a través de un auténtico laberinto con diferentes niveles, a las salas de control, una estación eléctrica alimentada por un monstruoso motor diesel capaz de suministrar energía a todo el complejo, una emisora de radio o, mejor dicho, lo que queda de ella, los armarios metálicos que contuvieron los ordenadores de la época y hasta un camastro revestido para la ocasión, con algún objeto de la época como una máscara anti-gas. Finalmente se accede a rastras a través de un agujero empinado a la lanzadera propiamente dicha. Sorprenden sus gigantescas dimensiones, sobre todo su altura y diámetro y se es consciente de cerca de la envergadura de los cohetes que hubieran podido ser lanzados en cualquier momento como, por ejemplo, en 1968 durante el ataque a Checoslovaquia que mantuvo en alerta roja el complejo. Un detalle escalofriante de la corona de la lanzadera son esos números que aparecen en todo su perímetro. No son ni más ni menos que los grados de una enorme brújula estática que permitían orientar el destino del artefacto en cualquier dirección, únicamente limitado por su alcance de 2.000 Kms.

Plokštinė no es una visita cualquiera, ni siquiera recomendable, que algunos no dudarían en calificar de dudoso gusto. Recorrer una base nuclear de antaño que sigue emitiendo niveles de radiación, asumibles durante cortas exposiciones, y que hubiera podido cambiar el futuro del mundo en cualquier momento es una decisión que solo podemos tomar guiados por nuestro interés histórico, nuestras ganas de visitar un lugar prohibido, secreto y cuya existencia fue negada en todo momento y, por qué no reconocerlo, nuestro morbo que aflorará aunque no queramos reconocerlo.





Blanco infinito

25 12 2007

Iceberg © Miguel Ramo

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El ensordecedor ruido del Hércules C130 que me transporta desde Punta Arenas a la Base Chilena Frei de la Antártida me recuerda que ni el destino es convencional ni la forma de alcanzarlo tampoco. Solo hay dos formas de llegar: por mar o por avión y esta última ha sido mi elección. Renunciando a cruzar el mítico Cabo de Hornos he optado por volar al Continente Blanco aún a sabiendas que no se trata de un viaje de lujo. La adrenalina se dispara nada más subir al ruidoso coloso militar, el escalofrío se inicia al sobrevolar el indomable mar de Drake durante 150 eternos minutos y el vello se eriza al tocar la gravilla de la pista de aterrizaje en Bahía Fildes. Al descender por la escalerilla, el impacto con la tierra antártica corta la respiración azotando los rostros de los 44 intrépidos de esta expedición. La sensación de frío la produce más la emoción que la temperatura que supera los 5ºC. Los primeros pasos por la pista son inseguros y se dirigen a ninguna parte hasta que la organización del aero-crucero nos devuelve a la realidad.

El personal de la empresa chilena “Antártica XXI”, la primera y única en volar hasta la fecha al mítico destino blanco, se hace cargo inmediatamente de la situación. Emprendemos nuestra primera marcha a través de la nieve, inesperadamente copiosa durante esta primavera, hasta alcanzar la Villa de Las Estrellas, poblada por tan solo 39 habitantes, y más concretamente uno de los barracones de acogida de la Base Presidente Eduardo Frei. Tras las primeras consignas, entrega de botas y avituallamiento, subimos a las zodiacs que nos acercan a gran velocidad al “Grigori Mikheev” que será nuestro buque-hogar durante los próximos seis días. Sorprende la buena y estudiada organización y lo sencillo que todo parece a bordo, haciéndonos olvidar la dureza intrínseca del destino elegido. Las medidas de seguridad prevalecen sobre todo lo demás y el confort y libertad de maniobra a bordo hacen presagiar unos días de expedición muy placenteros.

Empieza el viaje, empiezan los desembarcos y sus caminatas, los paisajes infinitos cuyo silencio solo rompe el ruido de nuestras botas al dejar huellas frescas sobre el manto blanco. La fauna entre la que paseamos con humildad y respeto demuestra tanta curiosidad por nosotros como nosotros por sus habitantes autóctonos. Los pingüinos se acercan sin miedo y con curiosidad para investigar nuestro extraño comportamiento. Las focas, los elefantes marinos y las diferentes aves parecen contemplarnos con la misma reciprocidad que todos demostramos los unos hacia los otros. Los glaciares, los témpanos de hielo y sus paisajes esculpidos caprichosamente por el frío suceden a los avistamientos inesperados y las numerosas sensaciones que solo pueden vivirse alrededor de los 65º de latitud sur. Nombres míticos desfilan durante nuestro recorrido: Bahía Paraíso, Port Lokroy, la isla de la Media Luna, Hannah Point en Bahía Walker, las Islas Decepción, Petermann y Cuverville, el Canal Lemaire, el Estrecho de Bransfield y sus agitadas aguas… Seis días con sus cinco noches blancas perfectamente orquestadas para disfrutar en todo momento y hacernos olvidar nuestra contemporaneidad. Me siento teletransportado a otro espacio-tiempo donde el ser humano es insignificante salvo por esos héroes míticos Shakelton, Scott y Amundsen cuyas hazañas intuyo realmente por primera vez.

Ciertamente al optar por este destino se comprueba como todos sus pasajeros se mueven por inquietudes similares independientemente de su nacionalidad. El buque se parece al arca de Noé debido a la gran cantidad de idiomas hablados a bordo: español, inglés, francés, holandés, japonés, lituano, ruso, … pero todos tenemos en común la observación de la fauna sin interferirla en ningún momento con el más absoluto respeto y la pasión por la expedición a través de esos inmensos paisajes alejados de la civilización. Las horas y los días se suceden más rápidamente de lo que uno quisiera y, poco a poco, la tripulación, los organizadores y los pasajeros van entremezclándose sin proponérselo hasta convertirse en una gran familia en la que prevalece una extraña y cómplice simbiosis.

No sería justo destacar solo la belleza del viaje y sus ingredientes sin mencionar explícitamente el escrupuloso seguimiento que todos hacemos de las reglas de obligado cumplimiento. La Antártida no tiene país soberano que la gobierne, es tierra de nadie y tierra de todos pero el sentido común parece triunfar en este recóndito lugar. Está prohibido fumar, los recuerdos físicos no deben salir del continente, ya sea una piedra o una pluma de ave caída en el suelo, y nadie intenta transgredir las normas, quizás porque todos sabemos donde estamos y lo que ello implica. Tras cada desembarco la limpieza es exhaustiva al regresar al buque, limpiándonos las botas con cepillos, agua y un desinfectante químico que impedirán el traslado de suciedad y bacterias de un lugar a otro, garantizando nuestra no intervención en el medio.

Nuestros recuerdos quedarán grabados en nuestras retinas, en nuestras cámaras y en nuestros corazones, para siempre. No hay otro destino igual, no hay otra sensación igual, ni la imaginación es capaz de superar a la realidad. Vivir la experiencia más singular de nuestro planeta está en sus manos; no la deje pasar.

[Nota: mi más sincero agradecimiento a todo el personal que hizo posible este sueño desde el personal directivo, pasando por nuestros organizadores, cuidadores y conferenciantes (Diana, Gabriel, Sebastián, Shoshanah y Nico) y todos aquellos que, en el anonimato, trabajaron impecablemente para hacer de nuestro viaje antártico una experiencia inolvidable.]





La incomparable Caoslandia

22 11 2007

Delhi © Miguel Ramo

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En un país que le dedica un templo a las ratas (Karni Mata en Deshnok, Bikaner, Rajasthan), donde la vida y la muerte se entremezclan en la calle con total naturalidad (Varanasi, Uttar Pradesh) y donde la belleza del planeta se concentra sin igual (Taj Mahal, Agra, Uttar Pradesh) se puede esperar cualquier cosa. Ciertamente la India es un caos en muchos sentidos y sus incongruencias son proverbiales. Si se sobrevive al tráfico, a la comida picante y a la suciedad omnipresentes, el país nos hipnotizará y nos atrapará irremediablemente para bien o para mal. Olvídese de la indiferencia, aquí no tiene cabida.

Desde que el ser humano se lanzó a la conquista espacial, su deseo de viajar en el tiempo se ha incrementado exponencialmente. De momento es una utopía para los científicos y, probablemente, lo siga siendo durante mucho tiempo. Sin embargo el viajero puede experimentar un viaje en el tiempo, más que en el espacio, dirigiéndose a la India. Unas 8 horas de vuelo de Londres a Delhi nos teletransportarán 2.000 años hacia atrás, como por arte de magia, una magia que solo desaparecerá observando el uso del teléfono móvil a lomo de dromedario. Mi recomendación es no prestar atención a ese guiño al siglo XXI y seguir zambullido en el Año Cero de nuestra era, para disfrutar de un planeta ya extinto.

País inmenso en superficie y en población todavía regida hoy en día por castas, los habitantes de la India viven y mueren de la mano de la religión. El Hinduismo, la doctrina prevaleciente, rige sus vidas veinticuatro horas diarias forzando situaciones dantescas como la hambruna humana mientras las vacas, sagradas, pasean delante de los indigentes algunos de ellos muertos de inanición. Ciertamente el Hinduismo promueve la adoración de los animales por lo que la vaca es concebida como la madre de la humanidad debido a la leche que suministra sin esperar nada a cambio. La asociación de ideas con la madre que amamanta a su hijos desinteresadamente es más que evidente por lo que, contextualmente, no puede ni debe criticarse la creencia.

La religión Hindú compara la muerte de una vaca con la de la propia madre por lo que no puede ser sacrificada, además de promover el amor a los seres vivos, sean los que sean. El Jainismo, religión minoritaria en el país, lleva esta máxima al extremo. Los jainistas son fácilmente reconocibles por la calle al llevar una máscara o pañuelo en la boca con el fin de no tragarse accidentalmente ningún ser volador y, consecuentemente, acabar con su vida sin ni siquiera pretenderlo. La polémica está servida bajo el prisma occidental pero no cambiaremos las posturas por mucha lógica que intentemos desplegar aunque sus consecuencias sí puedan someterse a un debate racional que, por mucho que nos empeñemos, no llegará a ninguna conclusión pragmática. Sin embargo, no podré olvidar jamás los niños entre las vías de los trenes de la estación de Agra peleándose con unas ratas del tamaño de conejos por unos restos de comida embadurnados de mugre. Tendré que convivir con ello y conformarme por mucho que se me revuelvan las tripas.

La cara opuesta de la India es su belleza que se abre paso sin piedad a través de la suciedad y, por qué no decirlo sin eufemismos, a través de la mierda. El Taj Mahal es seguramente uno de los pocos edificios del mundo donde el mejor fotógrafo del mundo no se verá recompensado con sus resultados, haga lo que haga. La contrapartida es que, al contemplar semejante perfección, a un servidor se le cayeron las lágrimas, no siendo el único por cierto. El ‘mausoleo del amor’ derrota en belleza a cualquier otro edificio del planeta y, aunque pueda parecer una osada aseveración por mi parte, aquellos que hayan tenido el privilegio de contemplarlo posiblemente asientan con la cabeza en este momento.

Otro ejemplo de belleza podría ser, sin lugar a dudas, Swarna Mandir, más conocido como el ‘Templo Dorado’ y menos por sus nombres oficiales ‘Harmandir Sahib’ o ‘Darbar Sahib’, el Templo Sikh de Amritsar, el símbolo de la libertad infinita y de la independencia espiritual, el lugar más emblemático e importante del Sikhismo. Sorprende gratamente comprobar la infinita amabilidad que los devotos religiosos Sikhs demuestran a todos, especialmente a los extranjeros. El orgullo Sikh empapa el lugar, el respeto por todo y por todos alcanza un nivel tan alto que uno se siente parte del conjunto durante la visita, absolutamente integrado. Es maravilloso estar dentro del Templo durante las horas que pasan volando y, cuando llega el momento de partir, querrías quedarte. Posiblemente un trocito de nosotros mismos se quede esperando nuestro regreso.

No pretendo desvelar lo que encierra este país, solo esbozar algunas pinceladas que ilustran lo que uno puede encontrarse y lo que, con toda sinceridad, queda por visitar y descubrir. La India se la ama o se la odia, a primera vista, no hay término medio, no es una opinión, solo un hecho que cada uno debe comprobar por sí mismo.





Sahara

22 05 2007

Ksar de Tafnidilt © Miguel Ramo

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«Sahara» en árabe o «desierto» en castellano es un concepto genérico. «Desierto del Sahara» es por lo tanto una redundancia que se usa habitualmente para hacer referencia al desierto más grande del mundo (algo más de 9 millones de kilómetros cuadrados) ubicado en el norte de África. Independientemente del desierto por el cual uno transite, sus arenas asustan y atraen simultáneamente; es un binomio indivisible que pone a prueba los sentimientos y las sensaciones. Personalmente, nada más adentrarme en ellas quedo hipnotizado, con consentimiento implícito, abandonándome irremediablemente a su fascinación. La reiteración de la ruta de los desiertos es una clara e inequívoca señal de atracción prácticamente indefinible. Recientemente, un buen amigo me preguntó por qué iba tantas veces al desierto si allí no había «nada» y, cuando pensé que me sobrarían argumentos, enmudecí. No sé si por abrumadora cantidad o por carencia absoluta de ellos pero no pude articular ni una sola frase coherente, al menos para él.

Marruecos, el país que no cesa de sorprender a propios y extraños, tiene la virtud de ser la bisagra del Sahara. Sus muchos kilómetros de desierto son embriagadores, alucinantes pero diferentes entre sí. Adentrarse en Merzouga y en Mhamid, dos zonas distantes pero similares, difieren por completo de las arenas que abarcan desde Tan Tan hasta Playa Blanca y más allá… En este último tramo, existe un lugar mágico que uno no debe ignorar, se trata del Ksar de Tafnidilt (WGS 84 : 38º 32’775N – 10º59’569). Uno de sus dueños, Daniel Costil, se empeña en que su ciudad fortaleza del desierto (ksar) sea un lugar apacible, sencillo y confortable en el que el viajero descanse como si llegara a su propia casa. Allí no se encontrará bullicio alguno, sólo unos pocos huéspedes, una restauración impecable (no en vano fue cocinero en la parisina estación ferroviaria de Lyon), unas acogedoras habitaciones en las que no sería de extrañar que descansase el propio Morfeo y unas vistas cautivadoras. Así mismo podremos disfrutar de la presencia de Magali Le Hérissé (una de las campeonas de la décima edición del trofeo Aïcha des Gazelles del año 2000) que nos dará sus consejos e incluso nos acompañará si lo deseamos para pilotar nuestros todoterreno con destreza y efectividad por las arenosas y pedregosas rutas circundantes. Después del merecido descanso y de la ingesta de fuerzas podremos proseguir nuestro camino.

La ruta serpentea hasta alcanzar el borde de la tierra y descubrirnos la meta soñada. Diversión y emoción sin límites hasta la mítica Playa Blanca. El descenso del acantilado es el sueño de todo aficionado al 4×4 con sus arenas que te empujan y retienen al mismo tiempo en un vertiginoso baile que dispara la adrenalina. Sus dunas pequeñas y grandes te acunan de aquí para allá mientras el vehículo se desliza hasta orillas del océano atlántico a una velocidad quizás impropia pero irrenunciable. La amplitud de la playa a lo largo y a lo ancho dejan boquiabiertos a todos. Los más osados se acercan al borde del agua a pesar del peligro de quedar atrapados, los prudentes se detienen a medio camino entre el todo y la nada pero cuantos vayan disfrutarán del lugar como niños. Al atardecer, la luz africana acunará a sus moradores con independencia de credos y razas y los sumergirá en un baño de placer y de paz.

¡Que la arena te acompañe en tu viaje y que disfrutes hasta de su último grano!

Inshallah…





Sumobeya

6 03 2007

Escuela de Sumo © Miguel Ramo

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Sentado en el suelo de madera de una tarima elevada de Kokonoebeya, (escuela Kokonoe de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Takasago) tuve la inconsciente osadía de acercarme demasiado a la zona de entrenamiento, lo suficiente como para ser amonestado. Evidentemente no estaba invadiendo la zona sensible de la escuela y, por supuesto, el maestro tampoco se rebajó, dirigiéndose directamente a mi. En su lugar me ignoró por completo, miró al lado opuesto al que me encontraba y usó de intermediario a uno de sus alumnos que, en perfecto japonés me dijo, en voz baja y con la cabeza agachada sin mirarme en ningún momento, que me retirara hacia atrás. Afortunadamente para mi, hizo un gesto inequívoco con ambas manos porque sino todavía estaría preguntándome qué se suponía que trataba de hacerme comprender. No sé realmente si el maestro eligió concienzudamente al alumno encargado de reprenderme o si fue totalmente aleatorio pero, en cualquier caso, yo lo interpreté como un castigo adicional al enorme cachete que le había propinado minutos antes por no hacer correctamente las cosas.

Los alumnos de Sumo sufren durante sus largas y cansinas sesiones de entrenamiento diarias o al menos padecen de acuerdo con nuestros parámetros occidentales. Es impresionante comprobar cómo estos pesos pesados pueden abrir sus piernas en un gigantesco abanico de 180 grados, levantándolas a la altura de sus cabezas mientras se inclinan hacia uno u otro lado, golpeando finalmente con aplomo el suelo de arena al descender sus moles sobre la superficie humedecida. El ritual parece no tener fin hasta que, un gesto desapercibido para los no iniciados, pone término al mismo. Hasta ese momento siguen y siguen, sin prisas, machacónamente, sin pausas, con medida lentitud e impresionante fuerza y destreza. Posteriormente se suceden distintos ejercicios hasta que se pasa a la rueda de los enfrentamientos vis a vis que se disputan en un dohyo (ring) de 4,55 metros de diámetro, grande desde dentro, minúsculo desde fuera.

Dejando atrás Kokonoebeya me invitan a un entrenamiento formal en Sadogatakebeya (escuela Sadogatake de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Nishonoseki). Esta escuela cuenta al menos con dos expertos rikishi (término que se refiere a cualquier luchador de sumo pero que debe traducirse literalmente por ‘hombre fuerte’): Kotomitsuki (un forzudo sekiwake japonés de 158 kilos) y Kotooshu (un impresionante y popular ozeki búlgaro de 152 kilos que apasiona a los japoneses). Tan pronto se enfrentan ambos me doy cuenta de la diferencia de talla entre ambas ‘heya’ (edificio usado como casa y lugar de entrenamiento de los rikishi y, en la práctica, sinónimo de escuela de sumo), siendo la primera mucho más modesta que la segunda, un concepto que solo tiene sentido para los occidentales y absolutamente absurdo para los nipones.

El entrenamiento es agotador para todos, tanto para los protagonistas como para los asistentes. Las reglas para estos últimos son simples en todo momento: si nos movemos demasiado, si nos incorporamos del suelo o si respiramos demasiado ruidosamente seremos expulsados del recinto, sin contemplaciones. Cada vez que mi cámara dispara, le suplico mentalmente a los dioses que el ruido ambiental cubra el ruido metálico de la cortinilla so pena de ser invitado a abandonar irremediablemente la sala. Quiero ser invisible pero no domino la técnica.

Es cierto que hay cada vez más luchadores de Sumo extranjeros en Japón y Kotooshu sería un buen ejemplo de esta tendencia. Inicialmente puede parecer complejo que un extranjero tenga que aprender japonés para practicar este deporte doctrinal sin embargo la realidad es muy distinta. No hay ninguna diferencia entre un japonés y un no japonés puesto que el maestro nunca explica lo que hay que hacer. Los alumnos aprenden porque imitan a los más veteranos, nadie habla, nadie dice en qué consiste esto del sumo: frustrante sin lugar a dudas. Si no se hace correctamente lo que se supone que hay que hacer, sea lo que sea, se recibe un cachete o un varazo. El alumno mantendrá la cabeza agachada en señal de humildad extrema y se atreverá como mucho a confirmar con la cabeza, susurreando un inaudible ‘hai’ o asentimiento que podríamos traducir por ‘sí’. En algunas raras ocasiones el maestro ‘dialogará’ con el alumno indicándole sus lagunas pero éste, de nuevo, se limitará a asentir servilmente. Quizás más adelante, hablar japonés pueda revelarse útil pero más para comprar el periódico que para perfeccionar la lucha.

Ciertamente el peso es una característica fundamental del Sumo motivo por el cual el rikishi come y duerme siguiendo un patrón de comportamiento absolutamente desconcertante que garantizará una rápida y permanente ganancia de peso. Sin embargo, y a diferencia de lo que puede parecer a primera vista, la técnica se confirma tan importante o más cuando se tiene la oportunidad de comprobar como alguien mucho más pequeño agarra con destreza el mawashi (cinturón) de su adversario o es capaz de desplazar o desequilibrar a su contrincante coloso, simplemente aprovechando las enormes inercias que se crean durante los enfrentamientos. Una vez más, el espíritu japonés se impone por aplastante lógica, si el atento lector me permite un poco elaborado juego de palabras que contrasta con la inteligencia de este impactante arte marcial que no deporte.








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