Blanco infinito

25 12 2007

Iceberg © Miguel Ramo

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El ensordecedor ruido del Hércules C130 que me transporta desde Punta Arenas a la Base Chilena Frei de la Antártida me recuerda que ni el destino es convencional ni la forma de alcanzarlo tampoco. Solo hay dos formas de llegar: por mar o por avión y esta última ha sido mi elección. Renunciando a cruzar el mítico Cabo de Hornos he optado por volar al Continente Blanco aún a sabiendas que no se trata de un viaje de lujo. La adrenalina se dispara nada más subir al ruidoso coloso militar, el escalofrío se inicia al sobrevolar el indomable mar de Drake durante 150 eternos minutos y el vello se eriza al tocar la gravilla de la pista de aterrizaje en Bahía Fildes. Al descender por la escalerilla, el impacto con la tierra antártica corta la respiración azotando los rostros de los 44 intrépidos de esta expedición. La sensación de frío la produce más la emoción que la temperatura que supera los 5ºC. Los primeros pasos por la pista son inseguros y se dirigen a ninguna parte hasta que la organización del aero-crucero nos devuelve a la realidad.

El personal de la empresa chilena “Antártica XXI”, la primera y única en volar hasta la fecha al mítico destino blanco, se hace cargo inmediatamente de la situación. Emprendemos nuestra primera marcha a través de la nieve, inesperadamente copiosa durante esta primavera, hasta alcanzar la Villa de Las Estrellas, poblada por tan solo 39 habitantes, y más concretamente uno de los barracones de acogida de la Base Presidente Eduardo Frei. Tras las primeras consignas, entrega de botas y avituallamiento, subimos a las zodiacs que nos acercan a gran velocidad al “Grigori Mikheev” que será nuestro buque-hogar durante los próximos seis días. Sorprende la buena y estudiada organización y lo sencillo que todo parece a bordo, haciéndonos olvidar la dureza intrínseca del destino elegido. Las medidas de seguridad prevalecen sobre todo lo demás y el confort y libertad de maniobra a bordo hacen presagiar unos días de expedición muy placenteros.

Empieza el viaje, empiezan los desembarcos y sus caminatas, los paisajes infinitos cuyo silencio solo rompe el ruido de nuestras botas al dejar huellas frescas sobre el manto blanco. La fauna entre la que paseamos con humildad y respeto demuestra tanta curiosidad por nosotros como nosotros por sus habitantes autóctonos. Los pingüinos se acercan sin miedo y con curiosidad para investigar nuestro extraño comportamiento. Las focas, los elefantes marinos y las diferentes aves parecen contemplarnos con la misma reciprocidad que todos demostramos los unos hacia los otros. Los glaciares, los témpanos de hielo y sus paisajes esculpidos caprichosamente por el frío suceden a los avistamientos inesperados y las numerosas sensaciones que solo pueden vivirse alrededor de los 65º de latitud sur. Nombres míticos desfilan durante nuestro recorrido: Bahía Paraíso, Port Lokroy, la isla de la Media Luna, Hannah Point en Bahía Walker, las Islas Decepción, Petermann y Cuverville, el Canal Lemaire, el Estrecho de Bransfield y sus agitadas aguas… Seis días con sus cinco noches blancas perfectamente orquestadas para disfrutar en todo momento y hacernos olvidar nuestra contemporaneidad. Me siento teletransportado a otro espacio-tiempo donde el ser humano es insignificante salvo por esos héroes míticos Shakelton, Scott y Amundsen cuyas hazañas intuyo realmente por primera vez.

Ciertamente al optar por este destino se comprueba como todos sus pasajeros se mueven por inquietudes similares independientemente de su nacionalidad. El buque se parece al arca de Noé debido a la gran cantidad de idiomas hablados a bordo: español, inglés, francés, holandés, japonés, lituano, ruso, … pero todos tenemos en común la observación de la fauna sin interferirla en ningún momento con el más absoluto respeto y la pasión por la expedición a través de esos inmensos paisajes alejados de la civilización. Las horas y los días se suceden más rápidamente de lo que uno quisiera y, poco a poco, la tripulación, los organizadores y los pasajeros van entremezclándose sin proponérselo hasta convertirse en una gran familia en la que prevalece una extraña y cómplice simbiosis.

No sería justo destacar solo la belleza del viaje y sus ingredientes sin mencionar explícitamente el escrupuloso seguimiento que todos hacemos de las reglas de obligado cumplimiento. La Antártida no tiene país soberano que la gobierne, es tierra de nadie y tierra de todos pero el sentido común parece triunfar en este recóndito lugar. Está prohibido fumar, los recuerdos físicos no deben salir del continente, ya sea una piedra o una pluma de ave caída en el suelo, y nadie intenta transgredir las normas, quizás porque todos sabemos donde estamos y lo que ello implica. Tras cada desembarco la limpieza es exhaustiva al regresar al buque, limpiándonos las botas con cepillos, agua y un desinfectante químico que impedirán el traslado de suciedad y bacterias de un lugar a otro, garantizando nuestra no intervención en el medio.

Nuestros recuerdos quedarán grabados en nuestras retinas, en nuestras cámaras y en nuestros corazones, para siempre. No hay otro destino igual, no hay otra sensación igual, ni la imaginación es capaz de superar a la realidad. Vivir la experiencia más singular de nuestro planeta está en sus manos; no la deje pasar.

[Nota: mi más sincero agradecimiento a todo el personal que hizo posible este sueño desde el personal directivo, pasando por nuestros organizadores, cuidadores y conferenciantes (Diana, Gabriel, Sebastián, Shoshanah y Nico) y todos aquellos que, en el anonimato, trabajaron impecablemente para hacer de nuestro viaje antártico una experiencia inolvidable.]


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