Sahara

22 05 2007

Ksar de Tafnidilt © Miguel Ramo

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«Sahara» en árabe o «desierto» en castellano es un concepto genérico. «Desierto del Sahara» es por lo tanto una redundancia que se usa habitualmente para hacer referencia al desierto más grande del mundo (algo más de 9 millones de kilómetros cuadrados) ubicado en el norte de África. Independientemente del desierto por el cual uno transite, sus arenas asustan y atraen simultáneamente; es un binomio indivisible que pone a prueba los sentimientos y las sensaciones. Personalmente, nada más adentrarme en ellas quedo hipnotizado, con consentimiento implícito, abandonándome irremediablemente a su fascinación. La reiteración de la ruta de los desiertos es una clara e inequívoca señal de atracción prácticamente indefinible. Recientemente, un buen amigo me preguntó por qué iba tantas veces al desierto si allí no había «nada» y, cuando pensé que me sobrarían argumentos, enmudecí. No sé si por abrumadora cantidad o por carencia absoluta de ellos pero no pude articular ni una sola frase coherente, al menos para él.

Marruecos, el país que no cesa de sorprender a propios y extraños, tiene la virtud de ser la bisagra del Sahara. Sus muchos kilómetros de desierto son embriagadores, alucinantes pero diferentes entre sí. Adentrarse en Merzouga y en Mhamid, dos zonas distantes pero similares, difieren por completo de las arenas que abarcan desde Tan Tan hasta Playa Blanca y más allá… En este último tramo, existe un lugar mágico que uno no debe ignorar, se trata del Ksar de Tafnidilt (WGS 84 : 38º 32’775N – 10º59’569). Uno de sus dueños, Daniel Costil, se empeña en que su ciudad fortaleza del desierto (ksar) sea un lugar apacible, sencillo y confortable en el que el viajero descanse como si llegara a su propia casa. Allí no se encontrará bullicio alguno, sólo unos pocos huéspedes, una restauración impecable (no en vano fue cocinero en la parisina estación ferroviaria de Lyon), unas acogedoras habitaciones en las que no sería de extrañar que descansase el propio Morfeo y unas vistas cautivadoras. Así mismo podremos disfrutar de la presencia de Magali Le Hérissé (una de las campeonas de la décima edición del trofeo Aïcha des Gazelles del año 2000) que nos dará sus consejos e incluso nos acompañará si lo deseamos para pilotar nuestros todoterreno con destreza y efectividad por las arenosas y pedregosas rutas circundantes. Después del merecido descanso y de la ingesta de fuerzas podremos proseguir nuestro camino.

La ruta serpentea hasta alcanzar el borde de la tierra y descubrirnos la meta soñada. Diversión y emoción sin límites hasta la mítica Playa Blanca. El descenso del acantilado es el sueño de todo aficionado al 4×4 con sus arenas que te empujan y retienen al mismo tiempo en un vertiginoso baile que dispara la adrenalina. Sus dunas pequeñas y grandes te acunan de aquí para allá mientras el vehículo se desliza hasta orillas del océano atlántico a una velocidad quizás impropia pero irrenunciable. La amplitud de la playa a lo largo y a lo ancho dejan boquiabiertos a todos. Los más osados se acercan al borde del agua a pesar del peligro de quedar atrapados, los prudentes se detienen a medio camino entre el todo y la nada pero cuantos vayan disfrutarán del lugar como niños. Al atardecer, la luz africana acunará a sus moradores con independencia de credos y razas y los sumergirá en un baño de placer y de paz.

¡Que la arena te acompañe en tu viaje y que disfrutes hasta de su último grano!

Inshallah…


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