Sumobeya

6 03 2007

Escuela de Sumo © Miguel Ramo

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Sentado en el suelo de madera de una tarima elevada de Kokonoebeya, (escuela Kokonoe de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Takasago) tuve la inconsciente osadía de acercarme demasiado a la zona de entrenamiento, lo suficiente como para ser amonestado. Evidentemente no estaba invadiendo la zona sensible de la escuela y, por supuesto, el maestro tampoco se rebajó, dirigiéndose directamente a mi. En su lugar me ignoró por completo, miró al lado opuesto al que me encontraba y usó de intermediario a uno de sus alumnos que, en perfecto japonés me dijo, en voz baja y con la cabeza agachada sin mirarme en ningún momento, que me retirara hacia atrás. Afortunadamente para mi, hizo un gesto inequívoco con ambas manos porque sino todavía estaría preguntándome qué se suponía que trataba de hacerme comprender. No sé realmente si el maestro eligió concienzudamente al alumno encargado de reprenderme o si fue totalmente aleatorio pero, en cualquier caso, yo lo interpreté como un castigo adicional al enorme cachete que le había propinado minutos antes por no hacer correctamente las cosas.

Los alumnos de Sumo sufren durante sus largas y cansinas sesiones de entrenamiento diarias o al menos padecen de acuerdo con nuestros parámetros occidentales. Es impresionante comprobar cómo estos pesos pesados pueden abrir sus piernas en un gigantesco abanico de 180 grados, levantándolas a la altura de sus cabezas mientras se inclinan hacia uno u otro lado, golpeando finalmente con aplomo el suelo de arena al descender sus moles sobre la superficie humedecida. El ritual parece no tener fin hasta que, un gesto desapercibido para los no iniciados, pone término al mismo. Hasta ese momento siguen y siguen, sin prisas, machacónamente, sin pausas, con medida lentitud e impresionante fuerza y destreza. Posteriormente se suceden distintos ejercicios hasta que se pasa a la rueda de los enfrentamientos vis a vis que se disputan en un dohyo (ring) de 4,55 metros de diámetro, grande desde dentro, minúsculo desde fuera.

Dejando atrás Kokonoebeya me invitan a un entrenamiento formal en Sadogatakebeya (escuela Sadogatake de Sumo de Tokio perteneciente al grupo Nishonoseki). Esta escuela cuenta al menos con dos expertos rikishi (término que se refiere a cualquier luchador de sumo pero que debe traducirse literalmente por ‘hombre fuerte’): Kotomitsuki (un forzudo sekiwake japonés de 158 kilos) y Kotooshu (un impresionante y popular ozeki búlgaro de 152 kilos que apasiona a los japoneses). Tan pronto se enfrentan ambos me doy cuenta de la diferencia de talla entre ambas ‘heya’ (edificio usado como casa y lugar de entrenamiento de los rikishi y, en la práctica, sinónimo de escuela de sumo), siendo la primera mucho más modesta que la segunda, un concepto que solo tiene sentido para los occidentales y absolutamente absurdo para los nipones.

El entrenamiento es agotador para todos, tanto para los protagonistas como para los asistentes. Las reglas para estos últimos son simples en todo momento: si nos movemos demasiado, si nos incorporamos del suelo o si respiramos demasiado ruidosamente seremos expulsados del recinto, sin contemplaciones. Cada vez que mi cámara dispara, le suplico mentalmente a los dioses que el ruido ambiental cubra el ruido metálico de la cortinilla so pena de ser invitado a abandonar irremediablemente la sala. Quiero ser invisible pero no domino la técnica.

Es cierto que hay cada vez más luchadores de Sumo extranjeros en Japón y Kotooshu sería un buen ejemplo de esta tendencia. Inicialmente puede parecer complejo que un extranjero tenga que aprender japonés para practicar este deporte doctrinal sin embargo la realidad es muy distinta. No hay ninguna diferencia entre un japonés y un no japonés puesto que el maestro nunca explica lo que hay que hacer. Los alumnos aprenden porque imitan a los más veteranos, nadie habla, nadie dice en qué consiste esto del sumo: frustrante sin lugar a dudas. Si no se hace correctamente lo que se supone que hay que hacer, sea lo que sea, se recibe un cachete o un varazo. El alumno mantendrá la cabeza agachada en señal de humildad extrema y se atreverá como mucho a confirmar con la cabeza, susurreando un inaudible ‘hai’ o asentimiento que podríamos traducir por ‘sí’. En algunas raras ocasiones el maestro ‘dialogará’ con el alumno indicándole sus lagunas pero éste, de nuevo, se limitará a asentir servilmente. Quizás más adelante, hablar japonés pueda revelarse útil pero más para comprar el periódico que para perfeccionar la lucha.

Ciertamente el peso es una característica fundamental del Sumo motivo por el cual el rikishi come y duerme siguiendo un patrón de comportamiento absolutamente desconcertante que garantizará una rápida y permanente ganancia de peso. Sin embargo, y a diferencia de lo que puede parecer a primera vista, la técnica se confirma tan importante o más cuando se tiene la oportunidad de comprobar como alguien mucho más pequeño agarra con destreza el mawashi (cinturón) de su adversario o es capaz de desplazar o desequilibrar a su contrincante coloso, simplemente aprovechando las enormes inercias que se crean durante los enfrentamientos. Una vez más, el espíritu japonés se impone por aplastante lógica, si el atento lector me permite un poco elaborado juego de palabras que contrasta con la inteligencia de este impactante arte marcial que no deporte.


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