Angkor: cuenta atrás para unas ruinas únicas en el mundo.

21 12 2010

Ta Prohm

La belleza de Angkor, ese mágico lugar cuna de leyendas de Oriente, no deja indiferente a nadie pero, a pesar de su esplendor, nunca lo tuvo fácil. Habitado desde el siglo I por pueblos pequeños su época dorada comienza en el año 802 hasta que en 1432 es abandonado a favor de la actual capital Phnom Penh. Con la llegada de los Khmer rojos en 1975, tanto los monasterios como las estatuas budistas, manuscritos y otros objetos de culto son destruídos a lo largo y ancho del país. Posteriormente, a partir de los años 80, este fantástico Patrimonio de La Humanidad sufre un peligro sin precedentes. La pobreza camboyana unida a la abundancia de armas, una autoridad militar en pleno crecimiento y una inseguridad generalizada fomentan una red internacional de tráfico focalizada en objetos de arte. Con la apertura política y económica del país en 1989 se empiezan a adoptar enérgicas medidas de protección pero esa liberalización también termina por incrementar el lucrativo tráfico ilegal de arte y la tala indiscriminada de árboles en Siem Reap. A pesar de las contundentes medidas adoptadas, vigilancia ininterrumpida de guardias armados incluida, no se consigue impedir los robos. Finalmente la respuesta gubernamental se decanta por desplazar un centenar de piezas de gran valor y relevancia al Museo Nacional de Phnom Penh donde siguen residiendo en la actualidad.

Gracias a los satélites de la NASA los investigadores descubrieron más de 70 nuevos templos, más de mil charcas artificiales y complejos sistemas de irrigación que siguen maravillando a expertos, neófitos y curiosos. El conjunto reveló ser tres veces más grande de lo que se había supuesto durante años. La enigmática caída de Angkor podría haberse debido, de acuerdo con los últimos estudios científicos llevados a cabo, a una sequía prolongada durante décadas puntualmente interrumpida por monzones entre los siglos XIV y XV. Angkor, una ciudad que siempre ha dependido vitalmente del agua, experimentó, de mediados a finales del siglo XIV, unas condiciones persistentemente secas que abarcaron décadas, seguidas por varios años de condiciones severamente húmedas, que causaron daños muy graves a las infraestructuras de la ciudad. Después, una sequía más breve pero más acentuada, a principios del siglo XV, pudo ser la gota que colmó el vaso, superando lo máximo que este complejo urbano podía resistir.

Hoy en día ya solo se puede admirar la ruina de las ruinas de Angkor pero no defrauda, sino todo lo contrario, estimula. Independientemente de nuestra edad, nos sentiremos irremediablemente Lara Croft o Indiana Jones durante nuestra visita. La simple evocación del nombre de Angkor despierta los sentidos. La imaginación se lanza a volar sobre una vegetación ávida de piedras que no respeta ni la majestuosidad ni el poder del complejo adormilado. Los árboles lo devoran y estrangulan todo inexorablemente como si de unos parásitos extraterrestres se tratara. El deterioro de una de las cumbres de la arquitectura mundial es más evidente que nunca a pesar de los esfuerzos de restauración y conservación. Estamos ante, posiblemente, el mayor desafío al que se ha enfrentado jamás Angkor desde su creación: dos millones de turistas anuales. Morir de éxito es el peligro más inminente pero si lo unimos a la humedad constante, al calor y a su impacto combinado puede que estemos asistiendo al principio del fin de una de las maravillas del mundo que nunca llegó a ser oficialmente. Sería poco afortunado calcular cuanto tiempo subsistirá esta ciudad flotante al paso del tiempo pero, si sientes la llamada, no la demores en tu calendario. Recuerda visitarlo al amanecer y al atardecer, con respeto; no seas cómplice de su deterioro. Llévate su magia a tu regreso pero que no se note que has estado en el paraíso perdido.

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India !ncreíble , Varanasi !nsuperable

25 08 2008

Escuchando a los dioses © Miguel Ramo

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La India es un inmenso país. No solo por su superficie y su población sino también por sus creencias, sus dioses, sus rituales, su paisaje, su miseria, su lujo, su grandiosidad, su espíritu y, sobre todo, su gente. Es absolutamente imposible conocer la India y, con total seguridad, nos llevaría más de una vida intentarlo dedicándole el cien por cien de nuestro tiempo ¡como si eso fuese posible! Como dijo, por muy distintos motivos, el diplomático francés Talleyrand, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” pero podemos impregnar nuestros sentidos de algunas inolvidables pinceladas que marcarán nuestra vida de forma indeleble.

Si tuviésemos poco tiempo y sin querer menospreciar otros destinos, ni dar siquiera a entender su menor atractivo, yo personalmente me inclinaría, nunca mejor dicho, por visitar Varanasi, ubicada entre los ríos Varana y Asi, de ahí su nombre, también conocida por el de Benarés. Sobre lo que todo el mundo estará de acuerdo es que hay más ciudades santas en La India pero Varanasi es la ciudad santa del hinduismo por antonomasia. Consecuencia inmediata de ello es ser el destino de peregrinación más importante para los hindús. Los motivos de esta santidad son varios y se complementan por un enjambre de creencias y tradiciones pero no solo porque una de las cabezas de Brahma descansase al llegar a ella ni porque cayese allí la mano izquierda de Sati, la consorte de Shiva, entre las más extendidas. En mi modesta opinión el hecho de que se considere que aquel que muera en Varanasi quedará liberado del ciclo de reencarnaciones que hacen sufrir al ser humano, es la razón más poderosa, la que impulsa al creyente hacia su anhelado destino.

El Ganges, los colores, olores y la vida entremezclada, como en ninguna otra parte del mundo con la muerte, hacen de esta ciudad algo único. El visitante debe prepararse para la cruda realidad, para la contemplación de otro planeta que se mantiene dentro y fuera del nuestro simultáneamente. Es un milagro, no me atrevo a decir de Dios sino de los Dioses en su más genérico sentido ya que, no en vano, hay unos ochocientos millones de ellos conocidos por los hindús. Si tenemos en cuenta que la población ronda los 1.100 millones de habitantes y que el 80% es hinduista, puede sorprender que exista aproximadamente un Dios por habitante pero, en este colosal país, la Trinidad de los Dioses Vishnu, Brahma y Shiva solo es un punto de partida para orientar a sus creyentes. Me temo que, con la operación matemática realizada, es fácil pensar que cada hindú tiene su propio Dios y, aunque se compartan varios, esta explicación no carece de sentido en absoluto. La pluralidad reside en el individuo.

Nuestro estómago puede estar preparado para muchas circunstancias tanto por la comida a ingerir como por lo que nos encontraremos a lo largo del camino pero, tarde o temprano, tendrá que enfrentarse al menos a una situación límite, diferente para todos y cada uno de nosotros. Es cuestión de tiempo, como todo en la India, como todo en la vida. La comida puede ser picante o insoportablemente picante hasta para los más valientes y entrenados y, de hecho, algunos viajeros experimentados no cuentan su estancia por el número de días sino por el número de diarreas acumuladas. Puede parecer mentira pero se puede convivir con ello. El caos y el ruido nos acompañarán donde vayamos y, aunque al principio nos parezca insoportable, también acabaremos conviviendo con ello. La miseria nos rodeará por completo en algún momento y nos engullirá. Es una frase desafortunada, lo reconozco, pero es la que mejor describe la situación. También puede parecer mentira u osado aseverarlo pero, finalmente, se conseguirá convivir con ello. La injusticia social, magnificada por el cruel sistema de castas, podrá provocarnos auténticas arcadas e, incluso, alimentará nuestros instintos más revolucionarios y primitivos. De nuevo puede parecer terrible e insuperable pero lo absorberemos como la esponja al mojarse se hincha sin poder remediarlo. La muerte, el último escalón, acabará rozándonos en plena calle. En este caso, dependiendo de cada uno, la reacción irá desde el pánico hasta la aceptación natural del hecho. Las calles de Varanasi están llenas de vida y de muerte. La primera no puede pasar desapercibida pero la segunda sí, en función de quien mire y como mire. En cualquier caso, materialmente hablando, nos la cruzaremos en nuestro propio peregrinaje y conviviremos con ella. Como ya he dicho, todo es cuestión de tiempo.

Entonces ¿por qué visitar Varanasi? Los sabios dicen que en la pregunta suele hallarse la respuesta pero, los que no alcanzamos esa capacidad de interiorización, tenemos explicaciones más terrenales y mediocres pero igual de válidas. Sin lugar a dudas, nos enfrentaremos a nosotros mismos. Alcanzaremos nuestro propio límite. Contemplaremos otra dimensión del ser humano, sus retos y su constante superación. Los intocables, la casta más baja de esta sociedad en la que se aglutinan los que tienen menos que nada, es la prueba de que el ser humano es indestructible cuando su capacidad es llevada al extremo. Nunca conseguiremos entender desde nuestra perspectiva qué les impulsa a sonreírnos, a ser amables y humildes, a seguir sobreviviendo día tras día. ¿Para qué? o ¿por qué? son preguntas sin respuestas de las que se derivarán nuevas preguntas que, a su vez, nos plantearán más dudas básicas. ¿Quienes somos en realidad? ¿Cuál es el significado de nuestra existencia? ¿Por qué vivimos, simplemente para morir? ¿Es la muerte el motivo de nuestra vida o simplemente lo que le da sentido? La India es el lugar perfecto para no entender nada e incluso derribar lo que creemos haber entendido. Quizás sea uno de esos sitios por el que deberíamos todos deambular alguna vez en la vida, por mi parte, estoy plenamente convencido de que así es.

A pesar de todo lo dicho y de todo lo que está por decir quedaremos maravillados ante estos seres humanos que, en verdad, no lo parecen y que viven en la ciudad más fascinante de La Tierra.

(*) “Incredible !ndia” es el eslógan oficial del ministerio de turismo de La India. El título de este artículo es un intento de pleitesía por considerarlo el más acertado de cuantos se hubieran podido elegir.





La incomparable Caoslandia

22 11 2007

Delhi © Miguel Ramo

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En un país que le dedica un templo a las ratas (Karni Mata en Deshnok, Bikaner, Rajasthan), donde la vida y la muerte se entremezclan en la calle con total naturalidad (Varanasi, Uttar Pradesh) y donde la belleza del planeta se concentra sin igual (Taj Mahal, Agra, Uttar Pradesh) se puede esperar cualquier cosa. Ciertamente la India es un caos en muchos sentidos y sus incongruencias son proverbiales. Si se sobrevive al tráfico, a la comida picante y a la suciedad omnipresentes, el país nos hipnotizará y nos atrapará irremediablemente para bien o para mal. Olvídese de la indiferencia, aquí no tiene cabida.

Desde que el ser humano se lanzó a la conquista espacial, su deseo de viajar en el tiempo se ha incrementado exponencialmente. De momento es una utopía para los científicos y, probablemente, lo siga siendo durante mucho tiempo. Sin embargo el viajero puede experimentar un viaje en el tiempo, más que en el espacio, dirigiéndose a la India. Unas 8 horas de vuelo de Londres a Delhi nos teletransportarán 2.000 años hacia atrás, como por arte de magia, una magia que solo desaparecerá observando el uso del teléfono móvil a lomo de dromedario. Mi recomendación es no prestar atención a ese guiño al siglo XXI y seguir zambullido en el Año Cero de nuestra era, para disfrutar de un planeta ya extinto.

País inmenso en superficie y en población todavía regida hoy en día por castas, los habitantes de la India viven y mueren de la mano de la religión. El Hinduismo, la doctrina prevaleciente, rige sus vidas veinticuatro horas diarias forzando situaciones dantescas como la hambruna humana mientras las vacas, sagradas, pasean delante de los indigentes algunos de ellos muertos de inanición. Ciertamente el Hinduismo promueve la adoración de los animales por lo que la vaca es concebida como la madre de la humanidad debido a la leche que suministra sin esperar nada a cambio. La asociación de ideas con la madre que amamanta a su hijos desinteresadamente es más que evidente por lo que, contextualmente, no puede ni debe criticarse la creencia.

La religión Hindú compara la muerte de una vaca con la de la propia madre por lo que no puede ser sacrificada, además de promover el amor a los seres vivos, sean los que sean. El Jainismo, religión minoritaria en el país, lleva esta máxima al extremo. Los jainistas son fácilmente reconocibles por la calle al llevar una máscara o pañuelo en la boca con el fin de no tragarse accidentalmente ningún ser volador y, consecuentemente, acabar con su vida sin ni siquiera pretenderlo. La polémica está servida bajo el prisma occidental pero no cambiaremos las posturas por mucha lógica que intentemos desplegar aunque sus consecuencias sí puedan someterse a un debate racional que, por mucho que nos empeñemos, no llegará a ninguna conclusión pragmática. Sin embargo, no podré olvidar jamás los niños entre las vías de los trenes de la estación de Agra peleándose con unas ratas del tamaño de conejos por unos restos de comida embadurnados de mugre. Tendré que convivir con ello y conformarme por mucho que se me revuelvan las tripas.

La cara opuesta de la India es su belleza que se abre paso sin piedad a través de la suciedad y, por qué no decirlo sin eufemismos, a través de la mierda. El Taj Mahal es seguramente uno de los pocos edificios del mundo donde el mejor fotógrafo del mundo no se verá recompensado con sus resultados, haga lo que haga. La contrapartida es que, al contemplar semejante perfección, a un servidor se le cayeron las lágrimas, no siendo el único por cierto. El ‘mausoleo del amor’ derrota en belleza a cualquier otro edificio del planeta y, aunque pueda parecer una osada aseveración por mi parte, aquellos que hayan tenido el privilegio de contemplarlo posiblemente asientan con la cabeza en este momento.

Otro ejemplo de belleza podría ser, sin lugar a dudas, Swarna Mandir, más conocido como el ‘Templo Dorado’ y menos por sus nombres oficiales ‘Harmandir Sahib’ o ‘Darbar Sahib’, el Templo Sikh de Amritsar, el símbolo de la libertad infinita y de la independencia espiritual, el lugar más emblemático e importante del Sikhismo. Sorprende gratamente comprobar la infinita amabilidad que los devotos religiosos Sikhs demuestran a todos, especialmente a los extranjeros. El orgullo Sikh empapa el lugar, el respeto por todo y por todos alcanza un nivel tan alto que uno se siente parte del conjunto durante la visita, absolutamente integrado. Es maravilloso estar dentro del Templo durante las horas que pasan volando y, cuando llega el momento de partir, querrías quedarte. Posiblemente un trocito de nosotros mismos se quede esperando nuestro regreso.

No pretendo desvelar lo que encierra este país, solo esbozar algunas pinceladas que ilustran lo que uno puede encontrarse y lo que, con toda sinceridad, queda por visitar y descubrir. La India se la ama o se la odia, a primera vista, no hay término medio, no es una opinión, solo un hecho que cada uno debe comprobar por sí mismo.





Sumobeya

6 03 2007

Escuela de Sumo © Miguel Ramo

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Sentado en el suelo de madera de una tarima elevada de Kokonoebeya, (escuela Kokonoe de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Takasago) tuve la inconsciente osadía de acercarme demasiado a la zona de entrenamiento, lo suficiente como para ser amonestado. Evidentemente no estaba invadiendo la zona sensible de la escuela y, por supuesto, el maestro tampoco se rebajó, dirigiéndose directamente a mi. En su lugar me ignoró por completo, miró al lado opuesto al que me encontraba y usó de intermediario a uno de sus alumnos que, en perfecto japonés me dijo, en voz baja y con la cabeza agachada sin mirarme en ningún momento, que me retirara hacia atrás. Afortunadamente para mi, hizo un gesto inequívoco con ambas manos porque sino todavía estaría preguntándome qué se suponía que trataba de hacerme comprender. No sé realmente si el maestro eligió concienzudamente al alumno encargado de reprenderme o si fue totalmente aleatorio pero, en cualquier caso, yo lo interpreté como un castigo adicional al enorme cachete que le había propinado minutos antes por no hacer correctamente las cosas.

Los alumnos de Sumo sufren durante sus largas y cansinas sesiones de entrenamiento diarias o al menos padecen de acuerdo con nuestros parámetros occidentales. Es impresionante comprobar cómo estos pesos pesados pueden abrir sus piernas en un gigantesco abanico de 180 grados, levantándolas a la altura de sus cabezas mientras se inclinan hacia uno u otro lado, golpeando finalmente con aplomo el suelo de arena al descender sus moles sobre la superficie humedecida. El ritual parece no tener fin hasta que, un gesto desapercibido para los no iniciados, pone término al mismo. Hasta ese momento siguen y siguen, sin prisas, machacónamente, sin pausas, con medida lentitud e impresionante fuerza y destreza. Posteriormente se suceden distintos ejercicios hasta que se pasa a la rueda de los enfrentamientos vis a vis que se disputan en un dohyo (ring) de 4,55 metros de diámetro, grande desde dentro, minúsculo desde fuera.

Dejando atrás Kokonoebeya me invitan a un entrenamiento formal en Sadogatakebeya (escuela Sadogatake de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Nishonoseki). Esta escuela cuenta al menos con dos expertos rikishi (término que se refiere a cualquier luchador de sumo pero que debe traducirse literalmente por ‘hombre fuerte’): Kotomitsuki (un forzudo sekiwake japonés de 158 kilos) y Kotooshu (un impresionante y popular ozeki búlgaro de 152 kilos que apasiona a los japoneses). Tan pronto se enfrentan ambos me doy cuenta de la diferencia de talla entre ambas ‘heya’ (edificio usado como casa y lugar de entrenamiento de los rikishi y, en la práctica, sinónimo de escuela de sumo), siendo la primera mucho más modesta que la segunda, un concepto que solo tiene sentido para los occidentales y absolutamente absurdo para los nipones.

El entrenamiento es agotador para todos, tanto para los protagonistas como para los asistentes. Las reglas para estos últimos son simples en todo momento: si nos movemos demasiado, si nos incorporamos del suelo o si respiramos demasiado ruidosamente seremos expulsados del recinto, sin contemplaciones. Cada vez que mi cámara dispara, le suplico mentalmente a los dioses que el ruido ambiental cubra el ruido metálico de la cortinilla so pena de ser invitado a abandonar irremediablemente la sala. Quiero ser invisible pero no domino la técnica.

Es cierto que hay cada vez más luchadores de Sumo extranjeros en Japón y Kotooshu sería un buen ejemplo de esta tendencia. Inicialmente puede parecer complejo que un extranjero tenga que aprender japonés para practicar este deporte doctrinal sin embargo la realidad es muy distinta. No hay ninguna diferencia entre un japonés y un no japonés puesto que el maestro nunca explica lo que hay que hacer. Los alumnos aprenden porque imitan a los más veteranos, nadie habla, nadie dice en qué consiste esto del sumo: frustrante sin lugar a dudas. Si no se hace correctamente lo que se supone que hay que hacer, sea lo que sea, se recibe un cachete o un varazo. El alumno mantendrá la cabeza agachada en señal de humildad extrema y se atreverá como mucho a confirmar con la cabeza, susurreando un inaudible ‘hai’ o asentimiento que podríamos traducir por ‘sí’. En algunas raras ocasiones el maestro ‘dialogará’ con el alumno indicándole sus lagunas pero éste, de nuevo, se limitará a asentir servilmente. Quizás más adelante, hablar japonés pueda revelarse útil pero más para comprar el periódico que para perfeccionar la lucha.

Ciertamente el peso es una característica fundamental del Sumo motivo por el cual el rikishi come y duerme siguiendo un patrón de comportamiento absolutamente desconcertante que garantizará una rápida y permanente ganancia de peso. Sin embargo, y a diferencia de lo que puede parecer a primera vista, la técnica se confirma tan importante o más cuando se tiene la oportunidad de comprobar como alguien mucho más pequeño agarra con destreza el mawashi (cinturón) de su adversario o es capaz de desplazar o desequilibrar a su contrincante coloso, simplemente aprovechando las enormes inercias que se crean durante los enfrentamientos. Una vez más, el espíritu japonés se impone por aplastante lógica, si el atento lector me permite un poco elaborado juego de palabras que contrasta con la inteligencia de este impactante arte marcial que no deporte.





Made in China

1 10 2006

Zarpazo chino © Miguel Ramo

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China es el país de los mayores contrastes que se pueden experimentar en la faz de la tierra en pleno inicio del tercer milenio. A caballo entre el comunismo y el popularismo, intenta salir de su anterior condición para integrarse, con un éxito hasta el momento discutible, en el occidentalismo al que aspira entre susurros.

A falta de dos escasos años para que den comienzo los Juegos Olímpicos de Beijing, las principales preocupaciones del gobierno siguen siendo mentalizar a la población que escupir en el suelo no está socialmente bien visto fuera de China y que, sin saber al menos inglés, el país no está preparado para ningún acontecimiento de esa envergadura aunque, por razones obvias, no se reconozca públicamente. Seguramente cuando veamos la ceremonia de apertura en televisión, todo nos parecerá perfecto. Sin embargo mucho habrá tenido que cambiar la sociedad para que los taxistas entiendan dónde queremos ir y podamos comer lo que deseemos porque actualmente, en la gran mayoría de los restaurantes, sigue siendo imposible pedir una simple cerveza. La educación es otra de las asignaturas pendientes a no confundir con los usos y costumbres que deben prevalecer en cualquier parte del planeta. La falta de respeto al espacio vital de cada persona resulta, y muy en particular a las mujeres, insoportable en algunas ocasiones sobre todo cuando uno se siente observado a cortísima distancia y por todos los costados sin el más mínimo disimulo. Es cierto que los occidentales siguen despertando la curiosidad de la población china, más cuanto más alejados se encuentren de las grandes ciudades pero el comportamiento hacia los extranjeros, en algunos casos, roza lo estríctamente tolerable provocando situaciones altamente incómodas y violentas. Las mayores injusticias se producen cuando se generalizan las afirmaciones pero la falta de educación, aún teniendo en cuenta los hábitos autóctonos, es realmente manifiesta. Además del ya mencionado y aceptado escupitajo, los empujones son frecuentes pero se aceptan como parte de la existencia misma, las señales de tráfico son meros adornos urbanos, se sigue hablando a voz en grito en la mayoría de las circunstancias y la gente se cruza en tu camino aunque estés apuntando tu cámara en esa dirección o puedas caerte por la premura. En cuanto a la limpieza general reinante es manifiesta y globalmente insuficiente se vaya donde se vaya y las escasas excepciones confirman la regla.

A pesar de todos los pesares China es un gran país y no solo por referencia a su extensión, la cuarta mayor del mundo después de Rusia, Canadá y Estados Unidos. La grandeza de China radica en su imparable industria multisectorial, su diversidad étnica y sobre todo en la espectacularidad de algunos de sus paisajes más emblemáticos entre los que pueden contarse Guilin o el más recóndito y desconocido Wulingyuan (distrito de la población de Zhangjiajie). Ciertamente la antigua cultura China ha establecido algunas bases vitales que han permitido al mundo ser hoy en día lo que es. El goce y disfrute cultural al visitar el país están garantizados se vaya donde se vaya y, por solo citar uno de ellos, el emblemático Xian marcará nuestra retina para siempre al contemplar el famoso y espectacular ejército de guerreros de terracota.

La rivalidad entre ciudades es patente cuando comparamos Shanghai y Hong-Kong. El edificio más alto o la iluminación más espectacular van alternándose cada pocos meses en ese ranking silencioso pero manifiesto. Nadie lo reconoce pero el orgullo local es importante y, de hecho, es un factor motivador al estilo capitalista. Sin embargo no podemos olvidar que los contrastes también son palpables en este caso si tenemos en cuenta que los hongkoneses no se sienten realmente chinos, se sienten diferentes por lo ya comentado, por el hecho de haber sido colonia británica durante más de un siglo y medio (29/08/1842 – 01/07/1997) y por tener una de las rentas per cápita más altas del mundo. La moratoria de 50 años pactada entre el gobierno local e independiente de Hong-Kong y el gobierno central chino pretende formalmente permitir al resto de China equipararse con el flamante y boyante Hong-Kong pero las diferencias no podrán ser limadas en tan poco tiempo, al menos parece poco probable dadas las circunstancias.

Napoleón dijo una vez: “Cuando China despierte, el mundo temblará” y eso ya está ocurriendo. Algo más de 1.300 millones de personas hacen de este país un país poderoso, que se sabe poderoso, sobre todo después del desmantelamiento de la Unión Soviética y, aunque se suele estar de acuerdo en que históricamente China es una nación que mira hacia adentro, y que no es dada a la expansión agresiva, no es menos cierto que hay muchas maneras de expandirse. Actualmente los chinos son los fabricantes del mundo habiendo creado marca propia sin pretenderlo, véase la etiqueta ‘Made in China’ en los artículos más insospechados como por ejemplo, las genuinas pelotas de beisbol norteamericanas. Dominan el mercado internacional de la producción a bajo coste (en muchas ocasiones ligado al de la baja calidad) y ésto puede llegar a convertirse en una auténtica pesadilla para los mercados nacionales de occidente que no pueden competir promoviendo, en sonadas ocasiones, algunas leyes para proteger su supervivencia y, en otras, una auténtica sensación de entrega a la realidad de los acontecimientos.

Hóng Lóng, el Dragón Rojo, se conoce en La Tierra por el nombre de China y sus descendientes en Los Cielos por el de Taikonautas. Napoleón se quedó corto.





Domo arigato, Yamato!

13 09 2006

Tori de Miyajima © Miguel Ramo

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Incluso para un experimentado viajero, el primer contacto con Japón es absolutamente sorprendente. ¿Es posible que exista un país tan limpio, tan silencioso, tan educado cuyas gentes demuestran un impresionante respeto por humanos (sin importar ni raza ni credo), animales y cosas? Sí y posiblemente la explicación se deba a la vertiente sintoista japonesa. Si bien el sintoismo es considerado oficialmente como una religión fuera de Japón, mi propia experiencia me ha demostrado que, en realidad no es tal, sino la simple consideración de que todo es sagrado: tú, yo, los perros, las piedras, la comida, la religión de propios y extraños o su carencia (paraiso de ateos y agnósticos),… Todo, absolutamente todo, es sagrado, valioso y único, motivo por el cual se respeta con naturalidad. Un planteamiento tan sencillo y profundo a la vez puede llegar a tener maravillosas consecuencias en el día a día japonés, que tanto sorprenden al extranjero que, por mucho que lo intenta, no consigue realmente entender el por qué del comportamiento nipón.

Si, a pesar de todo, decidimos abrir nuestras estrechas mentes occidentales con el fin de entender a los japoneses, tendremos que familiarizarnos con dos desconcertantes conceptos que se complementan entre sí y que dirigen sus vidas imperceptiblemente. Me refiero al ‘giri’ y al ‘ninjo’. El ‘giri’ (prunúnciese ‘guiri’) podría ser la moral individual por la cual el japonés se siente obligado, incluso en contra de sus propias ideas o principios, a realizar o aceptar algunos hechos singulares. Por su parte, el ‘ninjo’ (prunúnciese la segunda sílaba como lo haría un argentino al decir ‘yo’) podría reflejar su parte más condescendiente que le llena de paciencia proyectándola sobre todo acto o pensamiento, más cuanto más alejado se encuentren de su propio comportamiento llevándole a demostrar una desmesurada condescendencia, por poner un ejemplo, con un turista extranjero en Japón.

Por otra parte, en el país de la desmesurada tecnología aplicada a lo cotidiano, los hábitos tradicionales más afianzados no dejarán de sorprendernos a diario. Reconozcamos que no estamos acostumbrados a que la gente se corresponda con reverencias en el trabajo, en la calle, en todo momento, sin hipocresía y con naturalidad. Aquí no se da la mano, nadie se besa en ninguna circunstancia, simplemente uno se inclina, algo contagioso al cabo de unas pocas horas. Tampoco nos dejará indiferente la bienvenida, en forma de tonadilla escolar, que todas las dependientas propinan a cualquier persona que franquee su establecimiento, poco importa si se tiene intención o no de comprar. La amabilidad y educación es parte del comportamiento intrínseco japonés. Y a pesar de todo ello, el japonés no tiene vocación de líder porque no sabe ser líder, necesita un modelo superior para imitar, intentando mejorarlo en la medida de lo posible.

Por solo poner un ejemplo que me parece personalmente relevante, diré que ‘Toto’ es más que una marca de sanitarios en Japón, es toda una filosofía sobre lo que puede entenderse por limpieza sanitaria personal extrema. Si viajamos a Africa, comprobaremos que un simple agujero en el suelo y un cubito de agua a su costado será todo lo que nos encontraremos en la gran mayoría de las ocasiones. Si nos quedamos en occidente, el aseo constará de un inodoro muy probablemente acompañado de un bidé pero si nos detenemos en Japón, las cosas serán muy diferentes. El japonés se ha dado cuenta que el inodoro es confortable pero que el bidé no lo es en absoluto. Nadie entiende por qué está aparte y más bajito de lo racionalmente lógico. Partiendo de esas premisas (y otras que no alcanzo comprender) la empresa ‘Toto’ mejoró ambos conceptos integrándolos en un solo dispositivo: el inodoro-bidé-electrónico. ¡Que me perdonen mis lectores japoneses si los hay (posiblemente atraídos por mi occidental explicación no carente de hilaridad bajo su prisma), pero no encuentro ninguna palabra integradora que sea capaz de plasmar el artilugio en cuestión. Nada más sentarnos, un detector de presión hará que salga un chorro de agua produciendo un ruido natural, algo imprescindible para las japonesas que, ante la vergüenza personal que les producía el ruido de su propia micción, no paraban de echar agua en el inodoro con el consiguiente derroche de agua (millones de hectolitros anuales según las estadísticas). Evidentemente podemos seguir utilizando este revolucionario super-inodoro como si de uno tradicional se tratase pero la impresionante fila de botones en uno de sus lados nos invita descaradamente a usarlos. Llegado este momento conviene que nos leamos las instrucciones en inglés que suelen existir en los hoteles ya que los iconos, aun pareciendo muy ilustrativos, pueden inducirnos a confusiones desagradables. Podremos usar diferentes tipos de chorritos de agua (con oscilador integrado en los modelos más sofisticados) así como un clon de bidé integrado ambos con control de temperatura y presión, sin olvidar que la temperatura de la tapa del inodoro tambien es seleccionable para que no contemos con ninguna fría y desagradble sensación al sentarnos, inclusive podremos gozar de un secador-ventilador integrado en algunos modelos… Es casi imposible resistirse ante una tecnología tan íntima y lo más probable es que cometamos algún que otro error de manipulación con desagradables consecuencias pero… ¡por favor!… ¡háganme caso!… no pulsen los botones de mantenimiento del engendro sanitario, suelen encontrarse ocultos bajo una tapita y por algo será…

Sin embargo a pesar de todo lo argumentado hasta ahora la perfección no existe y, aunque a priori todo apunte a que Japón lo es, el país goza de unas increibles contradicciones que el pueblo japonés acepta con naturalidad como no podría ser de otra manera pero que, bajo una mirada occidental, se antojan como incongruencias. Es cierto que, a partir del viernes por la noche, el varón japonés sale perfectamente vestido de su trabajo, se encamina hacia las zonas de ajetreo nocturno en las que, tras algo de ‘sake’ (entiéndase ‘alcohol’ y no solo de arroz) se afloja la corbata y pierde esa rigidez propia de su estatus social, atreviéndose a sonreir por los efectos etílicos y correspondido de alguna manera por las feminas más osadas. Además, si tenemos tendencia a pensar que la mentalidad más rígida del mundo es la alemana, una afirmación muy propia de alguien que no ha estado nunca en Japón, será mejor que nos lo pensemos dos veces. Mis aseveraciones pueden parecer gratuitas pero un simple y verídico ejemplo pueden ilustrarlas adecuadamente:

Un extranjero telefonea a un restaurante reservado con antelación porque se da cuenta, dos días antes, que la carne solicitada lleva una salsa que sus hijos de corta edad no van a querer comerse. Con suma delicadeza le explica la situación al ‘maître’ que afortunadamente habla inglés rogándole que no se le añada la salsa a la carne. La traducción de la conversación es la siguiente:

Maître: Lo siento señor pero el jefe de cocina me ha dicho que no es posible.
Cliente: Bueno, verá usted, si le añaden la salsa a la carne, mis hijos no se la comerán. Bastaría con hacer el plato como está previsto pero sin añadir la salsa.
M: ¡Hai! pero no es posible.
C: ¿Puede usted indicarme el motivo?
M: ¡Hai! El plato de carne lleva una salsa especial imprescindible.
C: Sí, lo entiendo, pero ya sabe como son los niños pequeños … Con la salsa no se comerán la carne y es sencillo no añadirla.
M: ¡Hai! pero no va a poder ser, señor.
C: En realidad, no entiendo bien el motivo…
M: ¡Hai! La salsa va incluida en el precio del plato, señor.
C: Sí pero no pretendo que se me rebaje el precio del plato, solo que ustedes se ahorren unos ingredientes pagando lo mismo que si los pusieran, por tanto…
M: ¡Hai! pero no es posible, señor.
C: Perdone que insista pero no consigo entenderlo. Solo le pido que no añada la salsa, sin tocar nada del plato, tal y como lo tiene diseñado el chef y pagando la misma cantidad de dinero.
M: ¡Hai! pero no es posible, señor.
C: Quizás podría preguntarle al jefe de cocina si podría poner la salsa en una salsera aparte…
M: ¡Hai! voy a consultarlo, señor.
(Pasan escasos segundos)
M: Lo he consultado pero el jefe de cocina me ha dicho que no es posible, señor.
C: ¿Por qué? De nuevo no consigo entenderlo.
M: ¡Hai! Porque dice que si pone la salsa en una salsera aparte, ustedes no se la añadirán a la carne y no se comerán el plato tal y como fue diseñado, señor.
C: Sin embargo, ¿no podría insistirle para complacernos a todos?
M: ¡Hai! voy a insistirle, señor.
(Vuelven a pasar unos pocos segundos)
M: El jefe de cocina me ha comunicado que hará un esfuerzo especial con la salsa, señor.
C: Muchas gracias.
M: ¡Hai! señor, a usted por llamar.
El día de la comida sirven la carne en la mesa sin la salsa con lo que todos respiran aliviados. Uno de los niños pincha la carne para cortarla cuando, por la presión del tenedor, se derrama toda la salsa minuciosamente camuflada debajo del filete…

Como se puede obervar, en japonés nadie dice nunca ‘no’ (iie) porque se considera demasiado rotundo, de mala educación y siempre se dice ‘sí’ (hai) aunque a continuación se niegue. En realidad ‘hai’ es más un sinónimo de asentimiento que un simple ‘sí’ a la occidental por lo que podemos considerarla la palabra fundamental de toda frase o conversación japonesa. Si este diálogo se hubiese mantenido entre japoneses (algo poco probable a decir verdad) hubiera sido mucho más largo. Los motivos reales de una conversación solo se revelan al final de la misma puesto que manifestarlos inmediatamente también se considera de mala educación.

No es posible transmitir las sensaciones que uno experimenta como extranjero en Japón: unas maravillosas y otras exasperantes. Hay experiencias que deben ser vividas en primera persona por lo que no sería prudente contarlas aunque, me crean o no (poco importa como díría un japonés), el balance siempre será positivo, pase lo que pase. Nadie puede resistirse ante tanta cortesía, ni ante tal derroche de amabilidad y paciencia. Japón es, sin lugar a dudas, uno de los mejores países del mundo. ¡Que no se lo cuenten!

(*) En japonés ‘domo arigato’ significa ‘muchas gracias’ y ‘Yamato’ ‘Japón’. Mi más respetuoso agradecimiento a este fantástico país, a sus gentes y en particular a mi mentor Ishikawa Takuya que me abrió los ojos y amplió mis horizontes más allá de mi propia mentalidad para que viera Japón como un japonés, sin intentar convencerme de nada en ningún momento con la más absoluta modestia.








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