La Antártida con nombre y apellidos.

20 11 2008

Josefina Castellví Piulachs, © Miguel Ramo

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J
osefina Castellví Piulachs, nacida en Barcelona en 1935, es oceanógrafa, bióloga marina, y la primera científica española que pisó la Antártida. Hace ahora veinte años, coordinó la instalación de la base antártica española «Juan Carlos I» en la isla Livingston dirigiéndola hasta 1994. Ya retirada de la vida activa disfrutamos de una breve charla con esta mujer pausada a la que se le encienden los ojos sin poder remediarlo en cuanto le nombramos el continente blanco.

– Se dice de usted que fue la primera científica española que pisó la Antártida pero ¿no sería todavía más correcto decir que fue la primera científica en hacerlo?

Ni lo uno ni lo otro es absolutamente cierto. En 1984 tres científicos españoles tuvimos la oportunidad de acceder a la Antártida invitados por Argentina. El jefe de misión era el profesor Antoni Ballester y le acompañamos dos mujeres: Marta Estrada y yo. Más tarde cuando ya teníamos instalada la Base Antártica Española Juan Carlos I, actué de Jefe de Base hasta 1994. Hasta años después no me enteré que, al parecer, había sido la primera mujer Jefe de Base. El hecho carece de importancia ya que el objetivo que pretendía alcanzar no era un record Guinness sino la consecución de abrir una nueva vía en la investigación científica antártica para España.

– Al margen de su condición de científica ¿le impulsó todavía más si cabe el espíritu pionero para atreverse a irse a la Antártida en la década de los 80?

Durante mi vida profesional he estado vinculada en varias ocasiones con la creación de nuevos grupos y nuevos proyectos. He de reconocer que los estadios primigenios que hay entre las ideas y la materialización de estas ideas me atraen profundamente. En esta fase los “deberes” se sustituyen por las “ilusiones”, no hay ni calendario ni horarios. Se viven profundamente todos los matices que más tarde formarán el proyecto propiamente dicho. Este espíritu fue el que me llevó a colaborar en el proyecto de la Antártida con su impulsor Antoni Ballester. La palabra “pionero” me causa un gran respeto y nunca la utilizo cuando hablo de nuestro grupo. Nosotros no fuimos pioneros, solo nos aprovechamos de las experiencia de los auténticos pioneros para aplicarla al objetivo científico que anhelábamos.

– En un terreno eminentemente dominado por hombres ¿se sintió más intimidada que admirada o fue al revés?

En la mayoría de campañas de las décadas de los 80 y 90 que yo realicé en la Antártida, fui la única mujer del grupo. Nunca me sentí ni intimidada ni admirada. Eramos un grupo (12 personas en general) que debíamos actuar de manera coordinada para conseguir nuestro objetivo. Cada uno teníamos defectos y habilidades que dosificábamos en pro del bien común. Aunque las decisiones finales las debía tomar la Jefe de Base, se hablaba mucho y en general llegábamos a un consenso de actuación. Si algún sentimiento puedo destacar es el de sentirme, en ciertas ocasiones, más protegida que el resto del equipo. Era evidente que yo era la mayor en edad y físicamente la más frágil. Mis compañeros eran conscientes que ciertos esfuerzos que para ellos eran usuales, para mi suponían un extra a veces difícilmente superable.

– ¿Fue en algún momento consciente de que estaba haciendo Historia?

Mientras estaba inmersa en la realización de la campaña, jamás tuve esta sensación. Mis preocupaciones eran múltiples y probablemente superaban mis capacidades, de manera que lo realmente importante era solucionar los múltiples problemas que se presentaban en el día a día. En cambio esta sensación afloraba el resto del año y, sobre todo, en las reuniones internacionales del Tratado Antártico y de las distintas comisiones antárticas que se celebran alrededor del mundo. España entró como miembro consultivo del Tratado Antártico (TA) en septiembre de 1988 y tenía que competir con países de gran tradición antártica. De manera que toda dedicación era poca.

– ¿Se sintió sola en alguna ocasión o, por el contrario, ese estado de ánimo no llegó a invadirla?

En la Antártida jamás me sentí sola. Todo lo contrario. A veces buscaba la soledad para descansar y aclarar las ideas. La campaña era larga y no se podía decaer. La verdadera soledad era en mi despacho de Madrid cuando regresaba de la campaña. Fue una época muy dura y que necesitaba de una dedicación mucho mayor de la que yo podía ofrecer.

– La idea de investigar en la Antártida fue originalmente del Profesor Antoni Ballester con el que usted colaboró en aquellos años. ¿Es cierto que la topografía que rodea la base «Juan Carlos I» cuenta con zonas que llevan sus propios nombres?

Si, es cierto

– ¿Qué buscan los científicos en la Antártida?

Se puede decir que los científicos trabajan en múltiples líneas que se pueden resumir en dos aspectos fundamentales, a saber:
a) El conocimiento de especies que viven en el territorio antártico y de los procesos que tienen lugar en los distintos ecosistemas terrestres y marinos y
b) El estudio de los registros de hielo en los cuales han quedado inscritos ciertos hechos que nos permiten interpretar eventos pretéritos que sufrió el Planeta Tierra en tiempos de escala geológica. Así se puede saber con todo detalle los múltiples cambios climáticos que han tenido lugar antes de ahora.

-¿En qué consisten los momentos de ocio en un lugar tan remoto y despoblado?

Había pocos momentos para el ocio ya que la mejora constante y el mantenimiento de la BAE así como la consecución de los trabajos que suponían los proyectos científicos llenaban completamente largas jornadas de trabajo. No obstante, procurábamos descansar un día a la semana que no siempre era el domingo ya que el tiempo meteorológico era el que realmente mandaba en la BAE. Si el domingo hacía un día bueno para ir a recoger muestras y pintar los módulos, se aprovechaba para el trabajo y se descansaba cualquier otro día de la semana. Había dos actividades de ocio que prevalecían entre los componentes del grupo. La una era ir andando hacia caleta argentina, donde había una pingüinera de papuas y pasar las horas contemplando el comportamiento de los animales. La otra era salir a la mar en zodiac y acercarnos lo más posible a los icebergs que quedaban fondeados en Bahía Sur. Esos gigantes de hielo son bellísimos vistos de cerca. Además, animales como focas y pingüinos los hacen servir de plataformas de descanso después de sus correrías en el mar.

– La Antártida es considerada Patrimonio de la Humanidad y, por lo tanto, un bien de todos. ¿Cree usted que el turismo, aún escrupulosamente controlado, debería prohibirse reservándose exclusivamente para la investigación científica?

La información científica que se está sacando de la Antártida es demasiado valuosa para que se deje perder con una mala utilización de su territorio. El creciente turismo que invade la Antártida cada verano austral, pone en peligro la preservación de ciertos lugares de alto interés científico. Por otro lado no es justo que una belleza tan espectacular como la de la Antártida sea únicamente privilegio de los científicos. La manera de conciliar ambos aspectos es el control de los comportamientos de los turistas mediante monitores con una sólida formación que sean verdaderos guardianes e informadores de los comportamientos a desarrollar.

– Bajo su punto de vista personal ¿cree usted que la Antártida podrá conservar su estado de independencia con respecto a los diferentes países que se la disputan con cada vez menos discreción?

Yo tengo la ilusión que la Antártida continuará siendo Patrimonio de la Humanidad y Continente para la ciencia, tal como propone el TA. En la historia de la humanidad es la primera vez que una serie de países se unen para procurar la protección ambiental de una zona del planeta, antes que esta sea degradada. Lo común es se hagan gestiones de protección cuando el ecosistema está en vías de extinción. Es lo que está ocurriendo con la Amazonía por ejemplo. A pesar de las incursiones turísticas y las históricas explotaciones animales, la Antártida se puede considerar como un territorio virgen que atesora un sin fin de información que permitirá aumentar el conocimiento científico de los procesos naturales.

– ¿Por qué han habido tan pocos años polares internacionales: 1882-1883, 1932-1933, 1957-1958 y 2007-2008? ¿Puede explicarnos en qué consisten?

En realidad los que se citan no han sido años polares sino años geofísicos internacionales. En 1957 La Unión Geofísica Internacional propuso el estudio científico del continente antártico y su zona de influencia. La propuesta tuvo una gran aceptación y este fue el comienzo del estudio científico de las zonas australes. Por supuesto y por razonas obvias, España se quedó fuera de este movimiento que, gracias a la acción del profesor Ballester, se pudo rescatar en la década de los años 80. Un año polar consiste en movilizar a la comunidad científica internacional para abordar conjuntamente proyectos científicos de gran envergadura. No supone en ningún momento una aportación económica. Es decir los proyectos de cada país o las partes alicuotas de proyectos internacionales deben ser financiados por los presupuestos generales del estado de cada país.

– Qué libro se llevaría usted a la Antártida si regresara como simple visitante?

Me llervaría un libro con las hojas en blanco, para poder escribir todas las impresiones y sentimientos que se despiertan en este impresionante lugar. Jamás he visto un paisaje tan austero y tan bello. Se diría que la Naturaleza ha querido hacer un ensayo de belleza con un mínimo de colores y un máximo de formas.

Muchas gracias por haber abierto puertas a siguientes generaciones de científicos y compartir con nosotros sus reflexiones.


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