Mechifla, Chefchaouen, Marruecos.

10 12 2009

La tienda de Mechifla en Chaouen.

Ahmed Ben Jouba es una de los personas más conocidas por los ciudadanos de Chefchaouen y, sin riesgo a cometer ninguna equivocación, también por todos aquellos que suelen frecuentar esta fantástica población ubicada al norte de Marruecos. Es el orgulloso propietario de “La tienda de Mechifla”, porque así se llama oficialmente, un negocio muy familiar ubicado cerca de la Alkasaba, en pleno centro de la población.

(P)regunta: ¿Qué tal estás, Ahmed?
(A)hmed: ¡Hóla macho! ¿Qué tal majete? ¡Cuánto tiempo sin verte!

La memoria de Ahmed es increíble, su gigantesca sonrisa es eterna y desborda simpatía, su principal rasgo. Aunque su familia es originaria de Tata, una pequeña población al sur del país que linda con el Sahara, nació en Chefchaouen, más conocida como Chaouen, en 1961. Heredó su negocio de su padre quién a su vez lo heredó del suyo. Se siente muy orgulloso de su familia y de la tienda que abrió su abuelo en 1956.

P: Son ya tres generaciones al cargo de la tienda. ¿Tus hijos seguirán el negocio familiar?
A: Mis hijas siguen estudiando pero sí, mi hijo Mustafa será la cuarta generación, ¡inshallah! (si Dios quiere)
P: ¿Qué vendes en tu tienda, Ahmed?
A: Ropa, alfombras, fósiles, cualquier cosa y vendemos una sonrisa ancha también… ¡Qué cachondo! ¡Cachondo mental!
Entran unos turistas con los comentarios típicos:
- Mira, ven, eso es lo que me encantaría para mi salón…
Automáticamente Ahmed se dirige en voz alta hacia ellos:
A: ¿Te gusta maja? A mi me chifla, a mi me encanta, a mi me alucina, a mi me priva, a mi me fascina, a mi me flipa…
Los turistas no pueden contener la risa y, sin poder remediarlo, siguen fisgoneando por la tienda disimulando como pueden las carcajadas.
Ahmed se gira de nuevo hacia mi y, como si no hubiera pasado nada, me dice:
A: ¿Sabes donde aprendí esas palabras?
Sin esperar respuesta añade:
A: ¡En el libro gordo de Peteeeete!
Y sin parar de hablar dice:
A: A mi me chifla vender y a ti te alucina comprar y cuando compres algo el papel y la bolsa los regalamos…
P: ¿Qué es para ti el regateo?
A: El regateo es algo normal para todos los marroquis y para mi también, claro. Es necesario, obligatorio por costumbre, hace parte de nuestras vidas. ¡Vaya, vaya, vaya, bocata de caballa!
P: ¿Y el precio? ¿Siempre es el mismo para todo el mundo?
A: Bueno, hay un precio para los de aquí y otro para los turistas, es normal, pero siempre hago una rebaja cojonuda… ¡Alucina, vecina!
P: Ya pero ¿el precio es el mismo según la nacionalidad?
A: Hacemos un buen precio a nuestros vecinos, los españoles, los catalanes, los vascos, … Los precios son un poquiiito diferentes para los franceses, los portugueses, los alemanes, los ingleses… (se ríe con maliciosa intención)
P: ¿Qué quieres decir con eso? ¿Son malos?
Le incomoda la pregunta pero, con la naturalidad de siempre y con la sicología de gentes hiper desarrollada, contesta por reflejo:
A: ¡Pero quéeeeee dices! Todos los precios son siempre fabulosos, maravillosos, preciosos, gaseosos. Y ahora que hay crisis las rebajas son flipantes… A mi me encantan, me alucinan…
P: ¿Cuántos idiomas hablas?
A: Español, francés, árabe y por los codos… ¡¡¡Me chifla vender y a ti te encanta comprar!!!
P: Y hablando de crisis ¿se nota en Chaouen?
A: En Chaouen no hay crisis porque se gana poco pero se vende mucho y sus habitantes se esfuerzan con los turistas.
P: Oye Ahmed, veo muchos trilobites y fósiles de todo tipo por aquí. ¿Son falsos o auténticos?
A: Tenemos de todo: auténticos y falsos; los precios son muy diferentes.
P: ¿Y por qué tener falsos? ¿No es eso un engaño?
A: ¡¡¡Nooooo!!! Tengo falsos porque hay gente que solo quiere algo bonito sin pagar demasiado dinero. Siempre digo cuando es falso y cuando es verdadero; nunca engaño, solo vendo lo que la gente me pide. ¡Alucina, vecina!
P: ¿Qué religión se practica en Chaouen?
A: La musulmana, solo la musulmana, aquí somos todos musulmanes.
P: Y siendo musulmán ¿mientes mucho para vender?
A: ¡Qué cachondo, cachondo mental! Yo solo gasto bromas pero nunca miento. Hago rebajas cojonudas y si compras algo, el papel y la bolsa los regalamos… ¡A mi me flipa, a mi me…!
P: Venga dime la verdad, Ahmed, ¿cuántas veces has mentido durante esta corta entrevista?
A: ¡¡¡Ya te lo he dicho, fabuloso, maravilloso, gaseoso,…!!! Ni una vez, soy un hombre de palabra. ¡¡¡A mi me alucina, a mi me priva, a mi me fascina, a mi me chifla!!!
P: Y para finalizar ¿quieres decirles algo a los españoles?
A: Que Chaouen es un sitio muy bueno, la vida es muy barata, los hoteles y la comida son muy baratos, es un sitio fenomenal. ¡¡¡Vaya vaya vaya, bocata de caballa!!!

Ahmed es un sicólogo de pies a cabeza. Tiene la frase justa en el momento adecuado y sus frases hechas y repetidas hasta la saciedad no son fruto de la casualidad. Envuelve sus argumentos con una capa gruesa de sonrisas con el fin de crear el clima adecuado. Se compre o no en la tienda de Mechifla merece la pena la (obligatoria) visita. Es la mejor manera de empezar el día, nos levantará la moral, nos arrancará al menos unas risas y seguiremos nuestro camino con energías renovadas, las que él emana con enorme naturalidad.

Un secreto: es casi imposible salir sin comprar, al menos un servidor nunca lo ha conseguido….





La Amazonia: allí donde la lluvia no alcanza el suelo.

26 06 2009

Árbol del bosque primario

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La Amazonia es un lugar tan extenso como los EEUU aunque no seamos conscientes de ello incluso inmersos en sus profundidades y su caprichoso clima es totalmente impredecible y singular. Las impresionantes inundaciones han azotado prácticamente toda la región en 2009, algo que ni los más ancianos del lugar recuerdan. A finales de la época de lluvias, desde finales de mayo hasta principios de junio, éstas parecen no querer despedirse definitivamente, en una extraña mezcla de añoranza y cabezonería.

El río Amazonas es inmenso se le mire por donde se le mire, ostentando el título de más caudaloso del planeta, con distancias entre orillas que, en algunas ubicaciones, superan los 50 kms y en su desembocadura alcanzan los 330 kms. Sus aguas turbias, similares a un enorme batido de chocolate, pueden ser letales si se ingieren, a diferencia de la de sus afluentes mucho más oscuras e inocuas.

Amazonia (fuente: wikipedia)

Amazonia (fuente: wikipedia)

Donde hay agua hay vida y en la Amazonia esta afirmación cobra más fuerza, si cabe, que en cualquier otro lugar. La vida, infinita, se manifiesta en todas partes con una diversidad y frondosidad que marca la retina de sus insignificantes visitantes: flora y fauna sin fin. Caimanes, perezosos, monos, anacondas, delfines, aves, insectos y tantos animales cuya existencia ni sospechamos se dan cita en este inabarcable territorio. El pulmón del planeta vive de día y vibra de noche en un fantástico equilibrio cuyo silencio solo es interrumpido por los sonidos propios de la selva.

Conocer este peculiar mundo comienza a ser una realidad cuando nos adentramos a pie por sus tierras abarrotadas de tupida vegetación que, en algunas ocasiones, es preciso fracturar a golpe de machete con el único fin de seguir avanzando. Caminar es una trepidante experiencia donde los sonidos, la vegetación, el agua y los animales se entremezclan con el sudor y el esfuerzo de aquellos que deciden recorrer sus sendas, engullendo a aquellos que se aventuran en su inmensidad.

La lluvia es una genuina experiencia en la selva tropical. La vegetación puede llegar a ser tan tupida que oiremos las gotas de agua golpear la arbolada sin mojarnos. Pasado un tiempo inusitadamente largo encontrarán el camino hasta el suelo y despertaremos de nuestra atónita e hipnótica espera. Es fascinante comprobar como los hechos más cotidianos adquieren otra dimensión en este macromundo autosuficiente.

Al salir de este amalgama, un recorrido en canoa nos dará una visión global del laberinto de ríos y afluentes que se entremezclan por todas partes en lo que genéricamente solemos denominar Amazonas. Este inmenso puzzle salpicado de vida nos concienciará inevitablemente de nuestro diminuto tamaño y de nuestra intrascendencia sobre todo si, durante nuestro deambular, el agua hace su aparición en forma de tromba tropical y le sucede un sol asfixiante que evapore instantáneamente nuestra ropa empapada.

La Amazonia es exultante hasta límites insospechados pero la grandeza de este impresionante lugar solo se manifestará a los amantes de la naturaleza virgen en su estado puro, a aquellos que no pongan límites a lo que la vida ofrece y a aquellos que quieran seguir aprendiendo, descubriendo y disfrutando. A todos los demás, el impacto puede afectarles hasta donde ni ellos mismos se atreven a imaginar. En cualquier caso, la indiferencia no tiene cabida en este paraíso terrestre.





Machu Picchu: el lugar imposible.

16 06 2009

La ciudad perdida

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Inmiscuirse hasta alcanzar la ciudad perdida es una sensación contradictoria e inolvidable, comparable quizás a ver el mar o la nieve por primera vez en la vida. Sabemos de su existencia, es más que conocida a través de libros, revistas, documentales y la ingente cantidad de fotos que pululan por doquier pero su visión in situ supera cualquier expectativa. De nada sirve prepararnos para el impacto ni pensar que no nos inmutaremos; lo que tiene que ser será.

Una encrespada y serpenteante senda no exenta de peldaños se abre a nuestra izquierda al poco de traspasar las puertas del parque natural que la protege y, tras sufrir su ascenso, aparecen ante nosotros el paisaje de la inmensidad, la gloria inca en todo su esplendor y el poder hipnótico de un lugar imposible.

Emergiendo de entre las montañas escarpadas, rodeada de vegetación y aislada del mundo se alza la mítica ciudad cuya vida subyacente parece persistir a pesar del tiempo transcurrido y de las fantásticas ruinas que indican lo contrario. Es inevitable contemplar boquiabierto el espectáculo inconmensurable, su perfecta ubicación y la maravillosa locura de quienes decidieron su emplazamiento y edificación. Los estudios más serios y objetivos han revelado que alrededor de mil quinientas personas convivieron en algún momento en esta ciudad de otro mundo. El terrible esfuerzo e inevitable dolor que tuvieron que experimentarse para lograr esta tangible irrealidad impactan las retinas y sentidos de cuantos nos infiltramos por sus entrañas. Una mezcla de envidia, respeto y temor nos producirá un escalofrío vertebral que apenas conseguiremos o desearemos disimular.

De alguna manera, no se puede dejar de tener la sensación de estar violando un lugar sagrado y oculto de tantas miradas durante siglos pero el visitante se embriagará de sensaciones hasta rendirse y sentarse en sus magníficas terrazas, contemplar la perfección, imaginar la cotidianidad de este recóndito lugar, desear regresar a ese pasado que apenas somos capaces de imaginar, recrearse con sus leyendas y admirar el conocimiento de quienes sabían leer cielos y estrellas con la única ayuda de la naturaleza.

Si en algún momento existieron Dioses no habrían podido elegir un lugar mejor para morar eternamente.





La Antártida con nombre y apellidos.

20 11 2008

Josefina Castellví Piulachs, © Miguel Ramo

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J
osefina Castellví Piulachs, nacida en Barcelona en 1935, es oceanógrafa, bióloga marina, y la primera científica española que pisó la Antártida. Hace ahora veinte años, coordinó la instalación de la base antártica española «Juan Carlos I» en la isla Livingston dirigiéndola hasta 1994. Ya retirada de la vida activa disfrutamos de una breve charla con esta mujer pausada a la que se le encienden los ojos sin poder remediarlo en cuanto le nombramos el continente blanco.

- Se dice de usted que fue la primera científica española que pisó la Antártida pero ¿no sería todavía más correcto decir que fue la primera científica en hacerlo?

Ni lo uno ni lo otro es absolutamente cierto. En 1984 tres científicos españoles tuvimos la oportunidad de acceder a la Antártida invitados por Argentina. El jefe de misión era el profesor Antoni Ballester y le acompañamos dos mujeres: Marta Estrada y yo. Más tarde cuando ya teníamos instalada la Base Antártica Española Juan Carlos I, actué de Jefe de Base hasta 1994. Hasta años después no me enteré que, al parecer, había sido la primera mujer Jefe de Base. El hecho carece de importancia ya que el objetivo que pretendía alcanzar no era un record Guinness sino la consecución de abrir una nueva vía en la investigación científica antártica para España.

- Al margen de su condición de científica ¿le impulsó todavía más si cabe el espíritu pionero para atreverse a irse a la Antártida en la década de los 80?

Durante mi vida profesional he estado vinculada en varias ocasiones con la creación de nuevos grupos y nuevos proyectos. He de reconocer que los estadios primigenios que hay entre las ideas y la materialización de estas ideas me atraen profundamente. En esta fase los “deberes” se sustituyen por las “ilusiones”, no hay ni calendario ni horarios. Se viven profundamente todos los matices que más tarde formarán el proyecto propiamente dicho. Este espíritu fue el que me llevó a colaborar en el proyecto de la Antártida con su impulsor Antoni Ballester. La palabra “pionero” me causa un gran respeto y nunca la utilizo cuando hablo de nuestro grupo. Nosotros no fuimos pioneros, solo nos aprovechamos de las experiencia de los auténticos pioneros para aplicarla al objetivo científico que anhelábamos.

- En un terreno eminentemente dominado por hombres ¿se sintió más intimidada que admirada o fue al revés?

En la mayoría de campañas de las décadas de los 80 y 90 que yo realicé en la Antártida, fui la única mujer del grupo. Nunca me sentí ni intimidada ni admirada. Eramos un grupo (12 personas en general) que debíamos actuar de manera coordinada para conseguir nuestro objetivo. Cada uno teníamos defectos y habilidades que dosificábamos en pro del bien común. Aunque las decisiones finales las debía tomar la Jefe de Base, se hablaba mucho y en general llegábamos a un consenso de actuación. Si algún sentimiento puedo destacar es el de sentirme, en ciertas ocasiones, más protegida que el resto del equipo. Era evidente que yo era la mayor en edad y físicamente la más frágil. Mis compañeros eran conscientes que ciertos esfuerzos que para ellos eran usuales, para mi suponían un extra a veces difícilmente superable.

- ¿Fue en algún momento consciente de que estaba haciendo Historia?

Mientras estaba inmersa en la realización de la campaña, jamás tuve esta sensación. Mis preocupaciones eran múltiples y probablemente superaban mis capacidades, de manera que lo realmente importante era solucionar los múltiples problemas que se presentaban en el día a día. En cambio esta sensación afloraba el resto del año y, sobre todo, en las reuniones internacionales del Tratado Antártico y de las distintas comisiones antárticas que se celebran alrededor del mundo. España entró como miembro consultivo del Tratado Antártico (TA) en septiembre de 1988 y tenía que competir con países de gran tradición antártica. De manera que toda dedicación era poca.

- ¿Se sintió sola en alguna ocasión o, por el contrario, ese estado de ánimo no llegó a invadirla?

En la Antártida jamás me sentí sola. Todo lo contrario. A veces buscaba la soledad para descansar y aclarar las ideas. La campaña era larga y no se podía decaer. La verdadera soledad era en mi despacho de Madrid cuando regresaba de la campaña. Fue una época muy dura y que necesitaba de una dedicación mucho mayor de la que yo podía ofrecer.

- La idea de investigar en la Antártida fue originalmente del Profesor Antoni Ballester con el que usted colaboró en aquellos años. ¿Es cierto que la topografía que rodea la base «Juan Carlos I» cuenta con zonas que llevan sus propios nombres?

Si, es cierto

- ¿Qué buscan los científicos en la Antártida?

Se puede decir que los científicos trabajan en múltiples líneas que se pueden resumir en dos aspectos fundamentales, a saber:
a) El conocimiento de especies que viven en el territorio antártico y de los procesos que tienen lugar en los distintos ecosistemas terrestres y marinos y
b) El estudio de los registros de hielo en los cuales han quedado inscritos ciertos hechos que nos permiten interpretar eventos pretéritos que sufrió el Planeta Tierra en tiempos de escala geológica. Así se puede saber con todo detalle los múltiples cambios climáticos que han tenido lugar antes de ahora.

-¿En qué consisten los momentos de ocio en un lugar tan remoto y despoblado?

Había pocos momentos para el ocio ya que la mejora constante y el mantenimiento de la BAE así como la consecución de los trabajos que suponían los proyectos científicos llenaban completamente largas jornadas de trabajo. No obstante, procurábamos descansar un día a la semana que no siempre era el domingo ya que el tiempo meteorológico era el que realmente mandaba en la BAE. Si el domingo hacía un día bueno para ir a recoger muestras y pintar los módulos, se aprovechaba para el trabajo y se descansaba cualquier otro día de la semana. Había dos actividades de ocio que prevalecían entre los componentes del grupo. La una era ir andando hacia caleta argentina, donde había una pingüinera de papuas y pasar las horas contemplando el comportamiento de los animales. La otra era salir a la mar en zodiac y acercarnos lo más posible a los icebergs que quedaban fondeados en Bahía Sur. Esos gigantes de hielo son bellísimos vistos de cerca. Además, animales como focas y pingüinos los hacen servir de plataformas de descanso después de sus correrías en el mar.

- La Antártida es considerada Patrimonio de la Humanidad y, por lo tanto, un bien de todos. ¿Cree usted que el turismo, aún escrupulosamente controlado, debería prohibirse reservándose exclusivamente para la investigación científica?

La información científica que se está sacando de la Antártida es demasiado valuosa para que se deje perder con una mala utilización de su territorio. El creciente turismo que invade la Antártida cada verano austral, pone en peligro la preservación de ciertos lugares de alto interés científico. Por otro lado no es justo que una belleza tan espectacular como la de la Antártida sea únicamente privilegio de los científicos. La manera de conciliar ambos aspectos es el control de los comportamientos de los turistas mediante monitores con una sólida formación que sean verdaderos guardianes e informadores de los comportamientos a desarrollar.

- Bajo su punto de vista personal ¿cree usted que la Antártida podrá conservar su estado de independencia con respecto a los diferentes países que se la disputan con cada vez menos discreción?

Yo tengo la ilusión que la Antártida continuará siendo Patrimonio de la Humanidad y Continente para la ciencia, tal como propone el TA. En la historia de la humanidad es la primera vez que una serie de países se unen para procurar la protección ambiental de una zona del planeta, antes que esta sea degradada. Lo común es se hagan gestiones de protección cuando el ecosistema está en vías de extinción. Es lo que está ocurriendo con la Amazonía por ejemplo. A pesar de las incursiones turísticas y las históricas explotaciones animales, la Antártida se puede considerar como un territorio virgen que atesora un sin fin de información que permitirá aumentar el conocimiento científico de los procesos naturales.

- ¿Por qué han habido tan pocos años polares internacionales: 1882-1883, 1932-1933, 1957-1958 y 2007-2008? ¿Puede explicarnos en qué consisten?

En realidad los que se citan no han sido años polares sino años geofísicos internacionales. En 1957 La Unión Geofísica Internacional propuso el estudio científico del continente antártico y su zona de influencia. La propuesta tuvo una gran aceptación y este fue el comienzo del estudio científico de las zonas australes. Por supuesto y por razonas obvias, España se quedó fuera de este movimiento que, gracias a la acción del profesor Ballester, se pudo rescatar en la década de los años 80. Un año polar consiste en movilizar a la comunidad científica internacional para abordar conjuntamente proyectos científicos de gran envergadura. No supone en ningún momento una aportación económica. Es decir los proyectos de cada país o las partes alicuotas de proyectos internacionales deben ser financiados por los presupuestos generales del estado de cada país.

- Qué libro se llevaría usted a la Antártida si regresara como simple visitante?

Me llervaría un libro con las hojas en blanco, para poder escribir todas las impresiones y sentimientos que se despiertan en este impresionante lugar. Jamás he visto un paisaje tan austero y tan bello. Se diría que la Naturaleza ha querido hacer un ensayo de belleza con un mínimo de colores y un máximo de formas.

Muchas gracias por haber abierto puertas a siguientes generaciones de científicos y compartir con nosotros sus reflexiones.





Etiopía: una vergüenza más para el primer mundo.

15 11 2008

La mirada de la inocencia © Miguel Ramo

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Con la mirada perdida en el interior del espejo, me lavo los dientes con agua mineral embotellada para evitar enfermedades, en el lavabo de mi hotel, sin poder evitar pensar en los niños que me cruzo a diario con los pies descalzos y el cuerpo desnutrido cubierto de harapos. Mi barriga sigue llena y una cama caliente me espera mientras ellos, expuestos a la intemperie, sin techo, pasarán una noche más en «vaya usted a saber donde». Una mezcla indescriptible de impotencia, vergüenza ajena y culpabilidad me agobian por sentirme a salvo de tanta miseria mientras, en el exterior, empieza a llover copiosamente.

Actualmente, Etiopía ocupa el puesto 169 de un total de 177 países clasificados por su I.D.H. (índice de desarrollo humano) que, de alguna manera, expresa la riqueza y pobreza de las naciones. Todavía no se le ha ocurrido al ser humano desarrollado, un índice capaz de medir la cordialidad y amabilidad de los pueblos. De existir, los etíopes serían catapultados a los primeros puestos de la tabla, sin lugar a dudas. Bajo mi punto de vista, los países africanos ocuparían lugares preferentes en la clasificación lo cual me aboca a conclusiones quizás precipitadas como que el bienestar es inversamente proporcional a la cordialidad…

Con una expectativa de vida que roza los 45 años, Etiopía se nos presenta como un país de sorprendente pero artificial juventud. La ingente cantidad de niños de corta edad es propia de una película de ciencia ficción pero nada más lejos de la realidad. Nos impactará comprobar como esos niños, en la gran mayoría de las ocasiones, se conformarán con una sonrisa y un saludo lejano con la mano a modo de regalo. Nos incomodará la mendicidad constante, fruto de la necesidad. Hay que prepararse sicológicamente para visitar el país: paciencia y una mente abierta serán las claves pero evitando las debilidades propias de los occidentales que, para aliviar su conciencia, caen en la limosna fácil a cambio de nada. Esta siembra, improductiva y contraproducente, impulsará la mendicidad a costa del esfuerzo. Lalibela y Debark son dos lugares únicos en los cuales es muy sencillo cometer este error, donde el deseo de ayudar no debe ser irracional. Pan para hoy y hambre para mañana no benefician a nadie.

El día a día etíope es una constante supervivencia que nos planteará grandes incógnitas. ¿Cómo es posible sobrevivir a tanta hambruna? ¿Cómo es posible subsistir entre tanto caos y las carencias higiénicas más básicas? La agricultura domina el paisaje de al menos la mitad norte del país, no dejando ni un centímetro cultivable sin producir aunque no sea suficiente para la población en constante crecimiento. La inexistencia de políticas de natalidad, imposibles de implantar por otra parte sin solucionar previamente otras cuestiones todavía más básicas como la religión y el poder estatal, son vitales pero el país está terriblemente lejos de alcanzarlas. El teff, ese cereal de alto valor nutritivo, libre de gluten, rico en carbohidratos, fibra, minerales, proteínas y calcio, capaz de crecer en prácticamente cualquier terreno y circunstancia adversos, es el milagro que permite la vida bajo la apariencia de un pan ácido llamado enjera. La adaptación darwinista de las defensas humanas al entorno es, por otra parte, la respuesta a la carencia de higiene en la que nosotros, golosos occidentales, no aguantaríamos ni el primer asalto. Sin embargo todo el monte no es orégano y no mencionar a la catha edulis, más conocida como «khat» (pronúnciese: chat) sería pecar de falta de objetividad, de memoria o de ambos. Esta droga, de gran efectividad alucinógena, es consumida por la mayoría de los etíopes, algunos incluso antes de los catorce años y sirve tanto para olvidarse de la triste realidad del día a día como para quitar el hambre. Un manojo de la mejor calidad cuesta 10 birr (0,60€) en Awoday, auténtica meca mundial del khat, 50 birr (3€) al alcanzar Addis Abeba y muchos euros o dólares si consigue llegar a Europa o a los Estados Unidos.

Este país de infinitos paisajes de colores, de terrenos accidentados y de sorprendentes inmensidades es un país olvidado, una vergüenza más para el autodenominado primer mundo. ¿Hasta cuándo? ¿Para siempre quizás? Las cosas podrían estar cambiando y sino preguntémosles a las empresas chinas por qué están asfaltando tantos kilómetros de pistas… La respuesta se encuentra en las posibilidades económicas que puede encerrar este país como el petróleo oculto. Si los hipotéticos beneficios petrolíferos se comparten al menos al 50% entre chinos y etíopes puede que el país salga de ese fatídico 169º puesto del I.D.H. pero si esa riqueza no llegara finalmente al pueblo sería otro motivo de sonrojo para la comunidad internacional.

Hambruna, miseria, droga y muerte precoz se funden en un espectacular país, digno de ser disfrutado por sus peculiares paisajes, costumbres y gentes. Estos brutales contrastes nos provocarán sensaciones enfrentadas y contradictorias. Si no está dispuesto a asumirlas, diríjase a otro lugar pero, si lo está, prepárese para asombrarse ante un país virgen que vive en plena edad media, sin complejos y con muchas ganas de forjarse un futuro sostenible.





Namibia: cuando la realidad supera la ficción.

28 08 2008

Desde el aire © Miguel Ramo

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… y de repente uno se encuentra sobrevolando otro planeta sin recordar haber abandonado el propio.

Los colores, absolutamente irreales, se solapan los unos a los otros en una silenciosa guerra a través del espacio. Verdes extremos entran en competencia con rojos absolutos y sorprendentes violetas mientras los amarillos, ocres y marrones compiten entre sí por una parte del inmenso paisaje. Mientras tanto, el cielo, inmaculadamente azul, permanece ajeno a la contienda, observando la lucha fratricida desde su privilegiada posición.

El relieve propio del lugar no es ajeno a la lucha y aporta la base de la pintura. Planicies interminables que se convierten en montañas. Más planicies interminables que aparentemente optan por morir al borde del mar en un intento desesperado de llegar más lejos todavía. Incluso más planicies infinitas que se pierden en la lejanía intentando convencernos para que las sigamos y persigamos en un viaje hacia lo desconocido que se nos antoja fascinante en cualquier dirección.

Las texturas inóspitas en tierra adquieren vida propia desde el cielo. Esas arrugas y protuberancias son la piel de un gigante invisible que sospechamos podría ponerse en pie en cualquier instante. De momento permanece tumbado, fundido con el entorno, como si de un camaleón se tratase. Parece querer pasar inadvertido sin conseguirlo, permanecer agazapado para sorprendernos y hay que reconocer que lo consigue sin ni siquiera inmutarse.

La arena, sin lugar a dudas, es la gran soberana del lugar. Vaga a sus anchas por el país y se permite la libertad de cambiar el color de su manto de forma caprichosa, sin obedecer a nada ni a nadie. Es el poder en estado puro, la demostración de que, algo tan minúsculo y aparentemente insignificante, que incluso se nos escapa entre los dedos, crea las reglas de supervivencia y muerte del habitat natural y austero que nos maravilla. Rizándose con el viento o despeinándose por rachas, jugará consigo misma hasta conseguir formas arítmicas o simetrías perfectas, todo ello sin premeditación, dejándose llevar, flirteando con los elementos, haciendo infinitos guiños de complicidad a aquellos que miramos hipnotizados, sin poder controlar la baba que perla por las comisuras de nuestros labios.

Una vez alcanzado el atlántico, la costa se nos muestra con espectacularidad, con grandiosidad, alternando la nada con dunas a pie de agua, fauna entresacada de libros exóticos y paisajes abandonados que parecen haber sobrevivido milagrosamente a alguna hecatombe. La gran barrera natural es la única capaz de contener el paisaje desbordante para impedir que invada el resto del mundo.

Finalmente la inmensidad se pierde por el horizonte dejándonos un trasgusto agridulce, la excusa perfecta para volver una y otra vez a este fantástico país de los mil y un paisajes que es Namibia.





India !ncreíble , Varanasi !nsuperable

25 08 2008

Escuchando a los dioses © Miguel Ramo

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La India es un inmenso país. No solo por su superficie y su población sino también por sus creencias, sus dioses, sus rituales, su paisaje, su miseria, su lujo, su grandiosidad, su espíritu y, sobre todo, su gente. Es absolutamente imposible conocer la India y, con total seguridad, nos llevaría más de una vida intentarlo dedicándole el cien por cien de nuestro tiempo ¡como si eso fuese posible! Como dijo, por muy distintos motivos, el diplomático francés Talleyrand, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” pero podemos impregnar nuestros sentidos de algunas inolvidables pinceladas que marcarán nuestra vida de forma indeleble.

Si tuviésemos poco tiempo y sin querer menospreciar otros destinos, ni dar siquiera a entender su menor atractivo, yo personalmente me inclinaría, nunca mejor dicho, por visitar Varanasi, ubicada entre los ríos Varana y Asi, de ahí su nombre, también conocida por el de Benarés. Sobre lo que todo el mundo estará de acuerdo es que hay más ciudades santas en La India pero Varanasi es la ciudad santa del hinduismo por antonomasia. Consecuencia inmediata de ello es ser el destino de peregrinación más importante para los hindús. Los motivos de esta santidad son varios y se complementan por un enjambre de creencias y tradiciones pero no solo porque una de las cabezas de Brahma descansase al llegar a ella ni porque cayese allí la mano izquierda de Sati, la consorte de Shiva, entre las más extendidas. En mi modesta opinión el hecho de que se considere que aquel que muera en Varanasi quedará liberado del ciclo de reencarnaciones que hacen sufrir al ser humano, es la razón más poderosa, la que impulsa al creyente hacia su anhelado destino.

El Ganges, los colores, olores y la vida entremezclada, como en ninguna otra parte del mundo con la muerte, hacen de esta ciudad algo único. El visitante debe prepararse para la cruda realidad, para la contemplación de otro planeta que se mantiene dentro y fuera del nuestro simultáneamente. Es un milagro, no me atrevo a decir de Dios sino de los Dioses en su más genérico sentido ya que, no en vano, hay unos ochocientos millones de ellos conocidos por los hindús. Si tenemos en cuenta que la población ronda los 1.100 millones de habitantes y que el 80% es hinduista, puede sorprender que exista aproximadamente un Dios por habitante pero, en este colosal país, la Trinidad de los Dioses Vishnu, Brahma y Shiva solo es un punto de partida para orientar a sus creyentes. Me temo que, con la operación matemática realizada, es fácil pensar que cada hindú tiene su propio Dios y, aunque se compartan varios, esta explicación no carece de sentido en absoluto. La pluralidad reside en el individuo.

Nuestro estómago puede estar preparado para muchas circunstancias tanto por la comida a ingerir como por lo que nos encontraremos a lo largo del camino pero, tarde o temprano, tendrá que enfrentarse al menos a una situación límite, diferente para todos y cada uno de nosotros. Es cuestión de tiempo, como todo en la India, como todo en la vida. La comida puede ser picante o insoportablemente picante hasta para los más valientes y entrenados y, de hecho, algunos viajeros experimentados no cuentan su estancia por el número de días sino por el número de diarreas acumuladas. Puede parecer mentira pero se puede convivir con ello. El caos y el ruido nos acompañarán donde vayamos y, aunque al principio nos parezca insoportable, también acabaremos conviviendo con ello. La miseria nos rodeará por completo en algún momento y nos engullirá. Es una frase desafortunada, lo reconozco, pero es la que mejor describe la situación. También puede parecer mentira u osado aseverarlo pero, finalmente, se conseguirá convivir con ello. La injusticia social, magnificada por el cruel sistema de castas, podrá provocarnos auténticas arcadas e, incluso, alimentará nuestros instintos más revolucionarios y primitivos. De nuevo puede parecer terrible e insuperable pero lo absorberemos como la esponja al mojarse se hincha sin poder remediarlo. La muerte, el último escalón, acabará rozándonos en plena calle. En este caso, dependiendo de cada uno, la reacción irá desde el pánico hasta la aceptación natural del hecho. Las calles de Varanasi están llenas de vida y de muerte. La primera no puede pasar desapercibida pero la segunda sí, en función de quien mire y como mire. En cualquier caso, materialmente hablando, nos la cruzaremos en nuestro propio peregrinaje y conviviremos con ella. Como ya he dicho, todo es cuestión de tiempo.

Entonces ¿por qué visitar Varanasi? Los sabios dicen que en la pregunta suele hallarse la respuesta pero, los que no alcanzamos esa capacidad de interiorización, tenemos explicaciones más terrenales y mediocres pero igual de válidas. Sin lugar a dudas, nos enfrentaremos a nosotros mismos. Alcanzaremos nuestro propio límite. Contemplaremos otra dimensión del ser humano, sus retos y su constante superación. Los intocables, la casta más baja de esta sociedad en la que se aglutinan los que tienen menos que nada, es la prueba de que el ser humano es indestructible cuando su capacidad es llevada al extremo. Nunca conseguiremos entender desde nuestra perspectiva qué les impulsa a sonreírnos, a ser amables y humildes, a seguir sobreviviendo día tras día. ¿Para qué? o ¿por qué? son preguntas sin respuestas de las que se derivarán nuevas preguntas que, a su vez, nos plantearán más dudas básicas. ¿Quienes somos en realidad? ¿Cuál es el significado de nuestra existencia? ¿Por qué vivimos, simplemente para morir? ¿Es la muerte el motivo de nuestra vida o simplemente lo que le da sentido? La India es el lugar perfecto para no entender nada e incluso derribar lo que creemos haber entendido. Quizás sea uno de esos sitios por el que deberíamos todos deambular alguna vez en la vida, por mi parte, estoy plenamente convencido de que así es.

A pesar de todo lo dicho y de todo lo que está por decir quedaremos maravillados ante estos seres humanos que, en verdad, no lo parecen y que viven en la ciudad más fascinante de La Tierra.

(*) “Incredible !ndia” es el eslógan oficial del ministerio de turismo de La India. El título de este artículo es un intento de pleitesía por considerarlo el más acertado de cuantos se hubieran podido elegir.





Plokštinė existe.

23 07 2008

Silo © Miguel Ramo

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Lo que hubieran dado algunos militares por conocer las coordenadas 56º 01,95 N – 21º 54,37 E durante la guerra fría… La base militar soviética, desmentida durante décadas por las autoridades de la CCCP (Союз Советских Социалистических Республик, léase, Soyuz Sovetskij Sotsialisticheskij Respublik), que albergó misiles con cabezas nucleares existe todavía hoy en día en una pequeña población de la Lituania contemporánea llamada Plokštinė (“plano” en castellano). Olvidada y repudiada por todos, sobrevive en un extraño automantenimiento por parte de algunos ciudadanos que ven en su explotación turística la posibilidad de ganarse la vida de forma honrada sin contar con ningún tipo de ayuda estatal.

Al acercarnos a la verja metálica de púas, un escalofrío nos recorre la espalda por muy preparados sicológicamente que estemos. Solo la caseta de madera en la que podemos comprar la entrada nos devuelve al presente. Su única empleada, vestida con un raído uniforme de la Unión Soviética, también hace la función de guía. Una pequeña chapa metálica en la que se ve un hombre a punto de ser abatido nos recuerda que no se puede entrar sin ser acompañados. Durante la espera, vemos desde fuera las cúpulas de los cuatro silos que componen la base, un centro subterráneo que, afortunadamente, nunca entró en acción.

Estratégicamente elegido por la URSS debido a su privilegiada ubicación desde la que podían apuntar a cualquier país europeo (salvo España entre algunos escasos afortunados) fueron enviados 10.000 soldados en secreto en 1960 para construirla, una tarea que se culminó en tan solo ocho meses. Impresiona comprobar que los cuatros silos de 27 metros de profundidad pudieron ser excavados prácticamente a mano sin que nadie, a excepción de los escasos habitantes de la zona, se diese cuenta de ello. Hasta 1978, la base albergó al 79º regimiento de cohetes (R12, de 22 metros y con cabezales de 3 metros) hasta que un buen día desaparecieron misteriosamente y la base quedó abandonada a su suerte. Quizás nunca sepamos lo que allí realmente ocurrió pero una visita al recinto dejará volar nuestra imaginación durante los 45 minutos que dura.

Nada más traspasar la puerta de entrada subterránea, retrocedemos en el tiempo. El óxido, la desconchada pintura que sigue recubriendo algunas paredes, las goteras, el ruido de las puertas metálicas al ser abiertas… todo lo que percibimos nos obliga a imaginar lo que este sitio fue. Es sencillo “ver” a los militares corriendo por pasillos, subiendo y bajando escaleras a la carrera, presos de las órdenes, la claustrofobia y el pánico. En la actualidad, solo podemos acceder al interior de uno de los cuatro silos, todos víctimas de la necesidad, al haber sido despojados de todo el hierro que contuvieron. Sin embargo todavía podemos llegar, a través de un auténtico laberinto con diferentes niveles, a las salas de control, una estación eléctrica alimentada por un monstruoso motor diesel capaz de suministrar energía a todo el complejo, una emisora de radio o, mejor dicho, lo que queda de ella, los armarios metálicos que contuvieron los ordenadores de la época y hasta un camastro revestido para la ocasión, con algún objeto de la época como una máscara anti-gas. Finalmente se accede a rastras a través de un agujero empinado a la lanzadera propiamente dicha. Sorprenden sus gigantescas dimensiones, sobre todo su altura y diámetro y se es consciente de cerca de la envergadura de los cohetes que hubieran podido ser lanzados en cualquier momento como, por ejemplo, en 1968 durante el ataque a Checoslovaquia que mantuvo en alerta roja el complejo. Un detalle escalofriante de la corona de la lanzadera son esos números que aparecen en todo su perímetro. No son ni más ni menos que los grados de una enorme brújula estática que permitían orientar el destino del artefacto en cualquier dirección, únicamente limitado por su alcance de 2.000 Kms.

Plokštinė no es una visita cualquiera, ni siquiera recomendable, que algunos no dudarían en calificar de dudoso gusto. Recorrer una base nuclear de antaño que sigue emitiendo niveles de radiación, asumibles durante cortas exposiciones, y que hubiera podido cambiar el futuro del mundo en cualquier momento es una decisión que solo podemos tomar guiados por nuestro interés histórico, nuestras ganas de visitar un lugar prohibido, secreto y cuya existencia fue negada en todo momento y, por qué no reconocerlo, nuestro morbo que aflorará aunque no queramos reconocerlo.





Blanco infinito

25 12 2007

Iceberg © Miguel Ramo

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El ensordecedor ruido del Hércules C130 que me transporta desde Punta Arenas a la Base Chilena Frei de la Antártida me recuerda que ni el destino es convencional ni la forma de alcanzarlo tampoco. Solo hay dos formas de llegar: por mar o por avión y esta última ha sido mi elección. Renunciando a cruzar el mítico Cabo de Hornos he optado por volar al Continente Blanco aún a sabiendas que no se trata de un viaje de lujo. La adrenalina se dispara nada más subir al ruidoso coloso militar, el escalofrío se inicia al sobrevolar el indomable mar de Drake durante 150 eternos minutos y el vello se eriza al tocar la gravilla de la pista de aterrizaje en Bahía Fildes. Al descender por la escalerilla, el impacto con la tierra antártica corta la respiración azotando los rostros de los 44 intrépidos de esta expedición. La sensación de frío la produce más la emoción que la temperatura que supera los 5ºC. Los primeros pasos por la pista son inseguros y se dirigen a ninguna parte hasta que la organización del aero-crucero nos devuelve a la realidad.

El personal de la empresa chilena “Antártica XXI”, la primera y única en volar hasta la fecha al mítico destino blanco, se hace cargo inmediatamente de la situación. Emprendemos nuestra primera marcha a través de la nieve, inesperadamente copiosa durante esta primavera, hasta alcanzar la Villa de Las Estrellas, poblada por tan solo 39 habitantes, y más concretamente uno de los barracones de acogida de la Base Presidente Eduardo Frei. Tras las primeras consignas, entrega de botas y avituallamiento, subimos a las zodiacs que nos acercan a gran velocidad al “Grigori Mikheev” que será nuestro buque-hogar durante los próximos seis días. Sorprende la buena y estudiada organización y lo sencillo que todo parece a bordo, haciéndonos olvidar la dureza intrínseca del destino elegido. Las medidas de seguridad prevalecen sobre todo lo demás y el confort y libertad de maniobra a bordo hacen presagiar unos días de expedición muy placenteros.

Empieza el viaje, empiezan los desembarcos y sus caminatas, los paisajes infinitos cuyo silencio solo rompe el ruido de nuestras botas al dejar huellas frescas sobre el manto blanco. La fauna entre la que paseamos con humildad y respeto demuestra tanta curiosidad por nosotros como nosotros por sus habitantes autóctonos. Los pingüinos se acercan sin miedo y con curiosidad para investigar nuestro extraño comportamiento. Las focas, los elefantes marinos y las diferentes aves parecen contemplarnos con la misma reciprocidad que todos demostramos los unos hacia los otros. Los glaciares, los témpanos de hielo y sus paisajes esculpidos caprichosamente por el frío suceden a los avistamientos inesperados y las numerosas sensaciones que solo pueden vivirse alrededor de los 65º de latitud sur. Nombres míticos desfilan durante nuestro recorrido: Bahía Paraíso, Port Lokroy, la isla de la Media Luna, Hannah Point en Bahía Walker, las Islas Decepción, Petermann y Cuverville, el Canal Lemaire, el Estrecho de Bransfield y sus agitadas aguas… Seis días con sus cinco noches blancas perfectamente orquestadas para disfrutar en todo momento y hacernos olvidar nuestra contemporaneidad. Me siento teletransportado a otro espacio-tiempo donde el ser humano es insignificante salvo por esos héroes míticos Shakelton, Scott y Amundsen cuyas hazañas intuyo realmente por primera vez.

Ciertamente al optar por este destino se comprueba como todos sus pasajeros se mueven por inquietudes similares independientemente de su nacionalidad. El buque se parece al arca de Noé debido a la gran cantidad de idiomas hablados a bordo: español, inglés, francés, holandés, japonés, lituano, ruso, … pero todos tenemos en común la observación de la fauna sin interferirla en ningún momento con el más absoluto respeto y la pasión por la expedición a través de esos inmensos paisajes alejados de la civilización. Las horas y los días se suceden más rápidamente de lo que uno quisiera y, poco a poco, la tripulación, los organizadores y los pasajeros van entremezclándose sin proponérselo hasta convertirse en una gran familia en la que prevalece una extraña y cómplice simbiosis.

No sería justo destacar solo la belleza del viaje y sus ingredientes sin mencionar explícitamente el escrupuloso seguimiento que todos hacemos de las reglas de obligado cumplimiento. La Antártida no tiene país soberano que la gobierne, es tierra de nadie y tierra de todos pero el sentido común parece triunfar en este recóndito lugar. Está prohibido fumar, los recuerdos físicos no deben salir del continente, ya sea una piedra o una pluma de ave caída en el suelo, y nadie intenta transgredir las normas, quizás porque todos sabemos donde estamos y lo que ello implica. Tras cada desembarco la limpieza es exhaustiva al regresar al buque, limpiándonos las botas con cepillos, agua y un desinfectante químico que impedirán el traslado de suciedad y bacterias de un lugar a otro, garantizando nuestra no intervención en el medio.

Nuestros recuerdos quedarán grabados en nuestras retinas, en nuestras cámaras y en nuestros corazones, para siempre. No hay otro destino igual, no hay otra sensación igual, ni la imaginación es capaz de superar a la realidad. Vivir la experiencia más singular de nuestro planeta está en sus manos; no la deje pasar.

[Nota: mi más sincero agradecimiento a todo el personal que hizo posible este sueño desde el personal directivo, pasando por nuestros organizadores, cuidadores y conferenciantes (Diana, Gabriel, Sebastián, Shoshanah y Nico) y todos aquellos que, en el anonimato, trabajaron impecablemente para hacer de nuestro viaje antártico una experiencia inolvidable.]





La incomparable Caoslandia

22 11 2007

Delhi © Miguel Ramo

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En un país que le dedica un templo a las ratas (Karni Mata en Deshnok, Bikaner, Rajasthan), donde la vida y la muerte se entremezclan en la calle con total naturalidad (Varanasi, Uttar Pradesh) y donde la belleza del planeta se concentra sin igual (Taj Mahal, Agra, Uttar Pradesh) se puede esperar cualquier cosa. Ciertamente la India es un caos en muchos sentidos y sus incongruencias son proverbiales. Si se sobrevive al tráfico, a la comida picante y a la suciedad omnipresentes, el país nos hipnotizará y nos atrapará irremediablemente para bien o para mal. Olvídese de la indiferencia, aquí no tiene cabida.

Desde que el ser humano se lanzó a la conquista espacial, su deseo de viajar en el tiempo se ha incrementado exponencialmente. De momento es una utopía para los científicos y, probablemente, lo siga siendo durante mucho tiempo. Sin embargo el viajero puede experimentar un viaje en el tiempo, más que en el espacio, dirigiéndose a la India. Unas 8 horas de vuelo de Londres a Delhi nos teletransportarán 2.000 años hacia atrás, como por arte de magia, una magia que solo desaparecerá observando el uso del teléfono móvil a lomo de dromedario. Mi recomendación es no prestar atención a ese guiño al siglo XXI y seguir zambullido en el Año Cero de nuestra era, para disfrutar de un planeta ya extinto.

País inmenso en superficie y en población todavía regida hoy en día por castas, los habitantes de la India viven y mueren de la mano de la religión. El Hinduismo, la doctrina prevaleciente, rige sus vidas veinticuatro horas diarias forzando situaciones dantescas como la hambruna humana mientras las vacas, sagradas, pasean delante de los indigentes algunos de ellos muertos de inanición. Ciertamente el Hinduismo promueve la adoración de los animales por lo que la vaca es concebida como la madre de la humanidad debido a la leche que suministra sin esperar nada a cambio. La asociación de ideas con la madre que amamanta a su hijos desinteresadamente es más que evidente por lo que, contextualmente, no puede ni debe criticarse la creencia.

La religión Hindú compara la muerte de una vaca con la de la propia madre por lo que no puede ser sacrificada, además de promover el amor a los seres vivos, sean los que sean. El Jainismo, religión minoritaria en el país, lleva esta máxima al extremo. Los jainistas son fácilmente reconocibles por la calle al llevar una máscara o pañuelo en la boca con el fin de no tragarse accidentalmente ningún ser volador y, consecuentemente, acabar con su vida sin ni siquiera pretenderlo. La polémica está servida bajo el prisma occidental pero no cambiaremos las posturas por mucha lógica que intentemos desplegar aunque sus consecuencias sí puedan someterse a un debate racional que, por mucho que nos empeñemos, no llegará a ninguna conclusión pragmática. Sin embargo, no podré olvidar jamás los niños entre las vías de los trenes de la estación de Agra peleándose con unas ratas del tamaño de conejos por unos restos de comida embadurnados de mugre. Tendré que convivir con ello y conformarme por mucho que se me revuelvan las tripas.

La cara opuesta de la India es su belleza que se abre paso sin piedad a través de la suciedad y, por qué no decirlo sin eufemismos, a través de la mierda. El Taj Mahal es seguramente uno de los pocos edificios del mundo donde el mejor fotógrafo del mundo no se verá recompensado con sus resultados, haga lo que haga. La contrapartida es que, al contemplar semejante perfección, a un servidor se le cayeron las lágrimas, no siendo el único por cierto. El ‘mausoleo del amor’ derrota en belleza a cualquier otro edificio del planeta y, aunque pueda parecer una osada aseveración por mi parte, aquellos que hayan tenido el privilegio de contemplarlo posiblemente asientan con la cabeza en este momento.

Otro ejemplo de belleza podría ser, sin lugar a dudas, Swarna Mandir, más conocido como el ‘Templo Dorado’ y menos por sus nombres oficiales ‘Harmandir Sahib’ o ‘Darbar Sahib’, el Templo Sikh de Amritsar, el símbolo de la libertad infinita y de la independencia espiritual, el lugar más emblemático e importante del Sikhismo. Sorprende gratamente comprobar la infinita amabilidad que los devotos religiosos Sikhs demuestran a todos, especialmente a los extranjeros. El orgullo Sikh empapa el lugar, el respeto por todo y por todos alcanza un nivel tan alto que uno se siente parte del conjunto durante la visita, absolutamente integrado. Es maravilloso estar dentro del Templo durante las horas que pasan volando y, cuando llega el momento de partir, querrías quedarte. Posiblemente un trocito de nosotros mismos se quede esperando nuestro regreso.

No pretendo desvelar lo que encierra este país, solo esbozar algunas pinceladas que ilustran lo que uno puede encontrarse y lo que, con toda sinceridad, queda por visitar y descubrir. La India se la ama o se la odia, a primera vista, no hay término medio, no es una opinión, solo un hecho que cada uno debe comprobar por sí mismo.