Machu Picchu: el lugar imposible.

16 06 2009

La ciudad perdida

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Inmiscuirse hasta alcanzar la ciudad perdida es una sensación contradictoria e inolvidable, comparable quizás a ver el mar o la nieve por primera vez en la vida. Sabemos de su existencia, es más que conocida a través de libros, revistas, documentales y la ingente cantidad de fotos que pululan por doquier pero su visión in situ supera cualquier expectativa. De nada sirve prepararnos para el impacto ni pensar que no nos inmutaremos; lo que tiene que ser será.

Una encrespada y serpenteante senda no exenta de peldaños se abre a nuestra izquierda al poco de traspasar las puertas del parque natural que la protege y, tras sufrir su ascenso, aparecen ante nosotros el paisaje de la inmensidad, la gloria inca en todo su esplendor y el poder hipnótico de un lugar imposible.

Emergiendo de entre las montañas escarpadas, rodeada de vegetación y aislada del mundo se alza la mítica ciudad cuya vida subyacente parece persistir a pesar del tiempo transcurrido y de las fantásticas ruinas que indican lo contrario. Es inevitable contemplar boquiabierto el espectáculo inconmensurable, su perfecta ubicación y la maravillosa locura de quienes decidieron su emplazamiento y edificación. Los estudios más serios y objetivos han revelado que alrededor de mil quinientas personas convivieron en algún momento en esta ciudad de otro mundo. El terrible esfuerzo e inevitable dolor que tuvieron que experimentarse para lograr esta tangible irrealidad impactan las retinas y sentidos de cuantos nos infiltramos por sus entrañas. Una mezcla de envidia, respeto y temor nos producirá un escalofrío vertebral que apenas conseguiremos o desearemos disimular.

De alguna manera, no se puede dejar de tener la sensación de estar violando un lugar sagrado y oculto de tantas miradas durante siglos pero el visitante se embriagará de sensaciones hasta rendirse y sentarse en sus magníficas terrazas, contemplar la perfección, imaginar la cotidianidad de este recóndito lugar, desear regresar a ese pasado que apenas somos capaces de imaginar, recrearse con sus leyendas y admirar el conocimiento de quienes sabían leer cielos y estrellas con la única ayuda de la naturaleza.

Si en algún momento existieron Dioses no habrían podido elegir un lugar mejor para morar eternamente.


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