India !ncreíble , Varanasi !nsuperable

25 08 2008

Escuchando a los dioses © Miguel Ramo

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La India es un inmenso país. No solo por su superficie y su población sino también por sus creencias, sus dioses, sus rituales, su paisaje, su miseria, su lujo, su grandiosidad, su espíritu y, sobre todo, su gente. Es absolutamente imposible conocer la India y, con total seguridad, nos llevaría más de una vida intentarlo dedicándole el cien por cien de nuestro tiempo ¡como si eso fuese posible! Como dijo, por muy distintos motivos, el diplomático francés Talleyrand, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” pero podemos impregnar nuestros sentidos de algunas inolvidables pinceladas que marcarán nuestra vida de forma indeleble.

Si tuviésemos poco tiempo y sin querer menospreciar otros destinos, ni dar siquiera a entender su menor atractivo, yo personalmente me inclinaría, nunca mejor dicho, por visitar Varanasi, ubicada entre los ríos Varana y Asi, de ahí su nombre, también conocida por el de Benarés. Sobre lo que todo el mundo estará de acuerdo es que hay más ciudades santas en La India pero Varanasi es la ciudad santa del hinduismo por antonomasia. Consecuencia inmediata de ello es ser el destino de peregrinación más importante para los hindús. Los motivos de esta santidad son varios y se complementan por un enjambre de creencias y tradiciones pero no solo porque una de las cabezas de Brahma descansase al llegar a ella ni porque cayese allí la mano izquierda de Sati, la consorte de Shiva, entre las más extendidas. En mi modesta opinión el hecho de que se considere que aquel que muera en Varanasi quedará liberado del ciclo de reencarnaciones que hacen sufrir al ser humano, es la razón más poderosa, la que impulsa al creyente hacia su anhelado destino.

El Ganges, los colores, olores y la vida entremezclada, como en ninguna otra parte del mundo con la muerte, hacen de esta ciudad algo único. El visitante debe prepararse para la cruda realidad, para la contemplación de otro planeta que se mantiene dentro y fuera del nuestro simultáneamente. Es un milagro, no me atrevo a decir de Dios sino de los Dioses en su más genérico sentido ya que, no en vano, hay unos ochocientos millones de ellos conocidos por los hindús. Si tenemos en cuenta que la población ronda los 1.100 millones de habitantes y que el 80% es hinduista, puede sorprender que exista aproximadamente un Dios por habitante pero, en este colosal país, la Trinidad de los Dioses Vishnu, Brahma y Shiva solo es un punto de partida para orientar a sus creyentes. Me temo que, con la operación matemática realizada, es fácil pensar que cada hindú tiene su propio Dios y, aunque se compartan varios, esta explicación no carece de sentido en absoluto. La pluralidad reside en el individuo.

Nuestro estómago puede estar preparado para muchas circunstancias tanto por la comida a ingerir como por lo que nos encontraremos a lo largo del camino pero, tarde o temprano, tendrá que enfrentarse al menos a una situación límite, diferente para todos y cada uno de nosotros. Es cuestión de tiempo, como todo en la India, como todo en la vida. La comida puede ser picante o insoportablemente picante hasta para los más valientes y entrenados y, de hecho, algunos viajeros experimentados no cuentan su estancia por el número de días sino por el número de diarreas acumuladas. Puede parecer mentira pero se puede convivir con ello. El caos y el ruido nos acompañarán donde vayamos y, aunque al principio nos parezca insoportable, también acabaremos conviviendo con ello. La miseria nos rodeará por completo en algún momento y nos engullirá. Es una frase desafortunada, lo reconozco, pero es la que mejor describe la situación. También puede parecer mentira u osado aseverarlo pero, finalmente, se conseguirá convivir con ello. La injusticia social, magnificada por el cruel sistema de castas, podrá provocarnos auténticas arcadas e, incluso, alimentará nuestros instintos más revolucionarios y primitivos. De nuevo puede parecer terrible e insuperable pero lo absorberemos como la esponja al mojarse se hincha sin poder remediarlo. La muerte, el último escalón, acabará rozándonos en plena calle. En este caso, dependiendo de cada uno, la reacción irá desde el pánico hasta la aceptación natural del hecho. Las calles de Varanasi están llenas de vida y de muerte. La primera no puede pasar desapercibida pero la segunda sí, en función de quien mire y como mire. En cualquier caso, materialmente hablando, nos la cruzaremos en nuestro propio peregrinaje y conviviremos con ella. Como ya he dicho, todo es cuestión de tiempo.

Entonces ¿por qué visitar Varanasi? Los sabios dicen que en la pregunta suele hallarse la respuesta pero, los que no alcanzamos esa capacidad de interiorización, tenemos explicaciones más terrenales y mediocres pero igual de válidas. Sin lugar a dudas, nos enfrentaremos a nosotros mismos. Alcanzaremos nuestro propio límite. Contemplaremos otra dimensión del ser humano, sus retos y su constante superación. Los intocables, la casta más baja de esta sociedad en la que se aglutinan los que tienen menos que nada, es la prueba de que el ser humano es indestructible cuando su capacidad es llevada al extremo. Nunca conseguiremos entender desde nuestra perspectiva qué les impulsa a sonreírnos, a ser amables y humildes, a seguir sobreviviendo día tras día. ¿Para qué? o ¿por qué? son preguntas sin respuestas de las que se derivarán nuevas preguntas que, a su vez, nos plantearán más dudas básicas. ¿Quienes somos en realidad? ¿Cuál es el significado de nuestra existencia? ¿Por qué vivimos, simplemente para morir? ¿Es la muerte el motivo de nuestra vida o simplemente lo que le da sentido? La India es el lugar perfecto para no entender nada e incluso derribar lo que creemos haber entendido. Quizás sea uno de esos sitios por el que deberíamos todos deambular alguna vez en la vida, por mi parte, estoy plenamente convencido de que así es.

A pesar de todo lo dicho y de todo lo que está por decir quedaremos maravillados ante estos seres humanos que, en verdad, no lo parecen y que viven en la ciudad más fascinante de La Tierra.

(*) “Incredible !ndia” es el eslógan oficial del ministerio de turismo de La India. El título de este artículo es un intento de pleitesía por considerarlo el más acertado de cuantos se hubieran podido elegir.





La incomparable Caoslandia

22 11 2007

Delhi © Miguel Ramo

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En un país que le dedica un templo a las ratas (Karni Mata en Deshnok, Bikaner, Rajasthan), donde la vida y la muerte se entremezclan en la calle con total naturalidad (Varanasi, Uttar Pradesh) y donde la belleza del planeta se concentra sin igual (Taj Mahal, Agra, Uttar Pradesh) se puede esperar cualquier cosa. Ciertamente la India es un caos en muchos sentidos y sus incongruencias son proverbiales. Si se sobrevive al tráfico, a la comida picante y a la suciedad omnipresentes, el país nos hipnotizará y nos atrapará irremediablemente para bien o para mal. Olvídese de la indiferencia, aquí no tiene cabida.

Desde que el ser humano se lanzó a la conquista espacial, su deseo de viajar en el tiempo se ha incrementado exponencialmente. De momento es una utopía para los científicos y, probablemente, lo siga siendo durante mucho tiempo. Sin embargo el viajero puede experimentar un viaje en el tiempo, más que en el espacio, dirigiéndose a la India. Unas 8 horas de vuelo de Londres a Delhi nos teletransportarán 2.000 años hacia atrás, como por arte de magia, una magia que solo desaparecerá observando el uso del teléfono móvil a lomo de dromedario. Mi recomendación es no prestar atención a ese guiño al siglo XXI y seguir zambullido en el Año Cero de nuestra era, para disfrutar de un planeta ya extinto.

País inmenso en superficie y en población todavía regida hoy en día por castas, los habitantes de la India viven y mueren de la mano de la religión. El Hinduismo, la doctrina prevaleciente, rige sus vidas veinticuatro horas diarias forzando situaciones dantescas como la hambruna humana mientras las vacas, sagradas, pasean delante de los indigentes algunos de ellos muertos de inanición. Ciertamente el Hinduismo promueve la adoración de los animales por lo que la vaca es concebida como la madre de la humanidad debido a la leche que suministra sin esperar nada a cambio. La asociación de ideas con la madre que amamanta a su hijos desinteresadamente es más que evidente por lo que, contextualmente, no puede ni debe criticarse la creencia.

La religión Hindú compara la muerte de una vaca con la de la propia madre por lo que no puede ser sacrificada, además de promover el amor a los seres vivos, sean los que sean. El Jainismo, religión minoritaria en el país, lleva esta máxima al extremo. Los jainistas son fácilmente reconocibles por la calle al llevar una máscara o pañuelo en la boca con el fin de no tragarse accidentalmente ningún ser volador y, consecuentemente, acabar con su vida sin ni siquiera pretenderlo. La polémica está servida bajo el prisma occidental pero no cambiaremos las posturas por mucha lógica que intentemos desplegar aunque sus consecuencias sí puedan someterse a un debate racional que, por mucho que nos empeñemos, no llegará a ninguna conclusión pragmática. Sin embargo, no podré olvidar jamás los niños entre las vías de los trenes de la estación de Agra peleándose con unas ratas del tamaño de conejos por unos restos de comida embadurnados de mugre. Tendré que convivir con ello y conformarme por mucho que se me revuelvan las tripas.

La cara opuesta de la India es su belleza que se abre paso sin piedad a través de la suciedad y, por qué no decirlo sin eufemismos, a través de la mierda. El Taj Mahal es seguramente uno de los pocos edificios del mundo donde el mejor fotógrafo del mundo no se verá recompensado con sus resultados, haga lo que haga. La contrapartida es que, al contemplar semejante perfección, a un servidor se le cayeron las lágrimas, no siendo el único por cierto. El ‘mausoleo del amor’ derrota en belleza a cualquier otro edificio del planeta y, aunque pueda parecer una osada aseveración por mi parte, aquellos que hayan tenido el privilegio de contemplarlo posiblemente asientan con la cabeza en este momento.

Otro ejemplo de belleza podría ser, sin lugar a dudas, Swarna Mandir, más conocido como el ‘Templo Dorado’ y menos por sus nombres oficiales ‘Harmandir Sahib’ o ‘Darbar Sahib’, el Templo Sikh de Amritsar, el símbolo de la libertad infinita y de la independencia espiritual, el lugar más emblemático e importante del Sikhismo. Sorprende gratamente comprobar la infinita amabilidad que los devotos religiosos Sikhs demuestran a todos, especialmente a los extranjeros. El orgullo Sikh empapa el lugar, el respeto por todo y por todos alcanza un nivel tan alto que uno se siente parte del conjunto durante la visita, absolutamente integrado. Es maravilloso estar dentro del Templo durante las horas que pasan volando y, cuando llega el momento de partir, querrías quedarte. Posiblemente un trocito de nosotros mismos se quede esperando nuestro regreso.

No pretendo desvelar lo que encierra este país, solo esbozar algunas pinceladas que ilustran lo que uno puede encontrarse y lo que, con toda sinceridad, queda por visitar y descubrir. La India se la ama o se la odia, a primera vista, no hay término medio, no es una opinión, solo un hecho que cada uno debe comprobar por sí mismo.








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