Made in China

1 10 2006

Zarpazo chino © Miguel Ramo

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China es el país de los mayores contrastes que se pueden experimentar en la faz de la tierra en pleno inicio del tercer milenio. A caballo entre el comunismo y el popularismo, intenta salir de su anterior condición para integrarse, con un éxito hasta el momento discutible, en el occidentalismo al que aspira entre susurros.

A falta de dos escasos años para que den comienzo los Juegos Olímpicos de Beijing, las principales preocupaciones del gobierno siguen siendo mentalizar a la población que escupir en el suelo no está socialmente bien visto fuera de China y que, sin saber al menos inglés, el país no está preparado para ningún acontecimiento de esa envergadura aunque, por razones obvias, no se reconozca públicamente. Seguramente cuando veamos la ceremonia de apertura en televisión, todo nos parecerá perfecto. Sin embargo mucho habrá tenido que cambiar la sociedad para que los taxistas entiendan dónde queremos ir y podamos comer lo que deseemos porque actualmente, en la gran mayoría de los restaurantes, sigue siendo imposible pedir una simple cerveza. La educación es otra de las asignaturas pendientes a no confundir con los usos y costumbres que deben prevalecer en cualquier parte del planeta. La falta de respeto al espacio vital de cada persona resulta, y muy en particular a las mujeres, insoportable en algunas ocasiones sobre todo cuando uno se siente observado a cortísima distancia y por todos los costados sin el más mínimo disimulo. Es cierto que los occidentales siguen despertando la curiosidad de la población china, más cuanto más alejados se encuentren de las grandes ciudades pero el comportamiento hacia los extranjeros, en algunos casos, roza lo estríctamente tolerable provocando situaciones altamente incómodas y violentas. Las mayores injusticias se producen cuando se generalizan las afirmaciones pero la falta de educación, aún teniendo en cuenta los hábitos autóctonos, es realmente manifiesta. Además del ya mencionado y aceptado escupitajo, los empujones son frecuentes pero se aceptan como parte de la existencia misma, las señales de tráfico son meros adornos urbanos, se sigue hablando a voz en grito en la mayoría de las circunstancias y la gente se cruza en tu camino aunque estés apuntando tu cámara en esa dirección o puedas caerte por la premura. En cuanto a la limpieza general reinante es manifiesta y globalmente insuficiente se vaya donde se vaya y las escasas excepciones confirman la regla.

A pesar de todos los pesares China es un gran país y no solo por referencia a su extensión, la cuarta mayor del mundo después de Rusia, Canadá y Estados Unidos. La grandeza de China radica en su imparable industria multisectorial, su diversidad étnica y sobre todo en la espectacularidad de algunos de sus paisajes más emblemáticos entre los que pueden contarse Guilin o el más recóndito y desconocido Wulingyuan (distrito de la población de Zhangjiajie). Ciertamente la antigua cultura China ha establecido algunas bases vitales que han permitido al mundo ser hoy en día lo que es. El goce y disfrute cultural al visitar el país están garantizados se vaya donde se vaya y, por solo citar uno de ellos, el emblemático Xian marcará nuestra retina para siempre al contemplar el famoso y espectacular ejército de guerreros de terracota.

La rivalidad entre ciudades es patente cuando comparamos Shanghai y Hong-Kong. El edificio más alto o la iluminación más espectacular van alternándose cada pocos meses en ese ranking silencioso pero manifiesto. Nadie lo reconoce pero el orgullo local es importante y, de hecho, es un factor motivador al estilo capitalista. Sin embargo no podemos olvidar que los contrastes también son palpables en este caso si tenemos en cuenta que los hongkoneses no se sienten realmente chinos, se sienten diferentes por lo ya comentado, por el hecho de haber sido colonia británica durante más de un siglo y medio (29/08/1842 – 01/07/1997) y por tener una de las rentas per cápita más altas del mundo. La moratoria de 50 años pactada entre el gobierno local e independiente de Hong-Kong y el gobierno central chino pretende formalmente permitir al resto de China equipararse con el flamante y boyante Hong-Kong pero las diferencias no podrán ser limadas en tan poco tiempo, al menos parece poco probable dadas las circunstancias.

Napoleón dijo una vez: “Cuando China despierte, el mundo temblará” y eso ya está ocurriendo. Algo más de 1.300 millones de personas hacen de este país un país poderoso, que se sabe poderoso, sobre todo después del desmantelamiento de la Unión Soviética y, aunque se suele estar de acuerdo en que históricamente China es una nación que mira hacia adentro, y que no es dada a la expansión agresiva, no es menos cierto que hay muchas maneras de expandirse. Actualmente los chinos son los fabricantes del mundo habiendo creado marca propia sin pretenderlo, véase la etiqueta ‘Made in China’ en los artículos más insospechados como por ejemplo, las genuinas pelotas de beisbol norteamericanas. Dominan el mercado internacional de la producción a bajo coste (en muchas ocasiones ligado al de la baja calidad) y ésto puede llegar a convertirse en una auténtica pesadilla para los mercados nacionales de occidente que no pueden competir promoviendo, en sonadas ocasiones, algunas leyes para proteger su supervivencia y, en otras, una auténtica sensación de entrega a la realidad de los acontecimientos.

Hóng Lóng, el Dragón Rojo, se conoce en La Tierra por el nombre de China y sus descendientes en Los Cielos por el de Taikonautas. Napoleón se quedó corto.


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