Mechifla, Chefchaouen, Marruecos.

10 12 2009

La tienda de Mechifla en Chaouen.

Ahmed Ben Jouba es una de los personas más conocidas por los ciudadanos de Chefchaouen y, sin riesgo a cometer ninguna equivocación, también por todos aquellos que suelen frecuentar esta fantástica población ubicada al norte de Marruecos. Es el orgulloso propietario de “La tienda de Mechifla”, porque así se llama oficialmente, un negocio muy familiar ubicado cerca de la Alkasaba, en pleno centro de la población.

(P)regunta: ¿Qué tal estás, Ahmed?
(A)hmed: ¡Hóla macho! ¿Qué tal majete? ¡Cuánto tiempo sin verte!

La memoria de Ahmed es increíble, su gigantesca sonrisa es eterna y desborda simpatía, su principal rasgo. Aunque su familia es originaria de Tata, una pequeña población al sur del país que linda con el Sahara, nació en Chefchaouen, más conocida como Chaouen, en 1961. Heredó su negocio de su padre quién a su vez lo heredó del suyo. Se siente muy orgulloso de su familia y de la tienda que abrió su abuelo en 1956.

P: Son ya tres generaciones al cargo de la tienda. ¿Tus hijos seguirán el negocio familiar?
A: Mis hijas siguen estudiando pero sí, mi hijo Mustafa será la cuarta generación, ¡inshallah! (si Dios quiere)
P: ¿Qué vendes en tu tienda, Ahmed?
A: Ropa, alfombras, fósiles, cualquier cosa y vendemos una sonrisa ancha también… ¡Qué cachondo! ¡Cachondo mental!
Entran unos turistas con los comentarios típicos:
– Mira, ven, eso es lo que me encantaría para mi salón…
Automáticamente Ahmed se dirige en voz alta hacia ellos:
A: ¿Te gusta maja? A mi me chifla, a mi me encanta, a mi me alucina, a mi me priva, a mi me fascina, a mi me flipa…
Los turistas no pueden contener la risa y, sin poder remediarlo, siguen fisgoneando por la tienda disimulando como pueden las carcajadas.
Ahmed se gira de nuevo hacia mi y, como si no hubiera pasado nada, me dice:
A: ¿Sabes donde aprendí esas palabras?
Sin esperar respuesta añade:
A: ¡En el libro gordo de Peteeeete!
Y sin parar de hablar dice:
A: A mi me chifla vender y a ti te alucina comprar y cuando compres algo el papel y la bolsa los regalamos…
P: ¿Qué es para ti el regateo?
A: El regateo es algo normal para todos los marroquis y para mi también, claro. Es necesario, obligatorio por costumbre, hace parte de nuestras vidas. ¡Vaya, vaya, vaya, bocata de caballa!
P: ¿Y el precio? ¿Siempre es el mismo para todo el mundo?
A: Bueno, hay un precio para los de aquí y otro para los turistas, es normal, pero siempre hago una rebaja cojonuda… ¡Alucina, vecina!
P: Ya pero ¿el precio es el mismo según la nacionalidad?
A: Hacemos un buen precio a nuestros vecinos, los españoles, los catalanes, los vascos, … Los precios son un poquiiito diferentes para los franceses, los portugueses, los alemanes, los ingleses… (se ríe con maliciosa intención)
P: ¿Qué quieres decir con eso? ¿Son malos?
Le incomoda la pregunta pero, con la naturalidad de siempre y con la sicología de gentes hiper desarrollada, contesta por reflejo:
A: ¡Pero quéeeeee dices! Todos los precios son siempre fabulosos, maravillosos, preciosos, gaseosos. Y ahora que hay crisis las rebajas son flipantes… A mi me encantan, me alucinan…
P: ¿Cuántos idiomas hablas?
A: Español, francés, árabe y por los codos… ¡¡¡Me chifla vender y a ti te encanta comprar!!!
P: Y hablando de crisis ¿se nota en Chaouen?
A: En Chaouen no hay crisis porque se gana poco pero se vende mucho y sus habitantes se esfuerzan con los turistas.
P: Oye Ahmed, veo muchos trilobites y fósiles de todo tipo por aquí. ¿Son falsos o auténticos?
A: Tenemos de todo: auténticos y falsos; los precios son muy diferentes.
P: ¿Y por qué tener falsos? ¿No es eso un engaño?
A: ¡¡¡Nooooo!!! Tengo falsos porque hay gente que solo quiere algo bonito sin pagar demasiado dinero. Siempre digo cuando es falso y cuando es verdadero; nunca engaño, solo vendo lo que la gente me pide. ¡Alucina, vecina!
P: ¿Qué religión se practica en Chaouen?
A: La musulmana, solo la musulmana, aquí somos todos musulmanes.
P: Y siendo musulmán ¿mientes mucho para vender?
A: ¡Qué cachondo, cachondo mental! Yo solo gasto bromas pero nunca miento. Hago rebajas cojonudas y si compras algo, el papel y la bolsa los regalamos… ¡A mi me flipa, a mi me…!
P: Venga dime la verdad, Ahmed, ¿cuántas veces has mentido durante esta corta entrevista?
A: ¡¡¡Ya te lo he dicho, fabuloso, maravilloso, gaseoso,…!!! Ni una vez, soy un hombre de palabra. ¡¡¡A mi me alucina, a mi me priva, a mi me fascina, a mi me chifla!!!
P: Y para finalizar ¿quieres decirles algo a los españoles?
A: Que Chaouen es un sitio muy bueno, la vida es muy barata, los hoteles y la comida son muy baratos, es un sitio fenomenal. ¡¡¡Vaya vaya vaya, bocata de caballa!!!

Ahmed es un sicólogo de pies a cabeza. Tiene la frase justa en el momento adecuado y sus frases hechas y repetidas hasta la saciedad no son fruto de la casualidad. Envuelve sus argumentos con una capa gruesa de sonrisas con el fin de crear el clima adecuado. Se compre o no en la tienda de Mechifla merece la pena la (obligatoria) visita. Es la mejor manera de empezar el día, nos levantará la moral, nos arrancará al menos unas risas y seguiremos nuestro camino con energías renovadas, las que él emana con enorme naturalidad.

Un secreto: es casi imposible salir sin comprar, al menos un servidor nunca lo ha conseguido….





Etiopía: una vergüenza más para el primer mundo.

15 11 2008

La mirada de la inocencia © Miguel Ramo

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Con la mirada perdida en el interior del espejo, me lavo los dientes con agua mineral embotellada para evitar enfermedades, en el lavabo de mi hotel, sin poder evitar pensar en los niños que me cruzo a diario con los pies descalzos y el cuerpo desnutrido cubierto de harapos. Mi barriga sigue llena y una cama caliente me espera mientras ellos, expuestos a la intemperie, sin techo, pasarán una noche más en «vaya usted a saber donde». Una mezcla indescriptible de impotencia, vergüenza ajena y culpabilidad me agobian por sentirme a salvo de tanta miseria mientras, en el exterior, empieza a llover copiosamente.

Actualmente, Etiopía ocupa el puesto 169 de un total de 177 países clasificados por su I.D.H. (índice de desarrollo humano) que, de alguna manera, expresa la riqueza y pobreza de las naciones. Todavía no se le ha ocurrido al ser humano desarrollado, un índice capaz de medir la cordialidad y amabilidad de los pueblos. De existir, los etíopes serían catapultados a los primeros puestos de la tabla, sin lugar a dudas. Bajo mi punto de vista, los países africanos ocuparían lugares preferentes en la clasificación lo cual me aboca a conclusiones quizás precipitadas como que el bienestar es inversamente proporcional a la cordialidad…

Con una expectativa de vida que roza los 45 años, Etiopía se nos presenta como un país de sorprendente pero artificial juventud. La ingente cantidad de niños de corta edad es propia de una película de ciencia ficción pero nada más lejos de la realidad. Nos impactará comprobar como esos niños, en la gran mayoría de las ocasiones, se conformarán con una sonrisa y un saludo lejano con la mano a modo de regalo. Nos incomodará la mendicidad constante, fruto de la necesidad. Hay que prepararse sicológicamente para visitar el país: paciencia y una mente abierta serán las claves pero evitando las debilidades propias de los occidentales que, para aliviar su conciencia, caen en la limosna fácil a cambio de nada. Esta siembra, improductiva y contraproducente, impulsará la mendicidad a costa del esfuerzo. Lalibela y Debark son dos lugares únicos en los cuales es muy sencillo cometer este error, donde el deseo de ayudar no debe ser irracional. Pan para hoy y hambre para mañana no benefician a nadie.

El día a día etíope es una constante supervivencia que nos planteará grandes incógnitas. ¿Cómo es posible sobrevivir a tanta hambruna? ¿Cómo es posible subsistir entre tanto caos y las carencias higiénicas más básicas? La agricultura domina el paisaje de al menos la mitad norte del país, no dejando ni un centímetro cultivable sin producir aunque no sea suficiente para la población en constante crecimiento. La inexistencia de políticas de natalidad, imposibles de implantar por otra parte sin solucionar previamente otras cuestiones todavía más básicas como la religión y el poder estatal, son vitales pero el país está terriblemente lejos de alcanzarlas. El teff, ese cereal de alto valor nutritivo, libre de gluten, rico en carbohidratos, fibra, minerales, proteínas y calcio, capaz de crecer en prácticamente cualquier terreno y circunstancia adversos, es el milagro que permite la vida bajo la apariencia de un pan ácido llamado enjera. La adaptación darwinista de las defensas humanas al entorno es, por otra parte, la respuesta a la carencia de higiene en la que nosotros, golosos occidentales, no aguantaríamos ni el primer asalto. Sin embargo todo el monte no es orégano y no mencionar a la catha edulis, más conocida como «khat» (pronúnciese: chat) sería pecar de falta de objetividad, de memoria o de ambos. Esta droga, de gran efectividad alucinógena, es consumida por la mayoría de los etíopes, algunos incluso antes de los catorce años y sirve tanto para olvidarse de la triste realidad del día a día como para quitar el hambre. Un manojo de la mejor calidad cuesta 10 birr (0,60€) en Awoday, auténtica meca mundial del khat, 50 birr (3€) al alcanzar Addis Abeba y muchos euros o dólares si consigue llegar a Europa o a los Estados Unidos.

Este país de infinitos paisajes de colores, de terrenos accidentados y de sorprendentes inmensidades es un país olvidado, una vergüenza más para el autodenominado primer mundo. ¿Hasta cuándo? ¿Para siempre quizás? Las cosas podrían estar cambiando y sino preguntémosles a las empresas chinas por qué están asfaltando tantos kilómetros de pistas… La respuesta se encuentra en las posibilidades económicas que puede encerrar este país como el petróleo oculto. Si los hipotéticos beneficios petrolíferos se comparten al menos al 50% entre chinos y etíopes puede que el país salga de ese fatídico 169º puesto del I.D.H. pero si esa riqueza no llegara finalmente al pueblo sería otro motivo de sonrojo para la comunidad internacional.

Hambruna, miseria, droga y muerte precoz se funden en un espectacular país, digno de ser disfrutado por sus peculiares paisajes, costumbres y gentes. Estos brutales contrastes nos provocarán sensaciones enfrentadas y contradictorias. Si no está dispuesto a asumirlas, diríjase a otro lugar pero, si lo está, prepárese para asombrarse ante un país virgen que vive en plena edad media, sin complejos y con muchas ganas de forjarse un futuro sostenible.





Namibia: cuando la realidad supera la ficción.

28 08 2008

Desde el aire © Miguel Ramo

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… y de repente uno se encuentra sobrevolando otro planeta sin recordar haber abandonado el propio.

Los colores, absolutamente irreales, se solapan los unos a los otros en una silenciosa guerra a través del espacio. Verdes extremos entran en competencia con rojos absolutos y sorprendentes violetas mientras los amarillos, ocres y marrones compiten entre sí por una parte del inmenso paisaje. Mientras tanto, el cielo, inmaculadamente azul, permanece ajeno a la contienda, observando la lucha fratricida desde su privilegiada posición.

El relieve propio del lugar no es ajeno a la lucha y aporta la base de la pintura. Planicies interminables que se convierten en montañas. Más planicies interminables que aparentemente optan por morir al borde del mar en un intento desesperado de llegar más lejos todavía. Incluso más planicies infinitas que se pierden en la lejanía intentando convencernos para que las sigamos y persigamos en un viaje hacia lo desconocido que se nos antoja fascinante en cualquier dirección.

Las texturas inóspitas en tierra adquieren vida propia desde el cielo. Esas arrugas y protuberancias son la piel de un gigante invisible que sospechamos podría ponerse en pie en cualquier instante. De momento permanece tumbado, fundido con el entorno, como si de un camaleón se tratase. Parece querer pasar inadvertido sin conseguirlo, permanecer agazapado para sorprendernos y hay que reconocer que lo consigue sin ni siquiera inmutarse.

La arena, sin lugar a dudas, es la gran soberana del lugar. Vaga a sus anchas por el país y se permite la libertad de cambiar el color de su manto de forma caprichosa, sin obedecer a nada ni a nadie. Es el poder en estado puro, la demostración de que, algo tan minúsculo y aparentemente insignificante, que incluso se nos escapa entre los dedos, crea las reglas de supervivencia y muerte del habitat natural y austero que nos maravilla. Rizándose con el viento o despeinándose por rachas, jugará consigo misma hasta conseguir formas arítmicas o simetrías perfectas, todo ello sin premeditación, dejándose llevar, flirteando con los elementos, haciendo infinitos guiños de complicidad a aquellos que miramos hipnotizados, sin poder controlar la baba que perla por las comisuras de nuestros labios.

Una vez alcanzado el atlántico, la costa se nos muestra con espectacularidad, con grandiosidad, alternando la nada con dunas a pie de agua, fauna entresacada de libros exóticos y paisajes abandonados que parecen haber sobrevivido milagrosamente a alguna hecatombe. La gran barrera natural es la única capaz de contener el paisaje desbordante para impedir que invada el resto del mundo.

Finalmente la inmensidad se pierde por el horizonte dejándonos un trasgusto agridulce, la excusa perfecta para volver una y otra vez a este fantástico país de los mil y un paisajes que es Namibia.





Sahara

22 05 2007

Ksar de Tafnidilt © Miguel Ramo

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«Sahara» en árabe o «desierto» en castellano es un concepto genérico. «Desierto del Sahara» es por lo tanto una redundancia que se usa habitualmente para hacer referencia al desierto más grande del mundo (algo más de 9 millones de kilómetros cuadrados) ubicado en el norte de África. Independientemente del desierto por el cual uno transite, sus arenas asustan y atraen simultáneamente; es un binomio indivisible que pone a prueba los sentimientos y las sensaciones. Personalmente, nada más adentrarme en ellas quedo hipnotizado, con consentimiento implícito, abandonándome irremediablemente a su fascinación. La reiteración de la ruta de los desiertos es una clara e inequívoca señal de atracción prácticamente indefinible. Recientemente, un buen amigo me preguntó por qué iba tantas veces al desierto si allí no había «nada» y, cuando pensé que me sobrarían argumentos, enmudecí. No sé si por abrumadora cantidad o por carencia absoluta de ellos pero no pude articular ni una sola frase coherente, al menos para él.

Marruecos, el país que no cesa de sorprender a propios y extraños, tiene la virtud de ser la bisagra del Sahara. Sus muchos kilómetros de desierto son embriagadores, alucinantes pero diferentes entre sí. Adentrarse en Merzouga y en Mhamid, dos zonas distantes pero similares, difieren por completo de las arenas que abarcan desde Tan Tan hasta Playa Blanca y más allá… En este último tramo, existe un lugar mágico que uno no debe ignorar, se trata del Ksar de Tafnidilt (WGS 84 : 38º 32’775N – 10º59’569). Uno de sus dueños, Daniel Costil, se empeña en que su ciudad fortaleza del desierto (ksar) sea un lugar apacible, sencillo y confortable en el que el viajero descanse como si llegara a su propia casa. Allí no se encontrará bullicio alguno, sólo unos pocos huéspedes, una restauración impecable (no en vano fue cocinero en la parisina estación ferroviaria de Lyon), unas acogedoras habitaciones en las que no sería de extrañar que descansase el propio Morfeo y unas vistas cautivadoras. Así mismo podremos disfrutar de la presencia de Magali Le Hérissé (una de las campeonas de la décima edición del trofeo Aïcha des Gazelles del año 2000) que nos dará sus consejos e incluso nos acompañará si lo deseamos para pilotar nuestros todoterreno con destreza y efectividad por las arenosas y pedregosas rutas circundantes. Después del merecido descanso y de la ingesta de fuerzas podremos proseguir nuestro camino.

La ruta serpentea hasta alcanzar el borde de la tierra y descubrirnos la meta soñada. Diversión y emoción sin límites hasta la mítica Playa Blanca. El descenso del acantilado es el sueño de todo aficionado al 4×4 con sus arenas que te empujan y retienen al mismo tiempo en un vertiginoso baile que dispara la adrenalina. Sus dunas pequeñas y grandes te acunan de aquí para allá mientras el vehículo se desliza hasta orillas del océano atlántico a una velocidad quizás impropia pero irrenunciable. La amplitud de la playa a lo largo y a lo ancho dejan boquiabiertos a todos. Los más osados se acercan al borde del agua a pesar del peligro de quedar atrapados, los prudentes se detienen a medio camino entre el todo y la nada pero cuantos vayan disfrutarán del lugar como niños. Al atardecer, la luz africana acunará a sus moradores con independencia de credos y razas y los sumergirá en un baño de placer y de paz.

¡Que la arena te acompañe en tu viaje y que disfrutes hasta de su último grano!

Inshallah…





La suerte del camino

1 03 2007

Hotel Tabarkat, M'hamid, Marruecos © Miguel Ramo

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Al final todos los caminos terminan en alguna parte aunque no seamos conscientes de ello. Lo importante, sin embargo, no es dónde acaban o dónde empiezan, sino la calidad del camino y el descanso al final del mismo.

Los afortunados conocedores del fantástico Marruecos, y me refiero a aquellos que han sabido salirse de los importantes núcleos turísticos, pueden ascender un nivel más en la escala de lo sorprendente, relajante y espectacular acudiendo a M’hamid, al sur profundo del país.

A 94 kilómetros de la cautivadora ciudad de Zagora, famosa por ser punto de partida hacia Tombuctú cuyo recorrido se realizaba en 52 días a lomo de dromedario, y siguiendo la única carretera asfaltada que conduce al sur, se llega al referido destino. El variopinto camino no dejará indiferente a nadie, alternando zonas desérticas con auténticos oasis de palmeras que, poco a poco, nos acercarán a ese punto final, donde termina el asfalto y empieza la arena dorada, la auténtica aventura marroquí. Es cierto que antes de empezar un reto tan importante, no en vano algunas etapas del Dakar pasan por aquí, es importante descansar para tomar fuerzas y proseguir.

Sin lugar a dudas una de las alternativas más recomendables, aún a riesgo de quedarse más tiempo del indispensable, es pernoctar en el Hotel Tabarkat, un kilómetro antes de llegar a M’hamid. La culpa de que el viajero no quiera irse es exclusivamente de sus dueños, Josep y Elisabet, que, con mucha voluntad, constancia y saber hacer, cuidan de sus huéspedes tratándoles como amigos en vez de clientes. La amabilidad, el confort, la paz y la buena mesa forman un cóctel dificilmente superable al que nadie puede resistirse. Sin querer desvelar las excelentes peculiaridades de este establecimiento, basta con decir que cuenta con auténticos lujos en pleno Sahara, como una gran piscina de agua dulce que actuará de bálsamo al final de una dura travesía. No es, por lo tanto, de extrañar que esta magnífica posada, en su más ancestral significado, se haya convertido en toda una referencia entre amantes del todoterreno, apasionados de naturalezas vírgenes y turistas atípicos.

Finalmente, y ciertamente a regañadientes, el infatigable aventurero sacará fuerzas de la razón para abandonar el Tabarkat y adentrarse en el desierto más grande del mundo donde admirará el esplendor cautivador de la nada, el principio del fin, donde uno puede encontrarse a sí mismo sin ni siquiera pretenderlo.





Africa: la experiencia.

7 01 2007

Olduvai © Miguel Ramo

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Si nunca ha estado en Africa no podrá creerme pero, si ya la ha visitado, asentirá sin remedio.

La experiencia de Africa es una de las más impresionantes que puede experimentarse. Nuestros cinco sentidos, normalmente aletargados y acomodados a una vida más o menos confortable, despiertan y nos sorprenden, como si, hasta ese momento, hubiesen funcionado a medio rendimiento. Si bien es cierto que el norte de Africa empieza en Marruecos y el Sur acaba en la República Surafricana las experiencias serán todas intensas aunque diferentes siendo la gran división inexistente el Africa negra del resto.

Africa misteriosa, bella, cautivadora, mágica y hechicera, donde los humanos no somos los animales más importantes de la creación sino los más insignificantes. Acostumbrados a vivir en nuestro entorno sintiendo que los zoos son unos reductos cercados, donde la fauna campa con más o menos en libertad pero no puede alcanzarnos, al visitar paises como Kenia o Tanzania nos damos enseguida cuenta que nosotros somos la especie que vive en el zoo, que los animales son la raza dominante y que nos toleran sin acosarnos demostrándonos su aspecto más civilizado. ¡Qué ironía más educativa! ¡Qué lección de humildad!

Siempre hay una primera vez para todo y cuando se alcanza Africa tiene más sentido que nunca. Sientes como si fueses parte de ella, como si nunca te hubieses ido aún no habiendo estado antes allí. Tu corazón late más fuerte, los pelos se erizan, sientes el olor del viento, tu mirada se agudiza y los sabores acuden a tu cerebro sin necesidad de comer. Muy a pesar mío no sé nada de genética pero, en esos momentos, tengo la completa seguridad que todos tenemos un gen marcado con la huella del nacimiento del hombre en la Tierra. Sentirse parte intrínseca de un lugar jamás visitado solo puede deberse a eso, sin querer ofender las creencias religiosas de cada individuo que posiblemente sentirán a su Dios en esa vivencia. Si queremos confirmar nuestra teoría podemos visitar la Garganta de Olduvai (en la foto) ubicada en el área de conservación del Ngorongoro al norte de Tanzania que, según los investigadores, sería la cuna de la raza humana. Nada más asomarnos a este enclave podremos experimentar una paramnesia irreal que nos electrizará casi con total seguridad.

Mis palabras son inútiles, no estoy a la altura de un artículo como éste y, siendo consciente de ello, solo puedo animar a quien lo lea a que viva en primera persona la fantástica experiencia africana que superará todas sus expectativas, sean las que sean.





El Moussem de Imilchil

22 07 2006

Boda durante el Moussem de Imilchil © Miguel Ramo

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Popularmente conocido bajo el nombre de ‘Las Bodas de Imilchil’ el ‘Moussem de Imilchil’ es un acontecimiento que se celebraba hasta el año 2002 una vez al año a finales de agosto o principios de septiembre, dependiendo de las fases lunares. Desde 2003, las autoridades han acordado que se celebren siempre la última semana del mes de agosto para facilitar la asistencia.

Imilchil [32º 09′ 18,0″ N – 5º 38′ 05,0″ W – Datum WGS84] es una pequeña localidad ubicada en el Medio-Atlas, en la provincia de Errachidia, a 118 kms al norte de Tinerhir. Muy cerca se encuentran los lagos Tislit e Islit, famosos por su belleza y por ser el equivalente bereber de la historia de amor imposible entre Romeo y Julieta en nuestra cultura. Tislit es el lago pequeño que representa a la mujer de la tribu ‘Ait Yaaza’ e Islit el lago grande que representa al hombre de la tribu ‘Ait Ibrahim’, mayor porque dicen que todavía lloró más que su amada cuando vió que su relación era inviable. El vocablo bereber Imilchil proviene de ‘Imi n Lkil’ que significa ‘puerta de aprovisionamiento’ puesto que ha servido y sirve de mercado de compra-venta e intercambio tanto de animales como de productos agrícolas y artesanía. Además de esta primera finalidad tambien ha servido como punto de encuentro para las las tribus ‘Ait Hdidou’ que, con jóvenes en edad de contraer matrimonio, proyectan uniones futuras. En la actualidad en el tercer y último día de la celebración del Moussem se casan con gran derroche de medios las familias más adineradas ante la presencia del gobernador de la provincia que preside la ceremonia.

En 2005 fueron 11 parejas las que contrajeron matrimonio simultáneamente en lo que se denomina Las Bodas de Imilchil pero que realmente se celebran a unos 18 kilómetros de distancia en una población minúscula denominada ‘Aït Amer’ [32º 05′ 01,0″ N – 5º 29′ 12,0″ W – Datum WGS84]. Asistir al Moussem de Imilchil es regresar en el tiempo y disfrutar de un fantástico espectáculo para los sentidos, una vivencia muy recomendable al viajero sediento de experiencias auténticas.








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